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Lunes 16 Junio 2008

Desde aquí hemos reivindicado en otras ocasiones aquellas películas que debían celebrar su aniversario. Ha pasado medio año y la mayoría de las cumpleañeras de este 2008 sigue sin edición de superlujo en dvd ni una mención más que breve en alguna página especializada. Los lujosos estrenos de la temporada pre-Oscar® y la temporada veraniega que ya empieza a lanzar su artillería eclipsan el recuerdo de las películas que en los primeros meses de 1958 llegaban a las carteleras sin sospechar, o quizá sí, de su vigencia tras medio siglo. Cincuenta años de obras maestras como “Vértigo”, de Hitchcock, y “Sed de mal”, de Welles, dos monolitos de dos genios que reinventaron el papel de la cámara y cuyos logros continúan copiándose a destajo en la actualidad. Otros títulos emblemáticos se han visto sin una triste vela, como “El americano tranquilo”, de Mankiewicz, o “Indiscreta”, una maravillosa comedia de Stanley Donen con Ingrid Bergman y Cary Grant, cansados del romanticismo de sus respectivas filmografías.

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“Gigi”, “Los vikingos”, “Buenos días, tristeza”, “La mosca”, “Los hermanos Karamazov”, “Nazarín”, “Brumas de inquietud”, “El pisito” o “El bello Sergio”, cada una de ellas responsable de efectos más o menos imborrables en la memoria del espectador medio. Y más jóvenes, pero igual de frescas –bueno, algunas huelen un poco–, se mantienen las películas estrenadas en 1983, hace veinticinco años: “Videodrome”, “Rebeldes”, “Blue Thunder”, “La balada de Narayama”, “Flashdance”, “Superman III”, “Juegos de guerra”, “El retorno del Jedi”, que comentamos hace unas semanas, o “Octopussy”, la decimotercera entrega oficial de James Bond, que este año coindice con “Quantum of solace”. Por suerte para Daniel Craig, no tiene un rival como sí le sucedió ese año a Roger Moore con Sean Connery y “Nunca digas nunca jamás”. ¿A quién se le ha podido pasar por alto el aniversario de un duelo de esas dimensiones?

En las imágenes: Fotograma de “Sed de mal” - Copyright © 1958 Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “Vértigo” - Copyright © 1958 Alfred J. Hitchcock Productions y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Rebeldes” - Copyright © 1983 Pony Boy y Zoetrope Studios. Todos los derechos reservados.

Viernes 6 Junio 2008

Para definir a Renée Zellweger en “Ella es el partido” (2008), lo último de George Clooney con un obvio aroma clásico, aunque poco nostálgico, se ha recurrido a los nombres de decenas de actrices previas. Y es que la mujer que accede a un puesto de trabajo tradicionalmente masculino, más aún si se trata de la redacción de un periódico, más aún si hablamos de la sección de deportes, revoluciona la batalla de sexos que tanto, y a veces tan bien, ha alimentado a la comedia hollywoodiense de los dorados años cuarenta, aunque la película se ambiente en 1925. El ejemplo paradigmático fue Rosalind Russell, dotada de una apariencia bastante agresiva y poco sofisticada, en “Luna nueva” (1940), donde volvía loco a Cary Grant en el corto tiempo de un día, suficiente para constatar las tensiones del oficio. Años más tarde Billy Wilder rememoría esta aplaudida y ágil cinta de Howard Hawks en “Primera plana” (1974), sólo que ahora el papel de Russell lo interpretaba… Jack Lemmon.

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Pero ese mismo año otra fastuosa comedia, “Historias de Filadelfia” (1940), mostraría el reverso de la reportera vivaracha en la fotógrafa de Ruth Hussey, capaz de pasar desapercibida al convertir su cámara en un discreto bolsito bandolera. Y no todas fueron tan honestas, por competitivas o descreídas, sino que otras damas de buen ver también utilizaron la redacción del periódico para retreparse en el mercado de las exclusivas y, casi siempre, renunciar al éxito por la dignidad de algún implicado. Caso de Jean Arthur en “El secreto de vivir” (1936) o de Barbara Stanwyck en “Juan Nadie” (1941) –para Frank Capra los chupatintas son un leitmotiv constante, descubridores del reverso de una América imperfecta que, paradojas de la vida, podía recibir su justo y esperanzador final–. Unidos o separados por la edición de la mañana, como Charles Foster (Orson Welles) mientras desayunaba con su primera mujer en “Ciudadano Kane” (1941). Katharine Hepburn ya se lo hizo pasar mal a Spencer Tracy antes de los juzgados o el mundo del golf en “La mujer del año” (1942), en la que su matrimonio hacía aguas a costa de la rivalidad periodística. Leer más >>

