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Domingo 27 Abril 2008

Esta retrospectiva acaba de romper el criterio cronológico. Tampoco pasa nada grave porque, con sólo cuatro películas en su haber, resulta fácil reubicarse en la filmografía de Jean Vigo. Y he prescindido de la linealidad acostumbrada porque el documentalismo mágico-realista de “A propósito de Niza” (1930) merece compararse con una ficción, la de “Cero en conducta” (1933). Para quienes prefieran tener los cabos en orden, decir que entre ambos rodajes el director francés firmó “Taris” (1931), un documental ambientado en el mundo de la natación profesional, y que abordaré cuando toque seguir la forma de la onda, es decir, pasar en sentido inverso de la ficción a la realidad. Lo curioso es que “Cero en conducta” tendría mucho más de creíble que los documentales mencionados. La denuncia de la opresión burocrática y de la jerarquización social abre hondas fisuras en esta corta fábula sobre unos niños internados en una escuela. En poco más de cuarenta minutos –pero en Vigo la densidad no se mide en términos temporales– el cineasta –llamémosle así ya, pues tampoco es mensurable la condición artística por el grosor del currículum– regala un divertido y acerado cuaderno infantil, lleno de recuerdos y manchurrones de tinta.

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Los toques surrealistas de “A propósito de Niza” se intensifican –un director enano, escenas sin motivo para la trama, ralentizaciones preciosistas–, como se diluye una crítica camuflada entre los rasgos de un relato donde la ilusión vence al rigor –muchos años antes de que “Los chicos del coro” (2004) cantasen, estos niños provincianos se rebelaron contra los tutores con sus jugarretas, sus almohadones de plumas y sus tonadillas–. Vigo demostraba sin los ambages de su debut el amor que sentía por la representación cinematográfica, capaz de contener referencias a sí misma como un círculo –o un cero– interminable –el profesor que imita a Chaplin en el recreo–. No resulta extraño que Truffaut recurriese a trucos de esta película para su oda a la convulsión juvenil de los sesenta, “Los cuatrocientos golpes” (1959) –la escena de la clase de gimnasia contenida en el paseo de “Cero en conducta”–. La infancia del director y guionista en un internado de Millau se reflejó en este panfleto de «solución revolucionaria» gracias a que supo buscar la manera de romper la cuadratura del cero. Ojalá todos los alumnos díscolos reservasen una bofetada así de contundente y poética para sus desconfiados mayores.

En la imagen: Fotograma de “Cero en conducta” - Copyright © 1933 Argui-Film. Todos los derechos reservados.

Lunes 19 Noviembre 2007

Corre, corre, corre. La máxima de los años setenta, de las nuevas corrientes deseosas por desprenderse de los árbitros clásicos y pétreos en sus puestos, desconocedores de las posibilidades que encierra el horizonte. El nuevo cine es un corredor de maratón, desprecia el trabajo de equipo, prefiere malgastar zapatillas antes que pasear por veredas blandas, es un solitario. Y, sin embargo, “Marathon man” (1976) transita la misma estela que la de sus creadores. Al modo del joven rebelde que quería equiparar la sedición espontánea con un cambio efímero –“La soledad del corredor de fondo” (1962)–, la película de John Schlesinger también cree estar rompiendo la verja cuando en realidad apenas puede introducir sus dedos en ella.

 

Cuando la película se abre con una persecución automovilística entre un judío y un nazi que termina en choque mortífero, está resumiendo su propio espíritu: nada ha cambiado y nosotros, forzosamente identificados con Levy, el estudiante aficionado a la maratón (Dustin Hoffman), seguimos corriendo en un trayecto circular que, de manera histórica, social y personal, no lleva a ningún lado. No es casualidad que por ese motivo la carrera de Levy se filme de manera que sólo lo veamos de perfil o de frente, sin que se materialice el camino por recorrer, el futuro –reminiscencias de “Los 400 golpes” (1959), por otra parte–. El suspense, además, heredaba estrategias de películas precedentes con una nueva perspectiva que borraba la idea del plagio: el enorme entramado de columnas a la salida de la ópera, muy parecido al del final de “Charada” (1963), o la pelota que surge de la oscuridad en esa misma escena, como “M, el vampiro de Dusseldorf” (1931).

 

Y, al igual que esos otros dos éxitos, aderezada con un toque provocativo: si por algo se recuerda la película es por la tortura dental a la que es sometido Levy, una escena que subraya otra artera baza: los actores. Y en verdad, antes de que sucumbiese a la fiebre de los premios por su Oscar más facilón en “Rain man” (1988), Hoffman ofrecía férreas interpretaciones que nada tenían que envidiar a la colosal presencia de sir Laurence Olivier, al que se rescató del retiro como gancho clásico y como provocación al ofrecerle el papel de un nazi. Al final Levy ya no corre, ¿para qué hacerlo? Por primera vez lo vemos avanzar de espaldas hacia el horizonte. Pero ahora ya no hay fuerzas y sólo se puede caminar con lentitud, volviéndose cada vez más pequeño y olvidable.

En las imágenes: Fotogramas de “Marathon Man” - Copyright © 1976 Gelderse Maatschappij N.V. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.