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Viernes 4 Julio 2008

Cualquiera podría adivinar enseguida, a través de las imágenes promocionadas, las frases de advertencia y la usanza argumental del director Michael Haneke, que los protagonistas de “Funny games” (1997) no salen muy bien parados. No será un misterio, pues, desvelar que en el centro de la película destaca un plano fijo de una pantalla recorrida por chorretes de sangre mientras reproduce una inocente persecución automovilística. Doble espectáculo, adrenalínico y peligroso, la obviedad y la acción que demanda el público enfocadas por la cámara, la misma que deja fuera de campo el verdadero drama, con más burlesco humor negro que piedad visual. Tras él, en un encuadre estático de diez minutos de duración —recurso habitual de Haneke, que pone a prueba, por fondo y continente, la paciencia de un espectador que confunde aburrimiento e incomodidad—, destaca que la madre (Susanne Lothar), en vez de estallar en gritos por su hijo muerto, se arrastre a duras penas hasta el televisor para apagarlo.

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¿Necesitaríamos el ruido de fondo para hacer más llevadero el shock de la escena? ¿Nos molesta el silencio porque ya no hay rugidos de motor en un tercer plano sonoro o porque se oye demasiado en él —y no sólo los sollozos de Ulrich Mühe—? En cierto sentido, una escena de liberación según los cánones del thriller clásico —o de semi-respiro antes de la traca final, otro rasgo pionero en el suspense— pasa a convertirse en un momento de duda. Los dos jóvenes —¿psicópatas, enviados celestiales o infernales, empleados de una institución de buenos modales?—, interpretados por Arno Frisch y Frank Giering, han reiterado a lo largo del metraje previo que la narración posee dos puntos de vista: los buenos y los malos —y que se trata de un constructo fílmico sujeto a estúpidas normas que ahora sirven para estropear la trama en lugar de sustentarla, según nuestra educación audiovisual—. Leer más >>

Martes 1 Julio 2008

Gran parte de las trilogías concebidas para el cine —a excepción de aquéllas inspiradas por referentes literarios o historias desestructuradas previas— no son tales. Algún estudioso, sujeto a la tendencia tan humana de etiquetar todas las cosas, vislumbró el nombre perfecto con que arrejuntar unas cuantas películas del mismo director, o bien éste se dio cuenta de la redundancia sistemática en ciertos temas de su obra —repetición a palo seco y ajo duro, si prefiere denominarse así—. Pocos cineastas se arriesgan a proclamar un proyecto triple de futuro, en especial los conceptuales como Michael Haneke, que enseguida pueden perder la financiación que a ojos cerrados firman los estudios cuando se trata de príncipes míticos, animales parlantes o héroes con doble vida. Hasta el momento en que el director austriaco decida suicidarse intelectualmente, ninguna de esas criaturas poblarán sus trilogías, eso sí, manifiestas desde la primera entrega.

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A diferencia de otros que se quedaron en el camino —el ejemplo más reciente es Lars von Trier y su inacabada trilogía USA, a falta de “Wasington”—, Haneke completó su serie sobre la progresiva glaciación emocional de Austria, su país natal. La primera entrega, “El séptimo continente” (1989), le sirve al director para acuñar el término, no sin poca pretensión —recordemos que se trata de su debut en la gran pantalla—, y abrir boca para dejar la mandíbula desencajada ante la brutalidad epidérmica de sus imágenes. En apariencia, tampoco ocurre nada grave con el matrimonio de Georg (Dieter Berner) y Anna (Birgit Doll), al menos hasta que su hija Eva (Leni Tanzer) finge una ceguera, anticipándose a la catástrofe simbólica de la novela del escritor portugués José Saramago. Un ciego por otros dos. Pero, lo que fácilmente pudiera asirse como una metáfora corriente, Haneke lo transforma en un relato negro corroído por amenazas psicológicas nunca explícitas. Leer más >>

Lunes 30 Junio 2008

Lo más obvio que podría afirmarse respecto de Michael Haneke a estas alturas es que desagrada y perturba. El error que se comete al dejar caer tranquilamente —o con horror mal disimulado, cosa que sin embargo a él le haría mucha gracia— dicha aseveración fundamenta las sospechas que han alimentado la filmografía de este director autriaco. El desagrado y la perturbación las extrapolan espectadores acomodados a las películas que tienen enfrente o al autor que las ideó inspirándose, sin duda, en las fobias y alergias sociales que padece ese mismo público, entrenado en las pistas de la hipocresía. También constituiría una falacia señalar que Haneke es el único director contemporáneo, al menos europeo, capaz de mostrar la realidad más hiriente desde una pantalla desnuda. Con un poco de memoria o simple repaso de la cartelera reciente veríamos que el consumo de imágenes horripilantes extraídas de la realidad —o tamizadas por la hipérbole, lo cual reafirma aún más nuestra capacidad de aguante visual— no es algo infrecuente.

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Más bien al contrario: se paga con dinero y tiempo de esos cortos y preciosos fines de semana para conocer con pelos y señales secuestros, maltratos, injusticias callejeras, puñaladas, violaciones, diálogos banales, amputaciones, torturas, deformaciones físicas. Entonces Haneke —sin insinuar con esto que haya sido y sea el único en hacerlo— voltea la diana y muestra al monstruo latente tras esa máscara de repulsión que, a la par, disfruta con ella. Tal vez sea el castigo por nuestra apacible vida, otra obviedad en la que no conviene insistir. Los personajes de su cine, burgueses y anónimos, odiosamente normales y normalmente odiosos, también viven secuestros, torturas, amputaciones, maltratos, diálogos banales. Y ese ataque satírico, que marca con la pausa impedida por el medio televisivo —y a veces favorecida por él mismo, como es el caso del rewind de “Funny games” (1997)—, despierta la incomodidad de un espectador acostumbrado a los puñetazos en el estómago, pero no a la acidez. Leer más >>