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Martes 3 Junio 2008

El nombre de Susan Sarandon se vincula con rapidez a hechos ajenos al mundo cinematográfico: su apoyo al candidato demócrata Barack Obama, su sólido matrimonio con el actor y director Tim Robbins –ya van dos décadas–, su activismo variopinto no exento de polémica allá en su tierra, como una versión femenina de Sean Penn, su compañero en “Pena de muerte” (1995), la película que le valió el Oscar® –que dice guardar en el baño, qué original– y su rápida asociación al rol de monja benévola y luchadora, después de que Jennifer Jones ganase el primer premio de la Academia por un papel de monja en “La canción de Bernadette” (1943). La formación de sus bases como actriz se remontan a unas décadas atrás, pero muy relacionadas con el personaje mítico de la hermana Helen Prejean, pues Sarandon se preparó como intérprete en la Universidad Católica de Washington D.C. Allí conoció a su primer marido, el también aspirante a actor Chris Sarandon –cuyo apellido mantuvo como nombre artístico, a pesar de que en su acta de nacimiento figure Susan Abigail Tomelin–, quien ha terminado haciendo mucha televisión, aunque el espectador puede recordarlo como el malévolo príncipe Humperdinck de “La princesa prometida” (1987).

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Ambos acudieron a Nueva York para el casting de “Joe, ciudadano americano” (1970), del que Chris se fue de vacío y Susan con un papel protagonista bajo el brazo. Hoy parece una paradoja que la actriz se estrenase con un drama en el que se diseccionaba la fidelidad a las barras y las estrellas, así como la memoria de Vietnam y la repulsión por ciertos nuevos valores estadounidenses, como el movimiento hippie. La jovencita que encarnaba a la hija de Peter Boyle no llamó la atención, y Sarandon, que lucía una apariencia modosa por esta época, continuó cultivándose en cintas menores, a veces junto a estrellas mayores como Sofia Loren en “Mortadela” (1971) o Robert Redford en “El carnaval de las águilas” (1975), o cineastas como Sidney Lumet en “Lovin’ Molly” (1974) o Billy Wilder en “Primera plana” (197). Su pausado avance en el mundillo halló el resorte en la producción menos esperada: un alocado y filogay musical que enseguida adquiere la categoría de film de culto, “The Rocky Horror Picture Show” (1975). Leer más >>

Jueves 10 Enero 2008

El director que rodaba desde las esquinas para revelar en primer plano secretos escondidos –estrategia abiertamente imitada por Wong Kar-Wai, quien transforma el recurso en un tipo de narración gracias a su hermoso díptico “Deseando amar” -“2046″ (2000 y 2004)–, Robert Bresson, creía que robarle a la realidad no era pecado cívico, sino derecho de cineasta. Como sus compañeros de generación, aunque con mayor mesura –también por ello, a veces, menos impactante–, el autor francés tomaba un poco de allí y de allá, un tapete de callejuelas de barrios tristes sobre los que montar la maqueta de su ciudad fílmica ideal: referencias a literatura de altos vuelos, trampas psicológicas, relectura de géneros cinematográficos, escorzos escultóricos y encuadres pictóricos.

La historia corriente, en sus manos, se personalizaba hasta límites dolorosos: para su personaje Michel (Martin La Salle), carterista de poca monta, roba al mismísimo Dostoievski en “Pickpocket” (1959), visión amarga de “Crimen y castigo”, sin el tamiz fatalista del escritor ruso –al fin y al cabo lo de Woody en “Match Point” (2005) no era tan original, aunque bien tejido–. Obra de cita imprescindible para cualquier cinta de ladrones –u otras que no lo son tanto, caso de “Yo te saludo, María” (1985), donde Godard tenía que recoger el talentoso cine de su país, o “American Gigolo” (1980), de cierre similar y nostálgico puesto que Paul Schrader es un confeso admirador de Bresson, e incluso le sirvió de tema para su tesis doctoral–. Es difícil la identificación primaria con este protagonista torpe y desmañado, que toma decisiones erróneas una tras otra mientras obvia lo que nosotros vemos de frente: a la encantadora vecina Jeanne (Marika Green, de asombroso parecido con Natalie Portman), el sentido común de su amigo Jacques (Pierre Leymarie) o la temeridad de sus robos, efectuados sin pericia ni valentía alguna a plena luz.

