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Jueves 3 Julio 2008

La cotidianidad es esa esfera rotatoria que ya no puede depararnos ninguna sorpresa, de ahí que las historias dadas al escapismo empleen objetos corrientes y molientes como portal a esos fantabulosos universos paralelos. Una chimenea en “Harry Potter”, un pomo en “La bruja novata” (1971), una fuente en “Encantada: La historia de Giselle” (2007), una cuerda en “Un puente hacia Terabithia” (2007) o un armario en “Monstruos S.A.” (2001) y la primera entrega de “Las crónicas de Narnia” (2005), que ahora se complementa en “El príncipe Caspian” (2008) con una estación ferroviaria. Pero eso de alcanzar enormes velocidades para dar el salto a otra dimensión espaciotemporal ya lo habíamos visto en “Regreso al futuro III” (1990) y su tren volador a punto de desmaterializarse o morir en el precipicio más cercano. Y los niños equipados de visiones imaginativas quedaron, de algún modo, atrapados para siempre en su utopía anti-adulta, gracias a películas que pretendían la metáfora de la madurez o la celebración de la inocencia —o, para qué engañarnos, también la ñoñería más insulsa—.

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Fue James M. Barrie quien asentó el mito con su trilogía de novelas y obras teatrales sobre Peter Pan, Wendy y los Niños Perdidos, y el cine la ha reconvertido en animación y carne y hueso —la fallida “Hook” (1991), de Spielberg, una nada desdeñable versión de P.J. Hogan, pese a lo que pueda indicar su director, y el manierista biopic “Descubriendo Nunca Jamás” (2004), que lanzaba encadenados visuales entre la realidad londinense y la imaginería del escritor—. Tras ellos, un cortejo de imberbes suicidas se ha sumado a lanzarse por el ventanal, hacia estrellas que sólo ellos alcanzan: Sebastian en “La historia interminable” (1984) —esa adaptación que todo el mundo parece haber borrado de su memoria juvenil—, Dorothy en “El Mago de Oz” (1939) —y su inquietante secuela oficial, “Oz, un mundo fantástico” (1985), producto que a pocas luces podemos creer que permitiese la Disney—. Leer más >>

Viernes 20 Junio 2008

Como cada año, el American Film Institute, cuyos trabajadores deben de ser los más afortunados del mundo porque sólo parecen dedicarse a recoger votos sin que en el recuento salgan vencedores y vencidos; dicha institución, decía, acaba de sacar a la luz su enémisa lista. En esta ocasión pretenden clasificar lo mejor del cine comercial estadounidense del siglo XX en diez apartados, olvidándose de importantes géneros como el musical y dando importancia a otros menores, aunque bien queridos en su país, como el cine de tribunales, si es que una etiqueta así puede llegar a sonar bien. Las elegidas, tan tópicas como insorteables en cualquier clasificación que se precie, ofrecen poco margen de debate, ya que los listados del AFI se repiten anualmente con escasas variaciones. En el cine de animación encabeza “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), y la siguen otras nueve películas de la factoría Disney y Pixar, con la sola mención de “Shrek” (2001), de la Dreamworks.

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En comedia romántica, despunta una opción clásica, “Luces de la ciudad” (1931), seguida por los títulos más significativos de Cukor, Wyler, CapraMeg Ryan y “Harold y Maud” (1971), una cinta que fue repudiada en su estreno por los mismos críticos que ahora la aplauden. En cuanto al western, la primera es, cómo no, “Centauros del desierto” (1956), junto a lo más destacado de Hawks, Peckinpah, Eastwood o George Stevens, aunque entre ellas se cuele… ¡“La ingenua explosiva” (1965)!, una de esas comedias de saloon al servicio de Jane Fonda. En deportes, un género que sólo saben cultivar los norteamericanos, prima “Toro salvaje” (1980) antes de variadas cintas de boxeo, ciclismo, equitación, billar, fútbol, béisbol y baloncesto. Porque es inglesa, de otro modo no se entiende que “Carros de fuego” (1981), a pesar de que se trata de una infumable película, no esté entre las favoritas de los especialistas. Leer más >>

Viernes 13 Junio 2008

El 12 de septiembre de 2001 el equipo de M. Night Shyamalan debía rodar una de las escenas cruciales de “Señales” (2002), el esperado regreso del director tras sus dos exitazos anteriores. Una prueba ardua, las dos, la de sobrevivir a las expectativas y a un nivel de autoexigencia bien marcado, y el no menor problema de encajar la película en un país, de repente, asolado por la paranoia. Dado que la concepción y el rodaje de la película precedieron a los atentados, no pueden lanzarse relaciones causales entre ambos acontecimientos como sí se hizo con la superproducción, también de tema extraterrestre, de Spielberg, el ídolo de Shyamalan, “La guerra de los mundos” (2004). Por una vez, parecía que el maestro podía haberse inspirado en el alumno aventajado: dos familias sin figura materna que deben huir y esconderse –en ambas, además, hay una pelea en fuera de campo– a causa de una invasión alienígena de la que nunca se explican razones claras. Y con una resolución de igual base científica, lo cual dejó bastante descolocados a quienes, de nuevo, esperaban el súmmum de las sorpresas finales.

