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Lunes 28 Enero 2008

Parece que nos ponemos frívolos, pero hablar del vestuario cinematográfico es tan relevante como hacerlo de la fotografía o de la banda sonora –el problema surge cuando el juicio de una película se absolutiza en alguno de esos elementos destacados o bien se extrapolan del todo fílmico: de nada sirven una bonita luz, una pegadiza melodía o un admirable vestido si no contribuyen a la historia–. Tras la selección elaborada por una famosa revista estadounidense, el podio de los personajes femeninos mejor vestidos se nutre de tópicos imperecederos y propuestas más rupturistas que, en realidad, sólo responden a corrientes de moda que pasarán más veloces que el gusto por los tamagochi –¿todavía fabrican de eso?–. No extraña, pues, encontrar a Audrey Hepburn y su incondicional Givenchy en “Desayuno con diamantes” (1961), Marilyn Monroe y su merengue de gasa en “La tentación vive arriba” (1955) –cuidadín: vestido de similares hechuras y movimientos ya apareció durante un número musical de “La pícara puritana” (1937)–, o Vivien Leigh y las cortinas de terciopelo verde que recicla para visitar a Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” (1939).

Como enunciar a estas damas es como recitar la tabla del dos, las esnobs del estilismo han añadido a Diane Keaton en “Annie Hall” (1977) u Olivia Newton-John en “Grease” (1978) , pero, por mucho revival setentero que vivan las tiendas de ropa, me gustaría verlas por la calle con las pintas del “You’re the one that I want” sin parecer una pilingui de “Los Soprano”. Lo mismo sucede con Liza Minnelli en “Cabaret” (1972) cuando desde estas mismas publicaciones se ataca con dentelladas lobunas a toda actriz que se le ocurra pasearse por una alfombra roja a lo años veinte. Esta hipocresía de las formas lleva a que las elecciones de vestidos modernos se correspondan únicamente con cintas de época: Kate Winslet en “Titanic” (1997), Cate Blanchett en “Elizabeth: La Edad de Oro” (2007), Nicole Kidman en “Moulin Rouge” (2001) –que se ha colado a lo tonto, porque su cortesana debería estar en una lista de las mejor casi-vestidas, pero es que aquel collar de Canturi resultaba irresistible– y, encabezando la lista contra todo pronóstico, Keira Knightley en “Expiación” (2007) –justo es reconocer que el vestido verde de moaré que luce en la fiesta es deslumbrante, pero se pasea colgado en una desgarbada percha–.

 

Quizá antes no se concebían estos listados porque las actrices siempre intentaban lucir lo mejor posible y ahora, en estos tiempos de indecisión y mestizaje, se vuelve necesario un criterio de jerarquización, irónicamente repleto de referencias nostálgicas que confirman la indefinida personalidad presente. Los nuevos gurús de la moda alimentan estos criterios que sopesan la tela antes que el movimiento, como si estos vestidos ya no se paseasen por escenas de celuloide y se irguiesen inermes tras las vitrinas de una casa de subastas. Además, lo de ir bien vestido parece relativo en la función cinematográfica: ¿acaso no iba perfecta Greta Garbo en “Ninotchka” (1939) con aquel sombrero que hoy nos resulta espantoso? ¿Y por qué no rebuscar en el fondo del armario esos trajes que se quedaron fuera de la típica y autoritaria escala de diez?

 

Así, a bote pronto, recuerdo el vestido negro de Bette Davis en “La loba” (1941), la capucha de Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997), el frondoso Givenchy de Audrey en “Sabrina” (1954), los circenses ruedos de Deborah Kerr en “El rey y yo” (1956), la camiseta publicitaria de Jean Seberg en “Al final de la escapada” (1960), los vaporosos cintura de avispa de Elizabeth Taylor en “La senda de los elefantes” (1954), el derby de “My fair lady” (1964), la ágil falda de Grace Kelly mientras se cuela en el apartamento de “La ventana indiscreta” (1954), los psicodélicos conjuntos de “Barbarella” (1968), el provocativo atuendo de Lara en el restaurante de “Doctor Zhivago” (1965), los estampados escoceses de “Brigadoon” (1954), el bermellón de Claudia Cardinale al correr por una casa vacía en “El gatopardo” (1963)…, y un largo etcétera ecléctico del que ojalá dispusiéramos para nuestras ocasiones diarias. ¿Para qué conformase con diez vestidos pudiendo lucir uno nuevo cada mañana?

En las imágenes: Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd. Todos los derechos reservados. Keira Knightley en “Expiación: Más allá de la pasión” - Copyright © 2007 Working Title Films, Relativity Media y Studio Canal. Todos los derechos reservados. Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” - Copyright © 1955 Charles K. Feldman Group y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Kate Winslet en “Titanic” - Copyright © 1997 Twentieth Century-Fox Film Corporation, Paramount Pictures y Lightstorm Entertainment. Todos los derechos reservados. Olivia Newton-John en “Grease” - Copyright © 1978 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Cate Blanchett en “Elizabeth: La edad de oro” - Copyright © 2007 Motion Picture ZETA Produktionsgesellschaft, Studio Canal y Working Title Films. Todos los derechos reservados. Deborah Kerr en “El rey y yo” - Copyright © 1956 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Nicole Kidman en “Moulin Rouge” - Copyright © 2001 Bazmark Films y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Y Bette Davis en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Miércoles 9 Enero 2008

Tras varias entregas anteriores, retomamos la apasionante Historia –a veces el doble de apasionante que la real, huelga decirlo– del qué pudo ser y no fue. Interminable alimento para el fantasioso que no se contenta con consumir las películas tal cual se tejieron y que experimenta tantos horrores y alivios al estudiar esos acontecimientos frustrados como al ver los resultados. Sensaciones características del cine de Hitchcock y de su “Rebeca” (1940) en particular, ese folletón de Daphne Du Maurier que el maestro supo convertir en un thriller sorprendente por sus múltiples lecturas y su impecable reparto.

