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Viernes 4 Abril 2008

Hollywood, la fábrica de sueños. Sueños, pasto de diván psicoanalítico. Psicoanálisis, fundamento de manual. Mediante un procedimiento parecido, los soñadores de la meca del cine llegaron a la conclusión de que sus fantasías sin límites aparentes también necesitaban una guía de manejo. Así, más por praxis que por vía académica, se fueron moldeando las piezas maestras del cine clásico: los arquetipos. Aunque el peso literario y teatral previo tiene mucho que ver en el asunto, no es menos cierto que algunos personajes han logrado una consistencia cinematográfica que determina las asociaciones visuales inmediatas. Por ejemplo, salir de discotequeo –o a hacer unas fotocopias, lo mismo da– y toparse con una mujer imponente y rostro pérfido. Ahí está, la femme fatale. Constan en los anales de la Historia más ejemplos reales de este arquetipo que habas en un huerto, pero su aura es tan poderosa que prácticamente ha dado pie a un género propio. Recuerden, si no, la obra homónima de Brian de Palma (2002), aunque el ñoño de Colin Firth protagonizó en 1991 una película de mismo nombre y en los remotos 1912 y 1917 ya existieron cintas mudas francesas bajo ese título.

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Las mejores no se exponían desde el titular como unas facilonas, sino agazapadas en un cast de campanillas o junto al nombre de una completa desconocida. Su apariencia lo indica: el flequillo en ondas ocultando medio rostro, los tacones sigilosos, el pulso inerte al sostener la copa y los labios que sólo se despegan para dar otra calada al cigarrillo, con o sin boquilla. Porque de boquilla iban algunas para luego derretirse ante cualquier presto mechero –o fósforo, según el mozo y la época–. Lo que le pasó a Lauren Bacall en “Tener y no tener” (1944) y “El sueño eterno” (1946), pero es que a Bogie no había lagarta que le cambiase el gesto, como a Russell Crowe con Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997). Se olvidaron de seguir el ejemplo de Phyllis (Barbara Stanwyck) en “Perdición” (1944), que sabía engatusar al más listo con sólo el tintineo de su tobillera dorada, un rol de altura al que sólo se aproximaría Martha Ivers –“El extraño amor de Martha Ivers” (1946)–, aunque llegados a este punto no se debe confundir a la femme fatale con la mala pécora. Huelga decir que de la segunda categoría hay muchas más y que no tienen preferencia por un género concreto, como las primeras y el cine negro.

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A pesar de ello, su halo de influencia resulta tan notable como una buena mafia organizada, por lo que pueden encontrarse especímenes en películas tan dispares como “La máscara de Fu-Manchú” (1932) –Myrna Loy tenía esos rasgos de gata en celo que provocaban escalofríos hasta cuando hacía de apacible ama de casa– o toda saga que se precie, como Bond –desde Pussy Galore en “Goldfinger” (1964) a Vesper Lynd en “Casino Royale” (2006)– o Indiana Jones –la doctora Schneider, una Veronica Lake nazi en “La última cruzada” (1989)–. Las de tomo y lomo –nunca mejor dicho, pues la mayoría proceden de inspiraciones novelescas– se esconden tras nombres elegantes o  infantiles, cuando no bajo capuchas o entre brumas preparadas de antemano –a costa de un cáncer de pulmón y un equipo de ayudantes de realización dándole al fuelle–:  Brigid –Mary Astor en “El halcón maltés” (1941)–, Kathie –Jane Greer en “Retorno al pasado” (1947)–, Evelyn –Faye Dunaway en “Chinatown” (1974)–, Cora –Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces” (1946)–.

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Elsa –Rita Hayworth en “La dama de Shanghai” (1947)–, Rachael –Sean Young en “Blade Runner” (1982), a falta del baile viperino de Zhora (Joanna Cassidy)–,  Julie –Catherine Deneuve en “La sirena del Mississippi” (1969)–, Joyce –Veronica Lake en “La dalia azul” (1946)–, Vera –Ann Savage en “Detour” (1945)–, Helen –Claire Trevor en “Historia de un detective” (1944)– o Ellen –Gene Tierney en “Que el cielo la juzgue” (1945)–. Los nidos de víboras no requieren ecosistema específico, y continuarán creciendo allá donde haya hombres –animadas en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), carnales en “Fuego en el cuerpo” (1981) o “Instinto básico” (1992), retorcidas en “La última seducción” (1994), vikingas en “El gran Lebowsky” (1998), poco creíbles en “La dalia negra” (2006), denigradas en “Munich” (2005), juveniles en “Brick” (2005)–. Ya saben cómo son los síntomas: embelesamiento, necesidad de retroceder la pista para entender diálogos que se han pasado por alto, compasión por el personaje hasta en su caída más humillante. Ay, si dieran un dólar por cada picadura de femme fatale