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Hasta que volví a revisarla, me incluía en esa categoría de los damnificados por la decepción, por una película que se me antojaba capricho de género de un realizador con empacho de cinefilia. Sin embargo, he de reconocer que, ya olvidada la presión mediática del momento –resulta curioso que en nuestro país tuviese una fría acogida crítica y que en Estados Unidos sea la más valorada de Shyamalan–, “Señales” constituye un ejemplar ejercicio narrativo, en lo visual y sonoro, desde luego el más referencial de todos, y por ello el menos original en el enfoque. En la memoria del cineasta debían de circular decenas de títulos durante la redacción del guión y el diseño de los storyboards, empezando por la filmografía de Spielberg: “Poltergeist” (1982) –la televisión como un personaje más–, “E.T., el extraterrestre” (1982) y los campos de maíz que recorren Elliott (Henry Thomas) en ésta y Graham Hess (Mel Gibson) en “Señales” con una linterna por la noche, o “Encuentros en la tercera fase” (1977) y su atmósfera silenciosa, de espera ambigua para quienes no saben si los visitantes son pacíficos o agresivos. Leer más >>

Martes 10 Junio 2008

M. Night Shyamalan, hasta la fecha, no ha repetido subgénero, y a pesar de que el impactante éxito de “El sexto sentido” (1999) pudiese haberlo especializado en cintas de terror sobrenatural. Los espectadores fruncían el ceño al oír su nombre, pocos especialistas recordaban “Los primeros amigos” (1998) más que como un título olvidable, pero ambos grupos se empezaban a preguntar quién era ese joven indio capaz de revolucionar las salas de medio mundo. De la nada absoluta a las reverencias de la crítica, las seis nominaciones al Oscar® –no se llevó ninguno, pero sí el mérito de ser la tercera producción de horror, tras “El exorcista” (1973) y “Tiburón” (1975), en competir por el premio a la Mejor Película–, y, especialmente, el agradecimiento de los fans que veían revitalizarse al género. Y de qué forma: desde ese momento, pocas historias de suspense fabricadas en Hollywood –y fuera de él– han prescindido del famoso twist final, muleta que a estas alturas sostiene a relatos de cojera curada de disimulo.

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Sólo hay que comprobar cómo la promoción de “Los Otros” (2001) en Estados Unidos se vio resentida por los enormes parecidos con el taquillazo de Shyamalan. Pero todo ídolo de barro presenta las huellas de quienes lo fueron moldeando. Los referentes del director a la hora de concebir “El sexto sentido” fueron asimilados mediante un lenguaje elegante y moderno, un estilo que se transformaría en marca de la casa junto a sus obsesiones ya comentadas. La peor, en sentido práctico, de todas ellas: el giro que impone una relectura de los acontecimientos, una sucesión de fogonazos-flashback en la mente de protagonista y espectador que convierten el primer visionado en una experiencia única y los siguientes en un juego donde se conoce la trampa. Eso con suerte y si nadie ha revelado de antemano la tecla de la discordia: yo, como tantos otros, fui una de las perjudicadas por el fenómeno boca-oreja revienta-argumento de “El sexto sentido”, de modo que esa sensación la perdí para siempre –y sin ánimo de sonar fatalista…–. Leer más >>

Lunes 9 Junio 2008

El director de origen hindú, para muchos de nombre impronunciable –no se quejarían tanto si conociesen su nombre de nacimiento: Manoj Nelliyattu Shyamalan– tiene un problema. Sus detractores estarán ya asintiendo, pero la traba no tiene que ver con él o su cine, sino con su público. Pocos cineastas horneados en Hollywood en la última década son capaces de despertar tanta expectación y tan encendidos debates antes y después de que los estrenos lleguen a las salas. Debería valorarse como algo positivo que unas películas, al margen de que convenzan más o menos a unos u otros, remuevan tanta reflexión y sano apasionamiento. El problema, decía, es que gran parte de los espectadores de M. Night Shyamalan se dividen en bandos enfrentados, aunque cada cual tenga su propia jerarquía de cintas preferidas. Hace tiempo que se abrió una lucha de trincheras donde se intercambian bombazos, opiniones cargadas de ira o amor sin apenas argumentos y mucha ansia por tener la razón. Algunas convenciones no escritas han terminado asumiéndose globalmente a causa de ese enfretamiento: películas que son indiscutibles obras maestras –“El protegido” (2000)– y otras que huelen a timo, por no decir cosas más fuertes — “La joven del agua” (2006)–.