 

La soledad de Michel le empuja a relacionarse con aquellos que no son como él, es decir, de distinta clase social –acude al hipódromo donde su presencia no pasa desapercibida–, y a interpretar el roce como una forma de apropiarse de lo ajeno. Bresson mantenía unos lazos parecidos con la imagen: acercarse mucho, demasiado, para cazar el defecto o el detalle traicionero del personaje o el extra, cuyos avatares no importan tanto como la línea psicológica y emocional. Al igual que el director, a veces Michel se esconde… pero a la vista de todos, en un apartamento de cerradura inútil; magnífico apunte que descubre la imposibilidad de ocultar secretos, identidades o principios morales. De Michel no podemos fiarnos porque la cámara lo registra de frente, a la misma altura que el resto de las personas, derruyendo esa posición de superioridad que él asume sin motivo. O al menos sólo por sustraer billetes y relojes, mientras iba perdiendo el auténtico valor y el tiempo hasta llegar con los bolsillos vacíos y la mirada ingenua a la cárcel, lugar donde podría aprender a almacenar sentimientos propios y únicos… y quizá, de haber salida, emplearlos como hombre honesto algún día.

En las imágenes: Fotogramas de “Pickpocket” - Copyright © 1959 Compagnie Cinématographique de France. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Noviembre 2007

Separadas por cuarenta años de diferencia y bautizadas con el mismo título original, “La mujer pantera” (1942) y “El beso de la pantera” (1982) no parecen tener nada que ver, y son hermanas, dotadas de otro familiar bastardo — “La maldición de la mujer pantera” (1944)–, que no se reconocen entre sí aunque perciban ciertos parecidos físicos. La primera, un hermosísimo cuento de terror ambiguo y sutil, propiedad de ese maestro de injusta segunda fila que fue Jacques Tourneur. Una obra perfecta sobre el tema, tan peligroso para la época, de una mujer condenada al celibato a pesar de sus impulsos instintivos y sentimentales. ¿Hacía falta una nueva mirada, que corría el peligro de transformar lo que en aquélla era suspense en un alarde de efectos especiales que pronto pasarían de moda?

 

En un principio, no; pero ahí surgió el nombre de Paul Schrader, recién salido de “Toro salvaje” (1980), y el olvidado Malcolm McDowell, y la aplaudida Nastassja Kinski de “Tess” (1979)… ¡si hasta David Bowie ponía música! Por muy descabellado que sonase el proyecto, tenía que nacer algo interesante a la fuerza, y consciente de esa presión a Schrader se le fue un tanto la mano en unas secuencias oníricas cargadas de atmósfera en trance ochentero –lo que Tourneur no pudo mostrar, ya que perdimos para siempre una escena fantasmal que se desarrollaba en una sala de antigüedades egipcias–. Sin embargo, eso puso un toque personal a una película que es más reinterpretación que remake, y que propone una hábil respuesta argumental a las obsesiones inexplicables de la versión de Tourneur.

 

En ambas el sexo y la muerte se muestran como conceptos parejos, aunque en el primer caso conlleve a una inmolación poética y en el segundo a una historia de amor y lazos fraternales más obvia y un poco kitsch. La principal diferencia la marca el rostro de la protagonista, Irena, felino y rebosante de culpa carnal en el caso de Simone Simon, agresivo y perverso bajo los rasgos de Kinski. Una y otra se sirvieron de los mismos métodos para preservar sus emociones y hacer frente, cual panteras asesinas, a quienes iban en su contra. La famosa escena de la piscina se repite con más animo de terror sorpresivo, dejando en evidencia que era cierta la máxima de “Cautivos del mal” (1952): si no podemos enseñar a la mujer pantera sin que el público se mee de risa, escondámosla. El día en que tengamos suficientes recursos como para asustarlo sin abusar de oscuridad, la gente verá al monstruo. Con Schrader ese momento había llegado, pero su efectividad de thriller romántico con toques gore no revelaba nada espectacular porque ya conocíamos a la pantera sin haberla visto: siempre la habíamos intuido en los ojos tristes de Irena.

En las imágenes: Fotograma de “La mujer pantera” - Copyright © 1942 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “El beso de la pantera” - Copyright © 1982 RKO Pictures y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.