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Jueves 3 Julio 2008

La cotidianidad es esa esfera rotatoria que ya no puede depararnos ninguna sorpresa, de ahí que las historias dadas al escapismo empleen objetos corrientes y molientes como portal a esos fantabulosos universos paralelos. Una chimenea en “Harry Potter”, un pomo en “La bruja novata” (1971), una fuente en “Encantada: La historia de Giselle” (2007), una cuerda en “Un puente hacia Terabithia” (2007) o un armario en “Monstruos S.A.” (2001) y la primera entrega de “Las crónicas de Narnia” (2005), que ahora se complementa en “El príncipe Caspian” (2008) con una estación ferroviaria. Pero eso de alcanzar enormes velocidades para dar el salto a otra dimensión espaciotemporal ya lo habíamos visto en “Regreso al futuro III” (1990) y su tren volador a punto de desmaterializarse o morir en el precipicio más cercano. Y los niños equipados de visiones imaginativas quedaron, de algún modo, atrapados para siempre en su utopía anti-adulta, gracias a películas que pretendían la metáfora de la madurez o la celebración de la inocencia —o, para qué engañarnos, también la ñoñería más insulsa—.

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Fue James M. Barrie quien asentó el mito con su trilogía de novelas y obras teatrales sobre Peter Pan, Wendy y los Niños Perdidos, y el cine la ha reconvertido en animación y carne y hueso —la fallida “Hook” (1991), de Spielberg, una nada desdeñable versión de P.J. Hogan, pese a lo que pueda indicar su director, y el manierista biopic “Descubriendo Nunca Jamás” (2004), que lanzaba encadenados visuales entre la realidad londinense y la imaginería del escritor—. Tras ellos, un cortejo de imberbes suicidas se ha sumado a lanzarse por el ventanal, hacia estrellas que sólo ellos alcanzan: Sebastian en “La historia interminable” (1984) —esa adaptación que todo el mundo parece haber borrado de su memoria juvenil—, Dorothy en “El Mago de Oz” (1939) —y su inquietante secuela oficial, “Oz, un mundo fantástico” (1985), producto que a pocas luces podemos creer que permitiese la Disney—. Leer más >>

Martes 8 Enero 2008

Antes de que el archiconocido y no menos copiado Sherlock Holmes se enganchase a la heroína y su compañero Watson buscase novia desesperadamente, era el detective quien enamoraba a las chicas y el doctor el que mantenía una secreta relación obsesiva… con el azúcar. Imaginar la infancia de personajes ilustres y ficticios supone siempre un divertido ejercicio que, las más de las veces, poco tendría que ver con la realidad. Bien es sabido que al número 221B de Baker Street no llegó el doctor Watson hasta entrado en años y al regreso de sus participaciones militares, momento en que brotó esa insana e interesada amistad con el detective. Sólo la mente infantiloide de Chris Columbus podía imaginar una convivencia en elitista internado londinense, y no por otra casualidad fue el director escogido para el primer Harry Potter, historia con la que “El secreto de la pirámide” (1985) mantiene muchos nexos en común.

 

Las coincidencias nos revelan la escasa originalidad de las modas más recientes, pues los rituales que celebran los villanos en la susodicha pirámide sirven de precedente para las aventuras egiptólogas de “The Mummy (La momia)” (1999) y las paranoias del subgénero fanático, tipo “El código Da Vinci” (2006), amén de la recuperación para este año de la saga de Indiana Jones. El encanto de la película de Barry Levinson trasciende las limitaciones de su escasa trascendencia, y le basta con mantener la frescura para el público juvenil gracias a sus efectos especiales –los más torpes, los más entrañables– y la introducción a un mundo de misterios que sobre papel no es tan fácil de leer como aparenta. En lugar de asesinos en serie, prostitutas de Whitechapel, embaucadores, ladrones o farsantes, Sherlock (Nicholas Rowe) debía enfrentarse a la raíz del problema: el mal en una casa donde no es bienvenido y que le reportará soledad de por vida, sobre todo en lo concerniente a la dulce Elizabeth (Sophie Ward) y su trágico destino.

 

En este crecimiento sentimental más que profesional, pues el brillante joven parecía disponer ya de todas las armas del raciocinio y la lógica, las pruebas lo oponían a lo inexplicable: vidrieras que cobran vida, cenas criminales o frigoríficos con mala baba, luchas en las que el falso «Elemental» no surgía con la rapidez deseada. De alguna forma, ésta es una película triste, un acta que, al contrario de otras cintas generacionales, va disolviendo sus ilusiones hasta el cruel momento de la madurez, cuando el tener enemigos deja de ser un juego –impagable perla tras los créditos de cierre– y lo que antes divertía ahora debe emplearse como simple medio de subsistencia. No era igual la fama de los corredores colegiales que la de las portadas periodísticas, y antes de jugar al Cluedo doméstico deberías haber tenido en cuenta esa deducción elemental, querido Holmes.

En las imágenes: Fotogramas de “El secreto de la pirámide” - Copyright © 1985 Amblin Entertainment, Industrial Light&Magic (ILM) y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.