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¿De dónde procede tanta decepción acumulada? A Shyamalan se le exige demasiado, y entiéndame, es necesario exigir, pero no de una manera que aniquila la libre creatividad del autor y la disparidad de juicios. Parte del problema provendría, pues, del propio director, ¿culpable? de sembrar la cultura del giro final con “El sexto sentido” (1999). Pero no debe olvidarse que ni fue el primero en recurrir a tan discutible estrategia narrativa ni por su eficacia todas sus historias deben, forzosamente, acudir a ella. Los estudios o su propio ego han marcado una tendencia continuista que tarde o temprano acabaría cansando a quienes antes aplaudían el truco. A quienes se hartan de la atracción con cinco loopings y piden que la siguiente tenga diez, o quince. Salvando las distancias, Alfred Hitchcock también sufrió de ataques similares, algunos de los cuales hoy consideramos injustificados y verborreicos. Como dice un personaje de la serie “Mad Men”, ambientada en 1960, «¿Has visto “Psicosis”? Menuda tontería». No importa que sus películas se califiquen de forma obtusa como buenas o malas, lo que interesa es que Shyamalan es un buen alumno. Leer más >>

Sábado 24 Mayo 2008

Y mientras Spielberg está con su equipo de celebración por el éxito que empieza a cosechar “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (2008), George Lucas regresa al rancho Skywalker para maquinar con la caja registradora que tiene por mente. ¿Que este año cumple 25 primaveras “El retorno del Jedi” (1983)? Pues, estará pensando, que lo celebren los frikis y ahorren un poco de la fiesta para la entrada que les cueste el nuevo sacacuartos de Lucasfilm, “Star Wars: The clone wars” (2008), cuya –supuesta– primera entrega se sitúa hace mucho, mucho tiempo, entre las acciones del episodio II y III de la saga –ya saben, entre los clones y los sith–. ¿Por qué no está Lucas tan contento del cumpleaños de su retoño y se dedica a nuevas, ejem, creaciones?

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¿No se le ha ocurrido una colección de peluches ewook para los más pequeños –ciertamente los únicos que toleran a estos bichejos peludos–? ¿O pactar con Victoria’s Secret una réplica comercial del biquini-esclava de la princesa Leia –dado que ya los hay para perros, no se lo pierdan–? La obsesión de los fans –masculinos– por esta prenda ya fue parodiada en un episodio de “Friends”, aunque nunca me he explicado qué tiene de sexy ver a la pobre Carrie Fisher postrada con esas pintas contra el baboso Jabba. Bueno, sí me lo imagino, pero… ¡qué retorcido! En cualquier caso, qué mejor manera de conmemorar este verano la última-tercera-loquesea película de “La guerra de las galaxias” que con playas rebosantes de biquinis dorados.

En la imagen: Carrie Fisher caracterizada con el biquini de Leia en una imagen promocional de “El retorno del Jedi” - Copyright © 1983 Lucasfilm. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Mayo 2008

Como se ha podido comprobar a lo largo de esta serie dedicada al inmortal Indiana Jones, el personaje debe su vida al medio cinematográfico. Sin embargo, algunos de mis muy buenos recuerdos –y supongo que de otros muchos espectadores también– no han sido provocados por la trilogía original… Aunque George Lucas también tenga que ver en ello. LucasArts venía desarrollando videojuegos como una subrama de LucasFilm, no siempre de temática fílmica –algunos sí, por ejemplo “Labyrinth”, basado en la película homónima al servicio de David Bowie–, como la divertidísima saga de Monkey Island. Toda esta introducción, que mejor sabrían comentarla en sus apartados técnicos mis compañeros de blog, se debe a una aventura gráfica que hizo las delicias de los fans: “Indiana Jones and the Fate of Atlantis” (1992). Aquellos primitivos, cúbicos y deliciosos gráficos, con sus sonidos metálicos y sus diálogos mudos, abrían en una triple perspectiva el universo de Spielberg. El juego respetaba el espíritu de las películas con una trama rica y de continuos saltos espaciales, y que proponía tres posibles desarrollos y finales para la aventura –según las decisiones tomadas a lo largo de las pantallas–.

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Indy debía enfrentarse a los nazis una vez más en la búsqueda por la archifamosa ciudad sumergida, visitando submarinos, sesiones de espiritismo, islas griegas, mercadillos árabes, Islandia, Montecarlo… ¡hasta las Azores!, y manejando objetos antiguos, como un libro perdido de Platón o el orichalcum, un extraño metal clave para acceder a la Atlántida. Lo acompañaba Sophia Hapgood, una mujer de armas tomar muy parecida a Marion Ravenwood, útil ayuda en algunas situaciones y una simple estatua cuando Indiana debía arreglárselas por sí mismo. Con sentido del humor y respeto por los rasgos de personalidad del protagonista, “Fate of Atlantis” fue la primera película jugable de la saga, de mayor calidad argumental que el videojuego “La última cruzada”, lanzado en 1989. Tanto, que durante la larga gestación de la cuarta entrega se llegó a especular sobre la posible adaptación del libreto del videojuego a la pantalla. Problemas: en realidad el juego procedía de una historia original que nunca se rodó, y la edad de Harrison Ford impedía ambientar una historia durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Y por qué no va a interesar la Atlántida a los soviéticos? A quienes no interesa es a los propios Spielberg y Lucas, pues la fama de la historia actuaría como limitación y muchos espectadores esperarían extrañas criaturas submarinas, según el imaginario colectivo –véase “Atlantis: El imperio perdido” (2001), que además fue un fracaso Disney, detalle que pudo potenciar el efecto disuasorio–.

