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Martes 10 Junio 2008

M. Night Shyamalan, hasta la fecha, no ha repetido subgénero, y a pesar de que el impactante éxito de “El sexto sentido” (1999) pudiese haberlo especializado en cintas de terror sobrenatural. Los espectadores fruncían el ceño al oír su nombre, pocos especialistas recordaban “Los primeros amigos” (1998) más que como un título olvidable, pero ambos grupos se empezaban a preguntar quién era ese joven indio capaz de revolucionar las salas de medio mundo. De la nada absoluta a las reverencias de la crítica, las seis nominaciones al Oscar® –no se llevó ninguno, pero sí el mérito de ser la tercera producción de horror, tras “El exorcista” (1973) y “Tiburón” (1975), en competir por el premio a la Mejor Película–, y, especialmente, el agradecimiento de los fans que veían revitalizarse al género. Y de qué forma: desde ese momento, pocas historias de suspense fabricadas en Hollywood –y fuera de él– han prescindido del famoso twist final, muleta que a estas alturas sostiene a relatos de cojera curada de disimulo.

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Sólo hay que comprobar cómo la promoción de “Los Otros” (2001) en Estados Unidos se vio resentida por los enormes parecidos con el taquillazo de Shyamalan. Pero todo ídolo de barro presenta las huellas de quienes lo fueron moldeando. Los referentes del director a la hora de concebir “El sexto sentido” fueron asimilados mediante un lenguaje elegante y moderno, un estilo que se transformaría en marca de la casa junto a sus obsesiones ya comentadas. La peor, en sentido práctico, de todas ellas: el giro que impone una relectura de los acontecimientos, una sucesión de fogonazos-flashback en la mente de protagonista y espectador que convierten el primer visionado en una experiencia única y los siguientes en un juego donde se conoce la trampa. Eso con suerte y si nadie ha revelado de antemano la tecla de la discordia: yo, como tantos otros, fui una de las perjudicadas por el fenómeno boca-oreja revienta-argumento de “El sexto sentido”, de modo que esa sensación la perdí para siempre –y sin ánimo de sonar fatalista…–. Leer más >>

Domingo 9 Marzo 2008

Las referencias al cine de terror no vienen solas: tras la corriente mayoritaria que ha perdido el oriente de su existencia –y que se empeña en copiar lo oriental–, camina lento e incansable el subgénero victoriano de casas encantadas y apariciones más o menos etéreas. Hace tiempo que él mismo reconoció la caducidad de sus contenidos y más aún de sus trucos. Nadie ha podido realmente continuar el ritmo de “Otra vuelta de tuerca”, novela corta de Henry James –su última adaptación fue “El celo” (1999)–; y, en el período más convulso para la Historia cinematográfica, la década de los sesenta, una versión de dicho relato firmó una defunción consciente y original, algo de lo que carecen sucesivas cintas, cegadas ante la muerte del cine clásico, que deambulan por las carteleras como cadáveres románticos más de allá que de acá. La película que hace de “Los otros” (2001) o “El orfanato” (2007) rancios ejercicios, papeles de pared vistosos que intentan tapar las grietas del anterior sin percatarse de que en ellas reside su talento, es “Suspense” (1961), hoy semiolvidada como el desguace del que se han robado piezas para nuevos vehículos –en especial su último tramo para el debut de J.A. Bayona–.

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Antes de acometer una lectura humanista de los acontecimientos, la película corrobora su género, sus sanas intenciones de descalabro emocional y psíquico. Una pantalla en negro a modo de apertura, con la cruel tonada “O Willow Waly” que ha hecho de las nanas una constante, se prolonga como una prueba de nervios, lo mismo que los créditos de cierto aroma Aldrich. Después de una declaración así, el desarrollo avanza entre el convencionalismo de una realidad inocente –la nueva institutriz (Deborah Kerr) que debe hacerse cargo de dos niños (Martin Stephens y Pamela Franklin) en una inmensa mansión… lago inclusive– y la inquietud de un estilo naturalista poco usual en imágenes de corte fantasmagórico. Jack Clayton, director de breve carrera y que recuperaría en parte estas atmósferas en “A las nueve cada noche” (1967), perfila con un pulso estremecedor la esencia del cuento de James, guionizado por Truman Capote y William Archibald.

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La ambigüedad, ese magnífico valor en desuso, contagia al espectador la misma locura que vive la institutriz: su versión sobrenatural de los hechos podría ser tan cierta como la sospecha de una pulsión sexual refrenada y que, en el encierro de la mansión, ha salido a la luz por la influencia del patrón ausente –al que de alguna forma ella desea atraer de vuelta–, el niño adulador y las historias de violenta sexualidad que flotan en el pasado de los sirvientes. Esa relación fraternal entre sexo y muerte, que hoy se diluye en favor de versiones suavizadas, ofrece imágenes más perturbadoras que las películas fabricadas cincuenta años después. Los supuestos fantasmas, siempre en el campo de visión de la institutriz, surgen sin golpes musicales ni giros de montaje, y es esa familiaridad la que provoca un terror más intenso que cualquier efecto. Los niños, además, no exageran sus miradas inquisidoras, y la dulce dicción de Deborah Kerr se contrapone a su juego de expresiones, entre la valentía y el desprecio. Aquí están los espíritus inalcanzables, los trasteros polvorientos, las fotografías reveladoras, los candelabros, camisones al viento, cristales que se autodestruyen, voces invisibles, amores y accidentes que destrozan. La lección ya fue dada, con la eficacia del silencio por encima de toda ambientación sonora, en esa duda no resuelta que, como alumnos, obliga a temer a la maestra del mismo modo que se la admira.

En las imágenes: Fotogramas de “Suspense” - Copyright © 1961 Achilles y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.