Lunes 4 Febrero 2008

La última vez no se hizo de rogar. Ya desde el prometedor título se percibía el aroma de una putrefacción emocional en la que sólo se podía caer tras los destrozos de “Jezabel” (1938) y “La carta” (1940). William Wyler había demostrado que sabía ser muy oscuro, y Bette Davis que en rictus malévolos nadie se atrevería a retarla. Apenas un año después de su segunda colaboración, el dúo lanzó un adiós majestuoso con “La loba” (1941), personalmente mi favorita de las tres, y no suena descabellada la posibilidad de que en el microclima relampageante de la película se viesen reflejadas las iras y penas de una pareja en pleno fracaso íntimo. El vacío que la Warner contrajo con la producción previa –o bien un simple pago de deuda, como de forma extra-oficial se comentó– provocó la cesión de la actriz a la RKO, que sería la distribuidora de esta cinta producida por Samuel Goldwyn. O, tal vez, conocedores de la obra teatral que se representaba en Broadway, no deseaban que una historia así diese mala imagen al estudio –y al propio director, que al año siguiente regaló a la MGM la gallina del antibelicismo, “La señora Miniver” (1942)–.

Y es que habría que recuperar el título original –“The little foxes”– y admitir que el personaje de Bette, Regina Giddens, es una zorra de tomo y lomo –con perdón– que arrastra tras las largas colas de sus vestidos la sombra de una nueva clase alta capaz de chantajear, negociar y especular sin que los lazos familiares importen demasiado. La contradicción de Regina es que pretende firmar un contrato millonario para mantener su tren de vida: una apagada existencia de veladas esnobs, looks estropajosos, invitados orondos y cuartos cerrados, sin percatarse de la luz que traen a la lóbrega mansión su hija Alexandra –Teresa Wright debuta y se prepara para futuros trabajos con Wyler, como su suprema obra “Los mejores años de nuestra vida” (1946)– y su marido inválido –de nuevo Herbert Marshall tras “La carta”–, dos ejemplos del sacrificio opuesto al que se dispone la dueña de la casa. Capaz del mejor gesto al servir las copas, Regina se separa de sus máscaras cuando regresa a su hábitat natural, el silencio dominador, ejercido en ese afán escalofriante por limpiar el polvo del antiguo cuarto de su esposo y colocar las cosas en su sitio antes de que vuelva de la ciudad y las zalamerías puedan comprar su valiosa rúbrica.

Mencionábamos con anterioridad a Orson Welles, pues “La loba” bien podría servir como retrato vecinal de los Amberson en “El cuarto mandamiento” (1942), los mismos decorados amplios y asfixiantes, las escaleras con su rol de endeble jerarquización hogareña, próxima a cambiar. La acción apenas se despega de esos interiores que albergan más secretos que sus propios habitantes, y sólo una puerta cerrada da a Regina lo que quiere y a Bette el halago desmedido: el encierro perpetuo en ese ego arquitectónico, una vez que Wyler ya ha construido del todo su trilogía y se despide con un portazo, sin sopesar desde la lejanía el contorno del conjunto. Se trata de una extraña casa, como esas decrépitas mansiones victorianas, en el panorama de la filmografía Wyler, no tanto en la de Bette. Aún así, el miedo a acercarse a ella provocó que de nueve nominaciones a los Oscar® el equipo se fuera de nuevo sin nada. Sin embargo, algún vestigio invisible habían impreso en la industria: poco después John Huston se arrimaba a Bette para rodar el epílogo de este tríptico: “Como ella sola” (1942) es casi una parodia alocada de los personajes de Bette, pues ella solita se atreve a dilapidar fortunas, levantar prometidos, inducir a la muerte o el suicidio, atropellar inocentes y estampar el coche contra un árbol en apenas hora y media. Si las películas de Wyler no fueron suficientes, este compendio garantizó la carrera frenética en el cine de los espíritus pasionales como Bette, aun después de haber alcanzado la mayor gloria y genialidad en los brazos de Wyler, luminosos y cálidos como un día de verano que en su perfección ya anunciaba la inminente tormenta.