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A pesar del enorme éxito que supuso esta ejemplar muestra, Indiana Jones no volvió a destacar en el mundo del videojuego hasta “Indiana Jones y la tumba del emperador” (2003), cuya trama también mezclaba nazis y motivos esotéricos: un ídolo de Sri Lanka, Kouru Watu, que Indy rescata al más puro estilo “En busca del arca perdida” (1981), y la perla El Corazón del Dragón, enterrada junto al primer emperador chino. Una versión que incluye más acción que los juegos previos, al estilo Tomb Raider, y que pierde un poco el carácter investigador de las pesquisas que fomentaban las viejas plataformas. Recientemente, al igual que ya hicieran con Star Wars, LucasArts ha lanzado la versión Lego jugable de las aventuras originales, y que convierten en muñequitos articulados –ya no amarillos– a Sean Connery, Karen Allen o Jonathan Ke Quan. Mantienen los argumentos de la trilogía y su única novedad es la que propicia la metodología Lego, quizá un poco infantil para jugadores más avanzados. Tres opciones muy distintas para cada manera de querer sumergirse en primera persona en el mundo de Indiana Jones, por si las pantallas tradicionales no son suficientes o la historia de “El reino de la calavera de cristal” (2008) no satisface del todo.

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En las imágenes: Detalle de la carátula e imagen del videojuego “Indiana Jones and the Fate of Atlantis” - Copyright © 1992 LucasArts. Todos los derechos reservados. Imagen promocional de “LEGO Indiana Jones: The original adventures” - Copyright © 2008 LucasArts. Todos los derechos reservados.

Martes 20 Mayo 2008

Uno de los mayores interrogantes que se levantaron ante el cuarto proyecto de Indiana Jones fue el concerniente a su chica. No hay sacrificio sin motivación, ni ésta sin amor, ergo Indy requiere de una comparsa femenina para que la aventura tenga lugar. El misterio se disolvió rápidamente y ya sabemos que todo río vuelve a su cauce y que en “El reino de la calavera de cristal” (2008) el arqueólogo vuelve a quejarse de viejas heridas que sólo pueden curar los besos de Marion Ravenwood. Nombre de princesa soldado, de doncella capaz de cortarse las trenzas y destrozar su balcón a patadas si Spielberg así lo pide y si su estoico enamorado continúa manteniéndose escéptico ante la idea de ponerse tierno. La más aguerrida compañera que hasta ahora tuvo Indiana fue ideada para “En busca del arca perdida” (1981) como una recreación directa de las antiguas heroínas que, sin perder un ápice de femineidad, empleaban sus armas naturales con una consciencia que derrotaba a los hombres. Especialmente si éstos son los malos, o si no recuerden la forma en que Marion se vestía de gala y emborrachaba a Belloq (Paul Freeman) para intentar una astuta huida. Karen Allen la interpretó con el suficiente equilibrio entre el grito desvalido y el bocinazo de enojo, y parece que el tiempo no ha pasado para ella en lo referente a la jovialidad de sus poses, que dejan entrever las primeras imágenes promocionales.

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Lo curioso es que la candidata que sonó con más fuerza durante los preparativos de la primera parte de la saga fue Sean Young, que incluso dio la réplica a numerosos aspirantes al papel de Indiana durante las lecturas de los castings. No hubo suerte para ella, pero su escaso garbo, entendido como oportuna y robótica gelidez, le regaló el papel de replicante junto a Harrison Ford –con quien también terminaba huyendo, pero de manera muy distinta– en “Blade Runner” (1982). Marion fue y vuelve a ser Allen, la menos rompedora en términos estrictos de la muchachada Indy, la que perdería en un concurso de alaridos y curvas frente a las otras integrantes del grupo. Pero la que se ha ganado el privilegio de una segunda participación y quién sabe si un plan de futuro. En cierto modo, Marion es el amor ideal de Indy: demasiado parecidos como para llevarse bien y, a la vez, como para rechazar los envites fortuitos que les ofrecen sus aventuras. Sabemos que antes de ella no hubo gran cosa y que su romance con Willie Scott (Kate Capshaw), a la que conoció en “El templo maldito” (1984), concluyó al conquistar Spielberg a la chica fuera de pantalla. Primera rubia de ojos azules para Indiana, una preciosa pin-up que hace su entrada estelar luciendo el mismo nivel de palmito que de estupidez, perpetuando el tópico que tan bien funciona en la comedia.