En las imágenes: Fotografía promocional de “Perdición” - Copyright © 1944 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “La dalia azul” - Copyright © 1946 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Goldfinger” - Copyright © 1964 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “L.A. Confidential” - Copyright © 1997 Monarchy Enterprises B.V., Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures y The Wolper Organization. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de Myrna Loy - Copyright © 1932 George Hurrell-MPTV. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La sirena del Mississippi” - Copyright © 1969 Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés, Lopert Pictures Corporation y Produzzioni Associate Delphos. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Tener y no tener” - Copyright © 1944 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Retorno al pasado” - Copyright © 1947 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 7 Febrero 2008

Llevo dándole vueltas al injusto centralismo que los vestidos de señora tienen en las listas de cine. ¿Qué pasa con los mejor vestidos, como si los actores no pudieran ir de punta en blanco? Cierto es que la moda rota con no pocas dosis de frivolidad en torno a la mujer y que sus posibilidades de indumentaria se extienden hacia el infinito de las faldas y vuelos que del sexo opuesto sólo se atreven a tocar escoceses y superhéroes. Pero cuando el diseñador/diseñadora de turno lo ha querido, los protagonistas de una escena vistosa no tenían nada que envidiar a sus compañeras femeninas. O si no midamos la aureola luminosa de Tyrone Power en la fiesta de “El filo de la navaja” (1946), el haz misterioso de Cary Grant paseándose por su villa en “Atrapa a un ladrón” (1955) o la desarreglada paciencia de Clark Gable esperando al autobús sobre una valla en “Sucedió una noche” (1934), y comparémoslos con el brillo de Gene Tierney, Grace Kelly o Claudette Colbert. Bah, ¿quién se acuerda de ellas? Estos atuendos varoniles no sólo se han ganado el puesto gracias a su estilismo rompedor, también continúan considerándose prototipos de lo que significa ir bien arreglado o simplemente vestido de determinada manera.

 

El tipo melancólico que se enfunda una gabardina debe remitirse a Humphrey Bogart –quien por lo general no era el maniquí más adecuado para lucir nada–, o a Gene Kelly con sombrero a juego mientras habla a los medios en “Cantando bajo la lluvia” (1952), y el bailarín puede imitar sus polos arremangados para dar brincos sin parecer un mono de feria. Los gladiadores no serían lo mismo sin “Espartaco” (1960) o los mantones de pieles de Russell Crowe en “Gladiator” (2000) –el chiste sobre la relación falditas metalizadas-homosexualidad ya está muy sobado desde “Aterriza como puedas” (1980) y a mí siempre me ha parecido que tiene un punto muy viril–. Un prejuicio similar al que sufre el pobre Errol Flynn, tan capacitado como estaba para llevar mallas o casacas sin perder el respeto de la amada –o quizá era un pacto de silencio, al fin y al cabo él tenía que aguantar interminables trenzas y corsés carcelarios–. Si se realizara un cómputo general, el traje o esmoquin aterrizaría en el peso cuantitativo y en algunos primeros puestos: aparte de los mencionados, cómo olvidar a todos los James Bond –bueno, a Pierce Brosnan me lo quitan si puede ser–.

 

Al dueto Paul Newman-Robert Redford en “El golpe” (1973) o “Dos hombres y un destino” (1969), en pleno pedaleo campestre; todos los invitados de los saraos de “El gran Gatsby” (1974), una hilera de “Los intocables de Eliot Ness” (1987) avanzando al frente, George Clooney tirando dados en cualquier casino de la trilogía Ocean, o, por qué no, ese impoluto Erich von Stroheim en “El crepúsculo de los dioses” (1950), fracción del entorno detallista que Norma Desmond deseaba aspirar al desperezarse por las mañanas. Claro que, y como ocurría en el caso de las actrices, eso de ir bien vestido no supone un obligado sinónimo de rectitud formal. A veces, y mucho más poderosas, un cierto desarreglo conlleva pautas de estilismo, iconos de creación y suspiros admirados con los que soñaría una sosa pajarita en fondo blanco. Blanco guarro, como el de las camisetas de Marlon Brando en “La ley del silencio” (1954) o “Un tranvía llamado deseo” (1951); la referencial cazadora roja de otro asilvestrado, James Dean, en “Rebelde sin causa” (1955), los uniformes caqui-polvo-barro del camino que difuminan a Indiana Jones, o los conjuntos no menos abandonados del grande de grandes, Steve McQueen, quien a bordo de una de sus motos gana la carrera de los nuevos retrosexuales, como Clive Owen –un aplauso para él en gabardina o capa pirata–.