En las imágenes: Teresa Wright y Herbert Marshall atrapados entre las dos caras de Bette Davis, y un ejemplo del omnipresente decorado en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Viernes 1 Febrero 2008

Como lo prometido es deuda, es hora de rendir el homenaje debido a ese par de grandes huracanes que, si otrora despertaron huidas en masa, hoy generan la fascinación de las espirales que nacen del escándalo y la ruina. Después de que Bette Davis, esa rubita de belleza extraña contratada por la Warner, fuese la actriz fetiche de Alfred E. Green, Archie Mayo, William Dieterle o Michael Curtiz, 1938 debería ser recordada como fecha determinante: William Wyler se cruza en su vida profesional y, parece ser, también sentimental –que no habría de envidiar en nada a las caóticas pasiones de sus películas juntos, pues él estaba casado–. Arranca así la susodicha trilogía: un crescendo de episodios en los que la maldad, manipulación y aprovechamiento femeninos rozan la cumbre de lo sublime y exasperante. El primer capítulo, sin embargo, como todos los inicios dubitativos, adolece de una finalidad catártica que más adelante la inteligencia de Wyler eliminaría de un plumazo.

Bette conducía a la perdición, nadie sabía muy bien cómo, pero sus esquivos propósitos siempre daban resultados, de modo que nadie deseaba redimirla en papeles de niña buena enloquecida por las circunstancias –o al menos sólo le ofrecerían este premio en el último tramo de su carrera, como tan bien supo recuperarla Robert Aldrich–. Unos rasgos parecidos dibujan la psique de Julie Marsden, una muchachita malcriada de Louisiana que no entiende la diversión sin fastidiar o poner al límite a los demás. El principal afectado es su elegante y rico prometido, Preston Dillard –Henry Fonda interpretando el rol opuesto al de otro melodrama de época de Wyler, “La heredera” (1949)–, a quien un baile público y una atrevida elección estética –las solteras virginales a punto de casarse han de lucir el consabido vestido blanco y no el rojo que escoge Julie a última hora– lo disuaden de mantener el lazo afectivo y social con la dama. Lo que para otra habría sido llanto y futuro célibe, para Julie supone el nacimiento de una Jezabel retorcida que actúa en los inofensivos salones de té tras afilar el escote y la agudeza de una conversación masculina.

 

Mientras Wyler domina la puesta en escena, barroca y profunda –anticipándose a Orson Welles–, y controla la rigidez de los secundarios que representan la solidez del ideario conservador, Bette desata su furia interpretativa para oponerse, en fondo y forma, a todo lo que rodea sus planos. El director empezaba de esta manera su ciclo de odas a la mujer libre e independiente, o quizá cantos exclusivos al dominio de la actriz, pero que en vez de llevarse bien con los hombres –caso de Katharine Hepburn– canalizaba la represión sufrida por su sexo en un odio irracional que podía esconder un amor profundo e insatisfecho… o nada. El hechizo de estas mansiones decadentes y sus figurines a punto de llevárselos el viento halla un punto de anclaje en los ojos de Bette, inquietantes en su mundo de ramilletes y bordados, cubiertos por una gruesa capa que, tal es el caso, acabaría rompiéndose, pero Wyler no fue tan generoso en ocasiones posteriores… La película se resintió del fastuoso éxito de “Lo que el viento se llevó” (1939), cuya heroína no menos pérfida ajusticiada por el mazazo de la Guerra de Secesión oscureció el recuerdo entre público y crítica de este primer acercamiento temático –aún así ganador de sendos Oscar® a Mejor Actriz principal y secundaria, para Fay Bainter–. Y es que si Victor Fleming incendió Atlanta, tal vez fue a causa de las chispas que saltaron desde los sets en los que habían trabajado Wyler y Bette.