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Si en la actualidad todavía hay quejas por parte de alguna feminista –pues en su momento hubo–, que se revise algunas escenas. Durante esta etapa de expediciones más exóticas que religiosas, lo más probable es que a Indy le pudiese el espíritu febril, de ahí la relación brusca que mantiene con Willie. Aparecen las primeras referencias sexuales explícitas y los tórtolos intercambian tantos bofetones como besos. Al contrario de lo que sucede con Marion, la atracción del protagonista por Willie es de puros opuestos –en la secuencia de apertura queda claro cuando ambos gatean por el suelo, él en busca del antídoto al veneno que se ha tomado y ella del diamante que satisfaga sus flechazos materialistas–. El personaje es simpático y adorable en su extremismo, pero… ¿se merece nuestro Indiana concluir sus días junto a una mujer de pitiminí que lo llama, en referencia a su atuendo, domador de leones? ¡Por favor! A raíz de estas pistas, empezamos a comprender el despecho que Marion siente durante “En busca del arca perdida” hacia un Indy más joven y licencioso. ¿Será su reacción la misma veinte años después? Derrocados sus romances con Willie y Marion, en “La última cruzada” (1989) se cruza en su periplo, nunca mejor dicho, otra rubia despampanante, la doctora austriaca Elsa Schneider (Alison Doody).

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Una cabellera demasiado Veronica Lake como para augurar nada bueno, a pesar de las miradas de cachorro que sabe lanzar al enamoradizo héroe. Su relación termina, literalmente, en punto muerto, quizá para aliviar la incomodidad que George Lucas sentía hacia el hecho de que Indiana y su padre (Sean Connery) se hubiesen acostado con la misma mujer. Sin embargo, hay que admitir que Elsa parecía la mujer perfecta para Indiana. Experta en conocimientos arqueológicos e históricos, siente las mismas pasiones que el protagonista, sin temor a implicarse en aventuras que destrocen su sofisticada ropa o pongan en peligro su peinado –para más inri, la actriz no demostró durante el rodaje ningún recelo hacia las ratas reales con que se trabajó en la escena de la biblioteca, al contrario del pánico de Capshaw hacia los bichos y de Allen por las serpientes–. A estos rasgos intelectuales se suma un cuerpo animal que no pasa inadvertido a ojos de Indy, que vuelve a recurrir a la estrategia del enfado-reconciliación para conquistar a la chica. Marion y Willie en una. Pero la perfección es una estatua de piedra porosa que enseguida se derrumba sin que Indiana pueda detener la catástrofe. Ya he comentado más veces que el pobre es un patoso. Con las mujeres, por muchas bazas innatas que posea, también.

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Así que el aventurero continúa impartiendo clases en solitario, al margen de una posible existencia familiar y hogareña. ¿Qué chica habría comprometido su pellejo en cada escapada? ¿Por qué no Marion, tan pizpireta como una Evelyn O’Connell? Simplemente porque Spielberg y Lucas, pensando en la línea James Bond, consideraron más oportuna la variación femenina en el reparto. Detalle que da frescura a las entregas, por lo que en su nueva película no han prescindido en absoluto de nuevas actrices. Desmentida Natalie Portman como posible hija de Indy, finalmente tendremos otra villana: Irina Spalko (Cate Blanchett). La camaleónica actriz se tiñe de negro y aprovecha sus níveas facciones para dar vida a una agente soviética que nada tiene que ver con Doodey. Astutamente, Spielberg ha recurrido a la versión opuesta antes que a la recreación, cosa que pensamos muchos al oír el fichaje de la intérprete australiana. Más cercana a la Rosa Klebb de “Desde Rusia con amor” (1963), podría ser la primera mujer asexuada e impasible ante los encantos –vale, sí, ya está mayor, pero y qué– de Harrison Ford. Por eso la dulce Marion debía volver. Porque tal vez los directores las prefieran rubias, pero Indiana Jones se queda con la morena.