Sin embargo, la asustadiza y apocada Joan Fontaine que ahora estamos acostumbrados a ver –o no tanto, algunos sentirán hacia ella el mismo odio que su hermana Olivia de Havilland, quien también pujó por el papel– no fue la dama misteriosa originaria –recordemos que la protagonista no es Rebeca, personaje ambivalente, omnipresente e invisible a un tiempo, sino la anónima Mrs. de Winter–. Dado que el protagonista iba a ser Laurence Olivier, se propuso a su pareja en la vida real, Vivien Leigh, que habría dotado al personaje de un histrionismo post-Oscar® –por “Lo que el viento se llevó” (1939)– bastante insoportable.

Tras el descarte, el casting se desarrolló con notables disparidades entre el director y el productor, David O. Selznick, que intentaba colar a sus flechazos en perjuicio de las más sensatas elecciones de Hitchcock –Anne Baxter, esa Doris Day con gesto malévolo–. A la cola de Margaret Sullavan –actriz desgarbada y de corta carrera, en la que únicamente destaca “El bazar de las sorpresas” (1940)– o Loretta Young –cuya elegancia de cine mudo habría casado muy bien con la producción–, esperaba el turno una Joan Fontaine ensombrecida por la altura –profesional– de su hermana mayor. Finalmente “Rebeca” fue una lujosa carta de presentación para un británico y una casi desconocida –el uno por estrenarse en Estados Unidos y la otra por saltar al estrellato–, que ganaron sendas nominaciones a los premios de la Academia de Hollywood. Pero si alguien se llevó el gato al agua fue Judith Anderson, la temible Mrs. Danvers que, como ama de llaves, guardará siempre a buen recaudo los secretos de su misteriosa Rebeca.

En las imágenes: Judith Anderson y Joan Fontaine en “Rebeca” - Copyright © 1940 Selznick International Pictures. Todos los derechos reservados. Loretta Young en “Las cruzadas” - Copyright © 1935 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Anne Baxter en “Guest in the house” - Copyright © 1944 Hunt Stromberg Productions. Todos los derechos reservados. Y Margaret Sullavan en “El bazar de las sorpresas” - Copyright © 1940 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Noviembre 2007

La Escarlata O’Hara de “Lo que el viento se llevó” (1939) es Vivien Leigh, y que no venga nadie a estas alturas a contradecirlo porque ya no está Laurence Olivier para salir en su defensa. Sin embargo, el rostro de la famosísima regente de Tara no estuvo siempre asociado a la actriz de “Un tranvía llamado deseo” (1951), y antes de llegar a sus desconocidas, que no inexpertas, manos muchas intérpretes de las colinas de Los Ángeles se lo disputaron como fervorosas fans del primer día de rebajas. Una lista con 121 actrices se hizo pública para que los productores escogiesen a la mujer idónea capaz de hacer realidad al icono de millones de estadounidenses, tal fue el boom del novelón de Margaret Mitchell, que aquí desconocemos por completo.

Al estilo de cualquier reality show actual, y dado que aún no existía la comunicación sms, los ciudadanos votaban a sus favoritas a través de la radio, donde vencieron Bette Davis, Katharine Hepburn y Miriam Hopkis. Es decir, las más sonadas, no por ello las más aptas para el papel, como si ahora saliesen vencedoras en la misma tanda Nicole Kidman, Scarlett Johansson y Angelina Jolie. Incluso se llegó a construir un retrato robot de la Escarlata ideal a partir de los rasgos de las favoritas, resultado que daba bastante miedo. Pero tenía que venir alguien a poner orden en esta amalgama que incluía incluso a ¡Mae West! David O. Selznick se estaba volviendo loco con razón –aunque las más de las veces fuese él mismo la causa de sus neuras– y los castings eran interminables y poco esclarecedores, sobre todo teniendo en cuenta que el papel de Rhett Butler estuvo claro desde un primer momento –Clark Gable era por aquel entonces ídolo nacional y sexual–.

Tuvo que surgir esta dama del calor, india por nacimiento e inglesa de crianza, traída de la mano de Myron Selznick, hermano del gigantesco productor. Éste la vio por primera vez durante el rodaje del incendio de Atlanta, y mientras a sus espaldas ardían kilos de cine, “King Kong” (1933), “El jardín de Alá” (1936), “El rey de reyes” (1927), se recortó sobre las llamas la silueta definitiva de Escarlata. Problema resuelto. Lo que no sabían Vivien Leigh ni David O. Selznick es que el fuego acababa de estallar. ¿Alguien hubiese cambiado de candidata?

En las imágenes: De izquierda a derecha, Frances Dee, Paulette Godard y Lana Turner en sus respectivas pruebas de cámara para el papel de Escarlata O’Hara, y el retrato robot junto a Vivien Leigh, del documental “La realización de un clásico: Lo que el viento se llevó” - Copyright © 1988 MGM/UA Home Entertainment. Todos los derechos reservados.