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Viernes 25 Enero 2008

Suele decirse que hay películas y películas. Pues razón lleva la frase: hay comedias que sacuden la sonrisa y comedias que roban la adhesión. Esa peculiar actitud carece de una universalidad estricta –o casi, quien no se ría viendo “Con faldas y a lo loco” (1959), aunque sea la vigésima vez, que se lo haga mirar–, de modo que cada cual tiene su propia lista de cintas criminales que un día le asaltaron por sorpresa para no devolverle aquello que se llevaron. “Cómo robar un millón y…” (1966) me sustrajo en su momento una tarde escéptica que concluyó en una sensación de indescriptible bienestar. Los sospechosos: un director de excelentes melodramas y dramones como William Wyler dando el salto al humor, terreno que no frecuentaba desde los años 30 –no considero a “Vacaciones en Roma” (1953) una comedia en sentido estricto, y me hace mucha más gracia ver a “Jezabel” (1938) haciéndoselas pasar canutas con su vestido rojo a Henry Fonda–; una circunstancia así suele traducirse en esa ligereza sabia de quien ha contemplado todo lo perverso en el ser humano.

 

Los actores: la fetiche Audrey Hepburn, capaz como pocas de lanzar cuchillos estratégicos tras la fachada ingenua de sus ojos de cierva, y un ¿galán? Peter O’Toole, que venía de rodar “¿Qué tal, Pussycat?” (1965) donde su tocayo Sellers lo eclipsaba de tanto en cuanto. A la pobre Hepburn casi siempre le colgaban partenaires sin química visual –¿Humphrey Bogart, Burt Lancaster, achacosos Cary Grant y Gary Cooper…?–, pero su aspecto juvenil parecía complementarse con la edad de sus compañeros, como si verla demasiado tiempo en pantalla junto a William Holden requiriese de gafas protectoras ante la brillante radiación de la pareja. Algo parecido sucede en esta historia, cuyo ritmo se beneficia de la dialéctica entre una niña rica, Nicole (Hepburn), y un dandy de intenciones poco honestas y guante blanco, Simon Dermott (O’Toole). El caos debido a la superposición de engaños y fraudulencias, en el más puro estilo screwball, se reviste de unas galas elegantes, conversaciones sutiles y escenarios de lujo, que debían lucir unos actores de tanto caché –sus aires ingleses imprimían en el protagonista de “Lawrence de Arabia” (1962) una etiqueta aristocrática imposible de disimular con andrajos–.

 

Nicole, haciendo justicia a la idiosincrasia general de los personajes de la Hepburn, sacrifica todo decoro por entremezclarse en asuntos que no le conciernen, por defender a la familia –siempre ella y el padre– aunque eso suponga aprender el oficio de ladrona. En realidad no hay millón en sí que robar ni suspense de complejas cajas fuertes: el objeto del delito es una simple estatua, para más inri, falsa. El encanto de esta película absurda –que si peca de algo es de un exagerado metraje sobrevenido por los tropiezos, silencios y escondites del asalto al museo– nace, precisamente, de lo vacuo de la acción en sí, un robo sin sentido económico, más torpe que la manera en que ambos protagonistas terminan percibiendo que algo les falta. Sólo una comedia sobre robos sentimentales podía hablar de algo tan serio como el sacrificio que supone reconocer, maldita sea, que uno se olvidó de activar el sistema de seguridad y se ha enamorado.

En las imágenes: Imágenes promocionales de “Cómo robar un millón y…” - Copyright © 1966 World Wide Productions. Todos los derechos reservados.

Lunes 26 Noviembre 2007

Lumbago, sí, el de décadas y décadas de reverencias que ahora nos tiran directamente al suelo con motivo del 65 aniversario de la película. Para añadir más leña al asunto, va el Instituto Americano del Cine y la sitúa a la cabeza de las mayores pasiones jamás rodadas. Habría que fijarse en cuáles vienen por detrás, a saber: “Love Story” (1970) –ejem–, “Tú y yo” (1957) –ejem, ejem–, “Tal como éramos” (1973) –¡detengan la lista!–. Por supuesto, también se le reconocen honrosas compañeras como “Luces de la ciudad” (1931), “Vacaciones en Roma” (1953) o “Lo que el viento se llevó” (1939); pero, ¿cuál es el motivo que derrota a los campos de algodón, la Bocca della Veritá, los paseos en trineo, el Empire State y los cambios de peinado de Barbra Streisand?

¿Por qué sigue hechizando un romance de folletín en un contexto ya de cartón piedra? ¿Por qué le perdonamos el «¿Son las bombas o los latidos de mi corazón?» que a cualquier otra película le bastaría para lincharla? Una obra maestra de chiripa, un panfleto propagandístico cubierto con unas capas amatorias bien lustrosas, unos pinchazos continuos y traicioneros a los puntos débiles de todo espectador: las oportunidades perdidas, la autocompasión, el miedo, la renuncia, los recuerdos. Y, encima, mal engarzados, con rupturas cantosas de puntos de vista. Rick Blaine (Humphrey Bogart) sentado en su cueva mientras fuma, en aquella época donde no parecía inmoral –el Rick’s Café Américain trazaba un descenso, un enclave de huida del exterior que sólo se conocía por rumores de guerra y las sombras de los coches en la ventana–.

 

Una bruma falsísima lo rodea y allá que estamos en París, bandera y Marsellesa de fondo, y entonces… entonces… Entonces nos enamoramos, porque todo es una ñoñería, pero en el cine uno se puede permitir esos tropiezos que en la vida real se escaquean entre las junturas de las baldosas; y un piano se convierte en el guardián del pasado y el futuro, de las canciones y los visados, e Ingrid Bergman se pasea lánguida bajo los ventiladores, y Bogie pone de moda la gabardina cruzada, y Peter Lorre corretea añadiendo suspense a la trama, y el licor es amargo, y las noches aún más, y suenan unos motores que en realidad se han escuchado siempre, desde el comienzo de un romance abstraído, y las sombras van a las sombras, y al final… al final… Al final no me ha salido desmitificar “Casablanca”. Por algo será. Felices bodas de platino.

En las imágenes: Fotogramas de “Casablanca” - Copyright © 1942 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.