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En las imágenes: Comparativa de Karen Allen en los carteles de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y de “El reino de la calavera de cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures y Lucasfilm. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Kate Capshaw en “El templo maldito” - Copyright © 1984 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Alison Doody en “La última cruzada” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 15 Mayo 2008

Empiezan a circular las primeras opiniones en la sombra sobre “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (2008), y alguna de ellas particularmente dolorosa hace recordar aquello de que «esto no es arqueología, sino un acto de fe». En cierta medida, pero más moderada a causa del menor intervalo temporal, “La última cruzada” (1989) también supuso para el tándem Spielberg-Lucas lanzarse a la piscina con la nariz al aire. Los puntos a su favor: cerrar una trilogía natural y resarcirse del mal gusto dejado en boca de muchos a costa de “El templo maldito” (1984). Al contrario de lo que ocurre con ésta, la aventura de cierre de Indy –hasta ahora– parece la favorita de la mayoría de los espectadores, incluido el propio Spielberg. Y lo que dice Mr. SS va a misa, ¿no? Sin embargo, el orgullo contenido en esa afirmación encierra una paradoja: el nivel que alcanza “La última cruzada” se debe al fichaje de Sean Connery como el padre de Indiana, papel robaescenas y hasta planos –recuerden el beso entre el hijo y la austriaca mientras el pobre anciano se come los mocos–, sin el cual no habría sido posible la relectura del protagonista.

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Algo similar a lo que se espera con la introducción del personaje de su hijo (Shia LaBeouf) en la nueva entrega. Pero no nos lancemos hacia los soviéticos: Indy aún tiene que desbaratar la intrahistoria nazi, aunque sea haciendo frente al mismísimo Adolf Hitler –en un gag tan logrado como cuestionable: ¿no le habrían hecho llegar al Führer alguna fotografía de su enemigo durante la búsqueda del Arca de la Alianza, previa a estas peripecias?–. A Lucas le entusiasmaba la leyenda del Santo Grial –supongo que ya no tras tanto best seller de pacotilla–, pero en principio la historia giraría en torno a un castillo encantado. Craso error porque lo sobrenatural la habría acercado más al espíritu de “El templo maldito” que al tono bíblico de “En busca del arca perdida” (1981), cinta con la que comparte muchos más lazos fraternales. Tal vez el éxito de estas dos películas se deba a su carácter potencial, a un reclamo por las creencias que cualquier espectador puede plantearse como reales. La hechicería y los fantasmas pertenecen más al terreno de la superchería, pero ¿por qué no podría localizarse la copa de Jesucristo? –no, ahora que no vayan corriendo a Iker Jiménez millares de ermitas con vasos cochambrosos–.

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Un detalle que puede jugar también en contra de “El reino de la calavera de cristal”, sobre todo ahora que las susodichas reliquias han sido demostradas como falsas y apenas existe margen para la duda. En cualquier caso, Spielberg venía de producir “Poltergeist” (1982) –y dirigirla, a juicio de algunos–, por lo que quería perder de vista las televisiones y los ectoplasmas. Directos, pues, a la década de los treinta y al efectivo balance de comedia familiar y clásico de aventuras, aunque antes debemos retroceder un poco más. Fue George Lucas quien propuso que la ampliación biográfica de Indiana alcanzase también su adolescencia, por lo que se preparó el famoso prólogo donde River Phoenix encarnaba a un joven Henry Jr. Harrison Ford había actuado junto a él en “La costa de los mosquitos” (1986) y su aplaudido talento le precedía en cualquier prueba de selección. Unos breves minutos que, tras el conocido y desgraciado fin de Phoenix, adquirirían un valor superior que repercute en la película. En esta secuencia se aprecia la vuelta al talante humorístico y autorreferencial: al estilo de un tratado psicoanalítico, descubrimos que todos los trazos de Indiana tienen una procedencia justificada.

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Su admiración-repulsión por un misterioso arqueólogo que, atención, se llama Fedora y luce el susodicho sombrero y ropas de retrosexual, introduce al joven Indy en una aventura concentrada, origen de la serie televisiva. El látigo, la fobia por las serpientes y la cicatriz de la barbilla –que Harrison Ford se hizo tras estrellar su coche– encuentran su explicación dentro de unos vagones circenses que, asimismo, parodian la fijación de la saga por los obstáculos animales. Pero el capricho de Lucas va a mayores: se presenta –fuera de campo, eso sí– al padre, rígido y obsesionado con su diario, y… ¡al perro de la misma raza que la mascota de Lucas! Este episodio, que tiene como disputa la Cruz de Coronado, conecta con un tiempo presente y la misma estructura que “En busca del arca perdida”. Acción previa al regreso a la universidad, donde se imparten clases, las chicas admiran al profesor y Marcus (Denholm Elliott) irrumpe con más protagonismo. La clave de la nueva situación es que Indiana empieza a mezclar sus dos identidades –el traje con el sombrero mientras pasea por el campus–, acercándose peligrosamente al oficio de mercenario codicioso que tanto odió en aquel arqueólogo de su juventud.