En las imágenes: William Wyler y Bette Davis en una pausa del rodaje de “Jezabel” - Copyright © 1938 Hulton Archive/Getty Images. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “Jezabel” - Copyright © 1938 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 22 Enero 2008

Cuando los platos destacados no provocan más que tímidos bostezos entre los comensales, al cocinero ya ni se le ocurre servir los aperitivos modestos y estará pensando en inmolarse por su fracaso, a lo Vatel. Vista la escasa repercusión cinematográfica de “Los tres mosqueteros” y “El conde de Monte Cristo”, las adaptaciones de novelas secundarias en el repertorio de Alexandre Dumas tampoco se han prodigado en número allende los mares, donde reina el título reconocible y el arquetipo identificable. Aunque la nacionalidad del escritor y la del cineasta que mejor lo ha leído no tienen por qué ser directamente proporcionales, en este caso tuvo que ser un francés, Patrice Chéreau, quien hiciera honor al tono dumasiano con “La reina Margot” (1994) –escrito ya adaptado en 1954 por Jean Dréville con Jeanne Moreau como protagonista–.

 

Inmersa en un metraje holgado que le hace honor, de ésos que causan escalofríos en los responsables de precipitados resúmenes hollywoodienses, esta historia de raíces reales, complots políticos determinados por la inclinación religiosa y distantes ambientaciones renacentistas, es un tapiz de obvios matices europeos, maravillosamente interpretada por Isabelle Adjani bajo la corona real, Daniel Auteil, Vincent Perez… ¡y hasta Miguel Bosé! Ejemplo –bastante repetido hoy en día– de cómo el continente es capaz de responder al imperio norteamericano con producciones de enorme calado técnico y artístico, casi siempre circunscritas a una tradición que se restriega contra la limitada Historia de los Estados Unidos –sin ir más lejos, el díptico de Shekhar Kapur sobre la reina inglesa “Elizabeth” (1998)–. Antes de este hito, un saco repleto de mediocres adaptaciones para la gran pantalla o para series más o menos alargadas sobre las novelas “Los amores de Lady Hamilton”, “El tulipán negro” –que tuvo una versión en 1964 con Alain Delon–, “Joseph Balsamo: Memorias de un médico” –versionada en “Cagliostro” (1949), donde aparecía Orson Welles–, “El caballero de Harmental”, “Los Mohicanos de París”, “La dama de Monsoreau” o “El caballero de la Casa Roja”; u obras de teatro como “Kean” o “La torre de Nesle” –que dirigió Abel Gance en 1955–.

 

Un apellido habitual en este recorrido, Fairbanks, si bien Jr., protagonizó en un doble papel –adelantándose a Leonardo DiCaprio– “Justicia corsa” (1941), basada en “Los hermanos Corsos”, en un arranque de conservación del espíritu paterno. Los demás nombres y acercamientos a la obra del autor francés se pierden en las brumas y ruidos visuales del protocine, aunque aún despunten estrellas como la arcana Theda Bara, encarnando a “Madame Du Barry” (1917). Testamento escueto para tan inmensa fortuna, si bien tendríamos que valorar igualmente los coletazos de Alexandre Dumas… hijo, y el impacto de “La dama de las camelias”, que tanta gracia y dolor ha provocado en el cine –desde “Margarita Gautier” (1936), importante por la portentosa interpretación de la Garbo en manos de un director de mujeres como Cukor, hasta un experimento tan disímil con el XIX como “Moulin Rouge” (2001)–. En el fondo, con tanta variopinta alternativa, si uno no se contenta es porque no quiere.

En las imágenes: Fotogramas de “La reina Margot” - Copyright © 1994 Renn Productions, France 2 Cinéma, D.A. Films, N.E.F. Filmproduktion und Vertriebs GmbH, Degeto Film, ARD, WMG Film, RCS Films & TV, Centre National de la Cinématographie (CNC), Canal+, Miramax Films y Eurimages.  Todos los derechos reservados. “La reina Margot” - Copyright © 1954 Lux Compagnie Cinématographique de France, Films Vêndome y Lux Films. Todos los derechos reservados. “El tulipán negro” - Copyright © 1964 Flora Films, Mizar Films, Méditerranée Cinéma y Ágata Films. Todos los derechos reservados. “Madame Du Barry” - Copyright © 1917 Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Miércoles 19 Diciembre 2007

