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Miércoles 7 Mayo 2008

Desde hace unos años, el prestigioso Festival de Cannes dedica una sección específica, la Cannes Classics, a la recuperación de películas míticas sometidas a un buen lavado de cara, a fin de no desentonar en el clamoroso evento –a pesar de ser uno de los actos paralelos dentro del certamen más discretos, puesto que ni desfilan estrellas ni las cintas en sí interesan a la mayor parte de los periodistas–. Para este año, del 14 al 25 de mayo, la organización del festival ha centrado su homenaje en el centésimo cumpleaños del director portugués Manoel de Oliveira, de quien proyectará su debut “Douro, faina fluvial” (1931), una pequeña pieza documental. Pero la que se anuncia como joya de la corona es “Lola Montes” (1955), el colorista drama romántico de Max Ophüls, convenientemente restaurado y remasterizado para la ocasión. Esta extraña película en la filmografía del cineasta alemán, inspirada en la auténtica amante de Luis II de Baviera o el pianista Liszt, propone un interesante acercamiento al mundo del technicolor, aunque la muerte del director interrumpió esta nueva línea creativa –hasta este rodaje siempre había trabajado en blanco y negro, tanto estética como emocionalmente; recuerden “Carta de una desconocida” (1948) o “La ronda” (1950)–.

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Junto a este reestreno, anunciado a bombo y platillo por la Cinemateca Francesa, cuyo laboratorio se ha encargado de la limpieza, engrosan el cartel de clásicos recuperados –entre lo rarísimo y lo comercial, como toda tendencia festivalera“Orfeo” (1950), de Jean Cocteau, “Santa sangre” (1989), de Jodorowsky, “Guide” (1965), de Viyaj Anand, o “Fingers” (1978), de James Toback, entre otros, amén de una retrospectiva para la Warner“Harry el sucio” (1971) o “Bonnie y Clyde” (1967)–, una selección realizada por la World Cinema Foundation, presidida por Scorsese, sobre cinematografías minoritarias –“Hanyo” (1960), de Kim Ki-young, o “Susuz yaz” (1964), de Metin Erksan–. La semana también supondrá la celebración del centenario de David Lean, nacido en 1908 –“La vida manda” (1944) o “Amigos apasionados” (1949)– y el pase de películas previstas para el certamen de 1968, y que se vieron abortadas por los sucesos estudiantiles de mayo –“24 horas de la vida de una mujer”, de Dominique Delouch, “Peppermint Frappé”, de Carlos Saura,  o “13 días en Francia”, de Claude Lelouch–. Una oportunidad única para ver en pantalla grande una variada selección que ocupará el Palais, el Cinéma de la Plage y La Licorne Theater. Si a alguien le sobran entradas, que circulen…

En la imagen: Fotograma de “Lola Montes” - Copyright © 1955 Florida Films, Gamma Film, Oska-Film GmbH y Union-Film GmbH. Todos los derechos reservados.

Domingo 20 Enero 2008

Seguramente “Elegía de Naniwa” no será su título más logrado ni esté a la altura de “Cuentos de la luna pálida” o “El intendente Sansho”, pero hablar del japonés Kenji Mizoguchi siempre es hablar de cine imperecedero, de poesía fílmica y de humanismo que trasciende tiempos y fronteras. En especial, sus películas han sabido adentrarse en el mundo femenino y recoger toda la capacidad de sacrificio y generosidad de unas mujeres heroicas, que afrontaron el reto de superar la sumisión tradicional nipona y adaptarse a los nuevos aires de modernidad. Aquí nos presenta a Ayako, una joven telefonista que sacrifica su amor, su trabajo y su honor para conseguir el dinero que salve de la cárcel a su padre —después de un desfalco en la empresa y de entregarse al alcohol— y que permita a su hermano licenciarse. Agobiada por su responsabilidad, cede a las pretensiones deshonestas de su jefe y también de un corredor de bolsa, para después —necesitada de paz para el alma— arrepentirse y pedir perdón a su novio. Pero la sociedad no está preparada para gestos tan nobles, tan discretos, tan elevados… y obtiene como “premio” el deshonor público y el rechazo familiar.

Exquisito cine social para un país que pasó abruptamente del feudalismo a la modernidad, y sentida elegía hacia una sensible e incomprendida mujer, traicionada y leal en su silencio, abandonada como “un perro callejero y delincuente” por unos hombres prepotentes y egoístas, cobardes y mezquinos, que no ven lo que tienen delante y son incapaces de agradecer lo que no se explicite. Cine que retrata el alma femenina como quizá sólo Max Ophüls lo haya hecho —sería muy interesante un estudio comparativo entre ambos—, con un fondo conmovedor y trágico que se hace más duro aún por la sutileza con que es tratado: basta ver la secuencia final, con Ayako sola y desesperada atravesando el puente entre la niebla nocturna, para sentir compasión por un personaje tan humano y delicado. Un estilo que combina el plano fijo con largos planos-secuencia —otra similitud con el gran maestro vienés—, y que acerca al espectador a unos personajes atribulados pero dignos de ser llorados y amados —definición de “elegía”—, tanto como el artista que les dio vida y que responde al nombre de Kenji Mizoguchi.

En la imagen: Fotograma de “Elegía de Naniwa” - Copyright © 1936 Daiichi Eiga. Todos los derechos reservados.