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La prueba tendrá que ser diferente, que decía al principio, un examen de fe, resuelto en la magnífica escena final del precipicio. Y para poner las cosas en orden Spielberg llama a su inspiración, al primigenio James Bond, y lo coloca como necesaria muleta de un cojo que no quiere reconocer su minusvalía. El Dr. Henry Jones (Connery) se aparta de las secuencias propias de 007 –como la persecución en lancha por el Gran Canal veneciano– y aporta un contenido emocional y cómico muy efectivo –el padre resulta ser tan patoso y reacio a reconocerlo como el hijo–. Las distancias que los separan en sus métodos –violentos en el caso de Indy, pacíficos en el de Connery, como un simple paraguas o tinta de pluma– se acumulan con agudeza hasta un clímax que pretende unirlos sin fisuras. Lástima que Connery declinase su participación en la cuarta entrega y esa unión no fuese perpetua –y aquel duelo que se rumoreó entre el padre de Indiana y un malo malísimo interpretado por Clint Eastwood supuso uno de mis mayores entusiasmos enseguida pisoteados…–.

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Para recuperar el espíritu del original a pesar de estos añadidos, Spielberg no escatimó en localizaciones –otra de mis decepciones fue no encontrar la fachada de la iglesia-biblioteca cuando visité Venecia–, y que fueron filmadas en temporada punta, a prueba de sol y turistas –un calor que condujo a Ford y Connery a rodar la escena del zeppelin sin pantalones–. Para nosotros, la ubicación estelar no es Petra, la bellísima fachada jordana –y que volvía a despertar en Spielberg su pasión por David Lean, quien había rodado allí “Lawrence de Arabia” (1962)–, sino Almería, cuyos secos parajes sirvieron para la persecución en tanque. Otro homenaje explícito se desarrolló en la escapada en moto-sidecar, parecida al último tramo de “La gran evasión” (1963), y en el ataque de un montón de gaviotas que sufre la cabina de una avioneta, con la misma fiereza que el clásico de Hitchcock –aunque en el rodaje se emplearon pájaros falsos de relleno, plumas y palomas blancas–. Una sabia elección tras las plagas de arañas, serpientes y bichos, a las que se suma una de ratas –también mecánicas en los planos que muestran el incendio del subterráneo–.

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¿Deberíamos considerar a los nazis también una plaga? Con sus enormes castillos, maneras egocéntricas y detalles pintorescos, parecen criaturas de Lubitsch a punto de interpretar su trágico –y no por ello menos merecido– destino. La mirada opuesta al realismo taciturno que el director imprimiría en “La lista de Schindler” (1993), ese eficaz ejercicio narrativo y cuestionable, por no decir algo peor, disección moral. Retrospectiva de un tiempo y de un personaje, pasados por el hermoso filtro del hecho a mano, de las maquetas y los trucajes, cuando a Lucas le gustaba acariciar a sus creaciones. Me lo imagino como Indiana, deseoso por alcanzar el grial aunque se deje la vida en ello, y Spielberg tomándolo del brazo a duras penas: «Déjalo ir». ¿Habría sido lo mejor? La respuesta, al margen de los rumores que no dan la cara, en pocos días. Esperemos que no se cumpla la profecía contenida en el diálogo que Indiana y Panama Hat mantienen en “La última cruzada”: «¡Pertenece a un museo!» «¡Tú también!».

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En las imágenes: Fotogramas de “La última cruzada” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 13 Mayo 2008

Siempre he querido toparme con una persona que tenga por favorita de la trilogía de Indiana Jones a “El templo maldito” (1984). Denostada por oscuras razones –tanto como el tono general de la trama, que se achaca como principal causa–, la segunda entrega de tan exitoso hallazgo no se hizo esperar vistos los rápidos resultados de taquilla. El optimismo de Spielberg no había dejado de aumentar desde su siguiente proyecto, “E.T: El extraterrestre” (1982), que confirmó la liquidez de su estilo a la par que regalaba, casi premeditadamente, argumentos a sus detractores para odiarlo con énfasis el resto de su carrera. Pues la culpa de “El templo maldito”, de haberla, no hemos de achacársela al Spielberg que confía en la bondad de los bichos cabezones, y que encima proclama su escasa simpatía hacia esta precuela de “En busca del arca perdida” (1981) –ésta se desarrolla en 1936 y la siguiente en 1935–. Los dardos, hacia George Lucas, en pleno proceso de divorcio y emperrado en ahorrarse un terapeuta –tal vez esté ahí otro origen de sus abultadas cuentas bancarias…– y utilizar sus producciones –ésta y “El retorno del Jedi” (1983)– como expresión de su malestar y del resquemor hacia su ex-mujer en trámites.

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No hay mal que por bien no venga y no hay roto que no arregle un descosido, y después de esta retahíla de sabiduría popular se deduce un logro: el sufrimiento de Lucas propició que otra pareja se uniera, Spielberg y la protagonista de “El templo maldito”, Kate Capshaw –cuyo personaje representa quizá un retrato grueso y malévolo alimentado por Lucas, aunque las críticas que recibió por su supuesto machisto parecen estériles vistas las pretensiones humorísticas del conjunto y el proverbial papel en toda cinta de aventuras que se precie de la chica en apuros. ¿Por qué los gritos de Fay Wray pasan a la Historia y los de Capshaw se tachan de infantiles?–. El otro gran escollo a la hora de que “El templo maldito” conecte con su público es el tercer protagonista: Tapón (Jonathan Ke Quan), un talentoso niño vietnamita que fue escogido en un casting escolar al que acompañaba a su hermano –nuevo consejo: si para triunfar ya especificábamos que hace falta pisar muchas fiestas, también es imprescindible ir de paquete a las pruebas–.