Ayer cayó la primera nieve de diciembre y eso me hizo recordar el solsticio de invierno, la temida Navidad que sólo parece blanca en los anuncios y… a Carol Reed. No me refiero a su archifamosa “El tercer hombre” (1949), poco apropiada para las programaciones de estas fechas, sino a aquélla que serviría de prueba para todos los que acusan al director de inutilidad funcional. ¿Rodó la mayor parte de las escenas Orson Welles? La galería de angulaciones extremas e iluminación expresionista parecen confirmarlo, pero si recuperamos “Larga es la noche” (1947), anterior a dicha película y a la acción de Welles, las señas de identidad de Carol Reed ya se habían perfilado. La inconveniencia de comparar ambas películas subyace en que la confianza narrativa depositada en un montaje y planificación osadas carecería de coherencia cinematográfica. ¿Un capricho de Reed el alardear con la cámara como toque descriptivo de cada historia?

Sin embargo, y a pesar del valor indiscutible de “El tercer hombre”, ésta producción me resulta más cercana a su verdadera identidad, incluso una impremeditada visión complementaria del guión de Graham Greene. “Larga es la noche” narra la huida nocturna de un miembro de un grupo clandestino en Belfast (James Mason), perseguido por la policía. Su recorrido de callejuelas y escondrijos urbanos nos sitúa en el punto de vista de aquel Orson Welles escondido en las alcantarillas de “El tercer hombre”… y quizá también tras el objetivo. Si en ésta la culpa constituía una revelación dolorosa para Joseph Cotten, en el caso del nacionalista irlandés lo acompaña como una herida –física y emocional–, sin vueltas de tuerca, giros argumentales ni dobleces morales. El resguardo en los bajos fondos supone para el protagonista un retroceso al pasado, gracias al cual puede purgar la suciedad de su conciencia hasta encontrar cosas bellas donde sólo había desesperanza: unos niños jugando o una pareja furtiva.

Persiguiendo la libertad descubrió la cárcel en la que se pudrían sus buenas intenciones, enrejadas de remordimientos. Y como en el conflicto pesa más lo humano y lo particular –la venganza, el amor– que lo colectivo, el activista cae porque necesita caer, rendirse ante sus actos viles disfrazados de ideología para no volver a cometerlos nunca. Quizá resulte un poco evidente el paseo noctámbulo de un hombre perseguido por su sombra, proyectada en las paredes como una externalización de sus miedos y arrepentimientos. Esa facilidad visual no reduce la belleza de un camino inverso que todo ser humano acomete en algún momento de su vida, como este thriller tocado por otros palos genéricos, de apariencia fría y contenido trémulo. Ah, sí, y la nieve. “Larga es la noche” no desea felices fiestas, pero regala una de las nevadas más poéticas de la pantalla –¿influida por “Los violentos años veinte” (1939)?–. El fin natural de un recorrido oscuro, el manto espontáneo que cubre la derrota del hombre transformándola en victoria. Porque cuando la nieve lo oculta todo sólo queda el silencio, ese gran lienzo en blanco sobre el que todo es posible.

En las imágenes: Fotogramas de “Larga es la noche” - Copyright © 1947 Two Cities Films. Todos los derechos reservados.

Martes 18 Diciembre 2007

David W. Griffith, Sergei M. Eisenstein y Orson Welles copan con tradicional soltura los índices de cualquier manual de la Historia del Cine. Pero, ¿y si el convencionalismo editorial estuviese obviando importantes figuras cuyos apellidos nos suenan a ciudadanos corrientes? Conocemos los prodigios de aquellos que alcanzaron el éxito e hicieron famosas sus películas. En ese merecido imperio, ¿cuál es el espacio reservado a los que nunca encontraron su oportunidad? ¿Cuántos Griffith, Welles, Eisenstein e individuos superiores a los tres se habrán perdido para siempre en la memoria privada de alguna familia escéptica? Colin McKenzie fue uno de estos cineastas abocados al fracaso y el olvido, al nacimiento y la muerte en las circunstancias menos memorables de las biografías superventas.

