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Miércoles 25 Junio 2008

Acaba de salir a la venta una completísima gama de ediciones en dvd y blu-ray de “Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet” (2007), el musical de Broadway reconvertido en orgiástico diorama por Tim Burton. Nada recomendable para los espectadores propensos a apartar rápidamente los ojos de la pantalla al más mínimo gesto amenazador por parte de un objeto afilado. Utensilios habituales en cualquier barbería —de las antiguas, antes de que la higiene aboliese el ritual público del afeitado—, aunque nuestra morbosa atención —sí, también la de quienes luego no miran— se dirija antes a la destartalada tienda de un mal barrio inglés que al impoluto negocio con una de esos cilindros giratorios en blanco y rojo. Cómo no encontrar en ella barberos psicóticos y crímenes más fáciles que una garganta puesta en bandeja. O el ojo, pues la palma en los gritos de pánico y los violentos tirones de cuello se la lleva “Un perro andaluz” (1929), el manifiesto surrealista de Buñuel que aún despierta las mismas reacciones que el día de su estreno, aun avisando previamente de la polémica imagen…

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Quizá por influencia de su amigo Salvador Dalí, interventor en los diseños oníricos de “Recuerda” (1945), en esta película a Gregory Peck le dé por armarse de navaja tras un ataque de locura y regresión temporal. Menos mal que Ingrid Bergman estaba bien arropada en la cama y que un vaso de leche puede hasta con las peores pesadillas. Otros que se tomaron la misma parsimonia para afilar la navaja antes de rebanar tranquilamente algunos cuellos, oreja o lo que se terciase, son el psichokiller de “Tinieblas” (1982), giallo de Dario Argento, Michael Madsen en “Reservoir dogs” (1992) —aunque Tarantino tuvo la sensibilidad de deslizar la cámara hacia fuera de campo—, en “Vestida para matar” (199), “Terror ciego” (1971), o jóvenes con miedo a que sus mayores los deshereden, como el protagonista de “What happened then?” (1934). Las gargantas rebanadas son plato típico en cualquier género, aunque las hayamos visto con más frecuencia en las historias de gángsters, también con barberías como escenario —una de las recientes, “Promesas del Este” (2007)—. Leer más >>

Jueves 24 Enero 2008

Tras su último estreno, compruebo una fijación de Joe Wright por las manos: planos detalle de una porción anatómica que es máxime instrumento de expresión humana a la par que extremidad fuera de contexto. Es posible que dicha recurrencia, en tan novel director, se deba a una simple educación visual o a una confianza en el tópico del montaje. En cualquiera de los dos casos, aunque con menos mérito para el cineasta inglés, se presenta un compendio de aprendizajes cinematográficos que, poco a poco, hemos asumido con la misma soltura que el abecedario. Y es que la mano, al igual que cualquier otra visión sesgada del hombre, representa una asociación inconsciente dentro de la historia o de la idea simbólica que muestra la película. Los espectadores del protocine asistían horrorizados a la proyección de imágenes en primer plano para las cuales, creían ellos, había sido necesario cortar la cabeza o el brazo de una persona.

Sólo cuando el lenguaje audiovisual fue adquiriendo forma –especialmente gracias al montaje de atracciones de Eisenstein y los hallazgos soviéticos–, el público aprendió a trazar deducciones e inducciones con la medida del enfoque, de tal manera que una mano podía venir a representar, sin dejar manco a nadie, todos los sentimientos del mundo –rasgo muy Pudovkin–. Wright, tanto en “Pride & Prejudice (Orgullo y prejuicio)” (2005) como en “Expiación” (2007) no se fija en las manos como agentes independientes, sino que las emplea con intención, para concebir ilustraciones del silencio. Todo lo que no puede –o no sabe– expresar de otra manera, lo traslada a esa zona que es nuestra vía de contacto con el mundo y, al mismo tiempo, cauce de lo que callamos, de lo que no sabemos –o no podemos– vocalizar. Sin embargo, su concepción resulta bastante pesimista, pues el contacto que persiguen las manos, aun produciéndose, nunca ofrece más que la confirmación de una distancia insalvable: la de las clases sociales, el tiempo, el espacio o la propia incomprensión de un ideal que sólo puede rozarse.

Por ese motivo, en su reciente película Robbie (James McAvoy) intenta palpar a Cecilia (Keira Knightley) a través del agua que, por unos instantes, formó parte de la superficie de su piel –imagen recogida en la novela–, y cuando el contacto ya no está impedido por la barrera de la timidez se desarrolla torpe, trémulo y escondido, y resulta curioso que se contraponga la unión de las manos bajo y sobre la mesa, ambas alegóricas de una relación breve y oculta. Este anclaje carnal resume el conocimiento básico y efímero entre los personajes, una proximidad recurrente en las historias de descubrimiento amoroso –me viene a la memoria el corto “La mano”, de Wong Kar-Wai, incluido en el tríptico “Eros” (2004), y su metáfora sobre la medición emocional por medio del roce–. Además, de ser cierto que cada ser humano lleva su destino dibujado en las palmas, la unión de las manos de Robbie y Cecilia no podía ser más lógica y fatalista. Concepto surreal que adquiere fuerza en “Un perro andaluz” (1929), de Buñuel, y la mano-hormiguero que no pertenece a nadie, pero que representa un miedo universal: el de perder nuestra identidad humana, animalizarnos, olvidar la expresión y la comunicación, el sentido del cuerpo y el montaje. Fragmentos de historias y anatomías que suman y resumen lo que en la vida siempre aparece deslavazado.

En las imágenes: Fotogramas de “Expiación: Más allá de la pasión” - Copyright © 2007 Working Title Films, Relativity Media y Studio Canal. Todos los derechos reservados. “Un perro andaluz” - Copyright © 1929 Luis Buñuel. Todos los derechos reservados. “Eros” - Copyright © 2004 Roissy Films, Block 2 Pictures, Jet Tone Films, Ipso Facto, Solaris, Cité Films, Fandango, Delux Productions y Easy Mañana. Todos los derechos reservados.