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Las monerías y gesticulaciones del chaval, después corroboradas en “Los Goonies” (1985), provocan el blindaje de muchos espectadores, escépticos ante la idea de que el único e inigualable Indy sea ayudado por un mocoso. Aunque pronto se averigua que el apoyo no le iba a venir mal. Los guionistas Willard Huyck y Gloria Katz –de “American Graffiti” (1973)– rompen el esquema de “En busca del arca perdida” para acercarse más a las estructuras clásicas y al modelo que después sería tan copiado por “La joya del Nilo” (1985) o la saga “The Mummy (La momia)”. La introducción, visiblemente aparatosa y opulenta, respeta la broma de fundir el logotipo de la Paramount con un relieve montañoso que, ¡gong!, da paso a un número musical cien por cien Broadway. Capshaw es Willie –que viene de Willhelmina, que suena a adorable ancianita–, una famosa cabaretera estadounidense que alterna por locales de Shanghai, un esterotipo que hemos visto en muchas otras películas de ambientación oriental.

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Nombre, por cierto, del perro de Spielberg, de igual modo que Tapón (Short Round) era la mascota de los guionistas. Perrerías aparte, la verdadera pasión del director se vislumbra en este capricho formal que, en todo caso, constituye una deliciosa secuencia. Mientras la cámara rinde homenaje a “La calle 42″ (1933), Capshaw canta “Anything goes” entre nubes de “Lluvia de estrellas” y Harrison Ford hace su entrada con estética Bond: chaqueta blanca y clavel en la solapa, negociación con capos malévolos, venenos y artefactos como una mesita rotatoria. El objetivo no es imitar a la imperecedera franquicia de 007, sino dinamitarla enseguida: Indiana vuelve a demostrar su ingenuidad y los géneros se entremezclan –puñetazos para camareras inocentes y botellas de champán que parecen disparos, como en “Ninotchka” (1939) y “El apartamento” (1960)–. A partir de ahí, los tres personajes terminan perdidos en la India por un azar que rige el más disparatado de los argumentos de la trilogía –¿por qué todos los hindúes saben inglés?–, popurrí de ideas descartadas en la película anterior, como la caída en balsa por los rápidos –la menos conseguida de todas– o la persecución en vagonetas de mina.

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Diversos problemas gubernamentales condujeron al equipo a rodar en Sri Lanka, cambio que Spielberg aceptó por otra razón cinéfila: David Lean había ubicado allí mismo “El puente sobre el río Kwai” (1957). El más divertido y exótico de los rodajes dio luz de forma inexplicable a una película siniestra, versión maléfica de “El flautista de Hamelin”. Sin embargo, en perspectiva también me parece que es la entrega que mejor conecta con los niños, aunque mi afirmación pueda sonar a barrabasada –sobre todo teniendo en cuenta que la MPAA creó la calificación PG-13 para esta película–. Tengo de ella los recuerdos más vívidos de mi infancia porque la mezcla de diversión blanca –los escándalos, griteríos y confusiones de Willie– y fascinación por el terror crea una fórmula muy atractiva para miradas primerizas. Así, la acción simula un recorrido por una haunted house de parque de atracciones.

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La habitación de los pinchos –favorita de Spielberg y similar al contenedor de residuos de “Una nueva esperanza” (1977)–, la mina-montaña rusa, el puente colgante y… los bichos. Tras las tarántulas y las culebras tocaba lo más repugnante: cientos de escarabajos, saltamontes gigantes y ciempiés, que son lo más recordado junto con otras cuantas guarrerías antológicas –el banquete de boa sorpresa, sopa de ojos o sesos de mono–. Por si fuera poco, Lucas añade el toque vudú –con un muñeco-Indy que podía haberse sumado al merchandisign– y los rituales gore –antes de “El secreto de la pirámide” (1985)–. El rodaje fue más afortunado y sólo Harrison Ford tuvo que darse de baja por una hernia y Kate Capshaw recibía un golpe en el ojo, origen del famoso moratón que todos los miembros del equipo imitaron con pintura. Es lo que tiene ser cineasta y buscar estrategias para ligarse a la chica, de ahí que el máximo orgullo de Spielberg en “El templo maldito” sea recordar: «Yo le quité la novia a Indiana Jones».

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En las imágenes: En primer lugar, fotografía de rodaje extraída de “”Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. En las siguientes, fotogramas y detalles de “El templo maldito” - Copyright © 1984 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.