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Martes 26 Febrero 2008

Ahora que el veterano Andrzej Wajda acaba de estrenar “Katyn” en la Berlinale, no está de más recordar su primera obra maestra, “Cenizas y diamantes”. Un título que habla de ese hallazgo que es el amor, auténtico diamante, encontrado y sepultado a la vez entre las cenizas de la guerra. Es la Polonia de 1945, donde la resistencia que había protagonizado el “levantamiento” contra el poder nazi tiene ahora que hacer frente a la invasión soviética. El joven Maciek y su grupo han fallado en su ataque terrorista contra un miembro del partido, y organizan un segundo intento de asesinato. Pero el amor se cruza en la vida del joven idealista cuando conoce a Krystyna en la barra del bar. Entonces estalla el conflicto sentimental entre el deber patriótico y la vida personal, como antes se había dado en el mismo líder comunista que un día abandonó a su hijo huyendo a Moscú y que ahora, cuando vuelve, se lo encuentra integrado en uno de los grupos de la resistencia.

Es la historia de Polonia, siempre invadida y a merced de los caprichos y abusos de sus vecinos. Una realidad histórico-social que su cine se ha preocupado por reflejar, y de la que esta cinta de Wajda es buena muestra. Cine muy enraizado en el momento histórico y que ha servido de cauce para denunciar una situación de falta de libertad con la valentía e inteligencia necesarias para driblar la censura política. Y también un cine en que se nos muestra un Wajda que se adelanta a las nueva olas que están a punto de surgir en Europa. Resulta inevitable la conexión de esta película de 1958 con “Al final de la escapada” (1960) de Godard y con “Hiroshima, mon amour” (1960) de Resnais, dos de las cintas que anunciaron la Nouvelle Vague francesa: ese travelling que sigue a un protagonista que huye mientras es tiroteado o esa escena en claroscuro en que la pareja de enamorados parece amenazada por un futuro de melancolía y destrucción, hablan de unas afinidades que sólo los grandes artistas aciertan a recoger y plasmar sobre el celuloide.

En la imagen: Fotogramas de “Cenizas y diamantes” - Copyright © 1958 Zespól Filmowy “Kadr”. Todos los derechos reservados.

Lunes 3 Diciembre 2007

Cuando el cine creía haber sentenciado todo lo repudiable acerca de la Segunda Guerra Mundial, dos franceses se atrevieron a seguir explorando esas ruinas olvidadas en el extrarradio, en alguna ciudad del Chugoku. Hiroshima siempre ha sido un motivo cinematográfico más recurrido frente a su hermana en desgracia Nagasaki, un memorial de vergüenza que pocas veces, como consiguió Alain Resnais, se ha unido a la destrucción atómica del hombre. Más allá de las secuelas físicas y medioambientales, que la película refleja en el recorrido crudo y fotográfico a modo de arranque, desprovisto de cualquier mirada tímida al desembarazarse de lo sentimental y lo políticamente correcto, “Hiroshima mon amour” (1959) contiene la paradoja de su título: el honorable, pero efímero, intento por arrancar los mejores valores de un ambiente destruido.

 

A través de la platónica relación entre una mujer francesa (Emmanuelle Riva) y un hombre japonés (Eiji Okada), desconocidos de noche que acaban descubriendo demasiado de sí mismos durante el día, afloran amores del pasado dinamitados con la misma crueldad que las vidas sesgadas a causa de la bomba. No es un tratado histórico sobre dicha explosión, ni un discurso solidario acerca de los japoneses, sino el frágil murmullo de cualquier víctima que ha perdido la voz. ¿Es necesario el olvido para la esperanza? ¿O sólo la reformulación, el nuevo nombre, el eufemismo, del dolor? ¿Podría éste llamarse Hiroshima, o amor? Lo que la guionista, Marguerite Duras, encuentra en su relato moderno y salpicado de flashbacks son piezas de ruinas que servirán para nuevas construcciones.

 

Inevitablemente contagiadas por el polvo del pasado –la pareja separada en un acto público por la inercia de la marabunta humana, al igual que en “Te querré siempre” (1954), de Rossellini–, útiles para afrontar problemas eternos –el repudio de la comunidad hacia la joven protagonista rapándole la cabeza, como en “La hija de Ryan” (1970)–. En un medio social que neutraliza la dignidad individual, Duras y Resnais apoyan con sutileza la sinceridad de las pasiones inquebrantables sin aprovecharse de la conocida explicitud de la escritora — “El amante” (1992)–. El gesto de volcar la cerveza sobre el vaso vacío de ella en lugar de ofrecérsela tal cual, y un abrazo recortado por piedras destrozadas –otra vez un futuro referente para David Lean– ejemplifican ese erotismo que une a las personas en un entorno gris, hostil y quebradizo, como este testimonio optimista para días de olvido y tristeza.

En las imágenes: Fotogramas de “Hiroshima mon amour” - Copyright © 1959 Argos Films, Como Films, Daiei Studios y Pathé Entertainment. Todos los derechos reservados.