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Lunes 16 Junio 2008

Desde aquí hemos reivindicado en otras ocasiones aquellas películas que debían celebrar su aniversario. Ha pasado medio año y la mayoría de las cumpleañeras de este 2008 sigue sin edición de superlujo en dvd ni una mención más que breve en alguna página especializada. Los lujosos estrenos de la temporada pre-Oscar® y la temporada veraniega que ya empieza a lanzar su artillería eclipsan el recuerdo de las películas que en los primeros meses de 1958 llegaban a las carteleras sin sospechar, o quizá sí, de su vigencia tras medio siglo. Cincuenta años de obras maestras como “Vértigo”, de Hitchcock, y “Sed de mal”, de Welles, dos monolitos de dos genios que reinventaron el papel de la cámara y cuyos logros continúan copiándose a destajo en la actualidad. Otros títulos emblemáticos se han visto sin una triste vela, como “El americano tranquilo”, de Mankiewicz, o “Indiscreta”, una maravillosa comedia de Stanley Donen con Ingrid Bergman y Cary Grant, cansados del romanticismo de sus respectivas filmografías.

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“Gigi”, “Los vikingos”, “Buenos días, tristeza”, “La mosca”, “Los hermanos Karamazov”, “Nazarín”, “Brumas de inquietud”, “El pisito” o “El bello Sergio”, cada una de ellas responsable de efectos más o menos imborrables en la memoria del espectador medio. Y más jóvenes, pero igual de frescas –bueno, algunas huelen un poco–, se mantienen las películas estrenadas en 1983, hace veinticinco años: “Videodrome”, “Rebeldes”, “Blue Thunder”, “La balada de Narayama”, “Flashdance”, “Superman III”, “Juegos de guerra”, “El retorno del Jedi”, que comentamos hace unas semanas, o “Octopussy”, la decimotercera entrega oficial de James Bond, que este año coindice con “Quantum of solace”. Por suerte para Daniel Craig, no tiene un rival como sí le sucedió ese año a Roger Moore con Sean Connery y “Nunca digas nunca jamás”. ¿A quién se le ha podido pasar por alto el aniversario de un duelo de esas dimensiones?

En las imágenes: Fotograma de “Sed de mal” - Copyright © 1958 Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “Vértigo” - Copyright © 1958 Alfred J. Hitchcock Productions y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Rebeldes” - Copyright © 1983 Pony Boy y Zoetrope Studios. Todos los derechos reservados.

Jueves 29 Noviembre 2007

A colación del último anuncio de Freixenet, firmado por Martin Scorsese, mi compañera Tònia mencionaba las reminiscencias a Hitchcock y en especial a un actor que enseguida disparó mis antenas repetidoras. Joseph Cotten no sería, de buenas a primeras, el hombre hitchcockiano por excelencia, y en vista de la susodicha campaña publicitaria yo esperaba una reelaboración de “Encadenados” (1946) y el famoso MacGuffin de las botellas de uranio –¿cava radiactivo? Que le guarden la idea a David Cronenberg para el año que viene–. Pues bien, debo reconocer que siento por Cotten una predilección de origen desconocido, aunque seguramente en ello tenga mucho que ver el maestro del suspense y su película favorita, “La sombra de una duda” (1943). Quizá porque se me cruzó en la misma etapa que a Charlie, la sobrina del actor en la ficción, y caí rendida a los pies del otro Charlie, el tío, el malo, el perverso. Cómo no amarlo cuando casi debutó en “Ciudadano Kane” (1941), repitió con Welles en “El cuarto mandamiento” (1942), esa obra enigmática y abrumadora, rescató a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” (1944) y la amó de forma irracional en “Atormentada” (1949).

 

Hizo lo propio con Jennifer Jones en “Jennie” (1948) y “Duelo al sol” (1946) –curiosamente la primera película vista por Scorsese–, y finalmente volvió en ayuda de su amigo Orson en “El tercer hombre” (1949). Le faltaban apostura, expresividad y un tono masculino férreo, pero tras su mirada lánguida y sus medias sonrisas había algo que conseguía definir su relación con el resto de personajes y los problemas ante los que apenas se inmutaba. Sabedor de su papel de segunda fila, protagonista en calidad de secundario, Joseph Cotten pasó desapercibido en los repartos y fue usado de colchón para otros intérpretes –Marilyn Monroe en la infumable “Niágara” (1953) o Joan Fontaine en “Sinfonía otoñal” (1950)–. En su mutismo se encerraba una mitad malévola y otra pacífica que no consigo separar entre sí ni en sus inesperadas apariciones en “Sed de mal” (1958) o “La puerta del cielo” (1980). Momentos de aplauso por un reencuentro inesperado, aunque años después descubriera la obsesión del actor por los payasos, seres a quienes aborrezco desde mi más tierna infancia. Al final no estábamos hechos el uno para el otro, y tuve que ir a despedirle a una estación de tren, adonde volvería alguna vez envuelto en humo negro.

En la imagen: Joseph Cotten amenazando a Teresa Wright en “La sombra de una duda” - Copyright © Skirball Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.