Aunque renombrados estudiosos del séptimo arte han reivindicado su categoría artística, McKenzie continúa siendo un John Doe para las masas, quizá por interés industrial, quizá por el respeto cuadriculado al constructo histórico, quizá por su lejana nacionalidad neozelandesa… Precisamente un compatriota suyo, Peter Jackson, recuperó los archivos perdidos de los experimentos McKenzie antes de los años 30 en el documental “La verdadera Historia del Cine” (1995), o más poético su título original: “Forgotten silver”. La época en que un nuevo modo de expresión balbuceaba y las películas se engarzaban en nitrato de plata como auténticas joyas en bruto, un día apiladas a su suerte en cualquier baúl hasta que las generaciones futuras descubriesen el valor de la herencia marchita.

Colin McKenzie enterró su propia obra, consciente de que ésta no vería la luz, al menos, estando él vivo. Sólo rozaría la fama tras su muerte, al no existir, al transformarse en ser de ficción, como sus personajes de la inconclusa “Salomé”. A nuestros ojos modernos, habituados a la fanfarria visual, su vida parece una novela de Dumas, el argumento increíble de una producción hollywoodiense… En realidad todo eso es puro silencio, vacío histórico, el imposible olvido de lo desconocido, que Peter Jackson intenta recuperar insuflándole un hálito que nunca acompañó al susodicho director. Una vida que alimenta a la esencia cinematográfica, una película que ofrece a partir de ello vida artificial… ¿No hay mejor segunda oportunidad para alguien borrado, de quien nunca conocimos su nombre, ni fue famoso y, por ende, real, que vivir y morir de nuevo en el cine? Entonces… ¿por qué nadie habla de Colin McKenzie?

En las imágenes: Fotogramas de “La verdadera Historia del cine” - Copyright © 1995 New Zealand Film Commission, New Zealand On Air y WingNut Films. Todos los derechos reservados.

Jueves 29 Noviembre 2007

A colación del último anuncio de Freixenet, firmado por Martin Scorsese, mi compañera Tònia mencionaba las reminiscencias a Hitchcock y en especial a un actor que enseguida disparó mis antenas repetidoras. Joseph Cotten no sería, de buenas a primeras, el hombre hitchcockiano por excelencia, y en vista de la susodicha campaña publicitaria yo esperaba una reelaboración de “Encadenados” (1946) y el famoso MacGuffin de las botellas de uranio –¿cava radiactivo? Que le guarden la idea a David Cronenberg para el año que viene–. Pues bien, debo reconocer que siento por Cotten una predilección de origen desconocido, aunque seguramente en ello tenga mucho que ver el maestro del suspense y su película favorita, “La sombra de una duda” (1943). Quizá porque se me cruzó en la misma etapa que a Charlie, la sobrina del actor en la ficción, y caí rendida a los pies del otro Charlie, el tío, el malo, el perverso. Cómo no amarlo cuando casi debutó en “Ciudadano Kane” (1941), repitió con Welles en “El cuarto mandamiento” (1942), esa obra enigmática y abrumadora, rescató a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” (1944) y la amó de forma irracional en “Atormentada” (1949).

 

Hizo lo propio con Jennifer Jones en “Jennie” (1948) y “Duelo al sol” (1946) –curiosamente la primera película vista por Scorsese–, y finalmente volvió en ayuda de su amigo Orson en “El tercer hombre” (1949). Le faltaban apostura, expresividad y un tono masculino férreo, pero tras su mirada lánguida y sus medias sonrisas había algo que conseguía definir su relación con el resto de personajes y los problemas ante los que apenas se inmutaba. Sabedor de su papel de segunda fila, protagonista en calidad de secundario, Joseph Cotten pasó desapercibido en los repartos y fue usado de colchón para otros intérpretes –Marilyn Monroe en la infumable “Niágara” (1953) o Joan Fontaine en “Sinfonía otoñal” (1950)–. En su mutismo se encerraba una mitad malévola y otra pacífica que no consigo separar entre sí ni en sus inesperadas apariciones en “Sed de mal” (1958) o “La puerta del cielo” (1980). Momentos de aplauso por un reencuentro inesperado, aunque años después descubriera la obsesión del actor por los payasos, seres a quienes aborrezco desde mi más tierna infancia. Al final no estábamos hechos el uno para el otro, y tuve que ir a despedirle a una estación de tren, adonde volvería alguna vez envuelto en humo negro.

En la imagen: Joseph Cotten amenazando a Teresa Wright en “La sombra de una duda” - Copyright © Skirball Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.