Y que no se escapen de la lista los raros, los que por despreciar la tangente acaban marcando tendencia, como Al Pacino y aquellas divertidísimas y a la par dolorosas pintas de narco en “El precio del poder” (1983), o Peter O’Toole haciendo amago de amoldarse al desierto en “Lawrence de Arabia” (1962). Por supuesto, lo de insinuar lo llevan mucho peor, pero los ejemplos no desmerecen una renovada confianza: en pijama –Paul Newman y “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), y con pata escayolada, ahí es nada en la victoria por seguir siendo sexy–, en bañador –reciente pero ya mítico Daniel Craig en “Casino Royale” (2006)– o en toalla –las que vistió como nadie el pato Donald a la salida de cada ducha–, el menos es más vale tanto para el espectador como para el ahorro del diseño de vestuario. Privilegiado oficio de cine, pues pueden coser sus sueños y colgarlos de la percha idónea sin que los desluzca un solo pliegue. Porque esa es otra: incluso sobre las telas y las situaciones extremas impera la triste máxima de que la arruga no es bella.

En las imágenes: Gene Tierney y Tyrone Power en “El filo de la navaja - Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Cary Grant en “Atrapa a un ladrón” - Copyright © 1955 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Clark Gable en “Sucedió una noche” - Copyright © 1934 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Paul Newman y Robert Redford en “El golpe” - Copyright © 1973 Zanuck/Brown Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. James Dean en “Rebelde sin causa” - Copyright © 1955 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo” - Copyright © 1951 Charles K. Feldman Group y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Kevin Costner y Sean Connery en “Los intocables de Eliot Ness” - Copyright © 1987 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y Paul Newman en “La gata sobre el tejado de zinc” - Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Avon Productions. Todos los derechos reservados.

Sábado 15 Diciembre 2007

Joseph Leo Mankiewicz dominó la cámara, el guión y el diálogo. Tres hermanas virtuosas bailando en círculo y, en más de una ocasión, hacedoras de películas redondas que encarnan una perfección muy personal. Para este tramo final quisiera destacar mi preferencia dentro de la filmografía del director, y que a su vez sirva de ejemplo definitivo acerca de su arte cinematográfico. No me olvido del poema sobre el honor universal en el Oriente de “El americano tranquilo” (1958), ni de la astracanada musical de “Ellos y ellas” (1955), ni del infravalorado oropel de “Cleopatra” (1963), ni del resto de sus escasas producciones. Aún así, por encima de todas ellas, mi cariño incondicional se dirige a la pequeña y primigenia “El fantasma y la señora Muir” (1947), que aún pervive dando coletazos en cintas mayores –“Deseando amar” (2000)– o menores –“Ojalá fuera cierto” (2005)–. Sus aires de comedia casera y simpatías sobrenaturales –en la línea de “El espíritu burlón” (1945)– se disuelven en cuanto estallan los magníficos acordes de Bernard Herrmann contra las olas que rompen la convencionalidad de los créditos. Una explosión de naturaleza contenida que no volverá a repetirse, o al menos no de manera tan evidente.

 

Lucy Muir –la dulce Gene Tierney, con la que Mankiewicz ya había trabajado en su debut, “El castillo de Dragonwyck” (1946)– es una viuda que compra una casita de marineros junto a la costa para vivir en paz con su hija –diminuta Natalie Wood–. Condiciones de vida que debe lograr incluso aunque dentro de la cocina encuentre un fantasma, ex capitán de barco (Rex Harrison) decidido a quedarse en su antiguo hogar. Ni sustos de un género de intriga en paulatino crecimiento –Lucy recorre la casa a oscuras con una vela sin el potencial de scream queen que caracterizó a otras damas–, ni juegos de equívocos y escondites –a excepción de la visita de las amargadas familiares de la protagonista–. La película se aleja del tópico cinematográfico de los años cuarenta para acercarse a la tradición literaria y narrar una bella historia de aprendizaje que, como en la realidad, conlleva toda una vida pendiente de resultados espectaculares que nunca se consolidan. Lucy es un personaje tan real y carnal que podía permitir una compañía fantasmagórica, simplemente porque en el mundo no se admiten teorías fantasiosas y su existencia es la de una mujer y una madre cualquiera sin aspiraciones cinematográficas.

 

El humor del día a día se contrapone a los dolorosos escollos en los anhelos de la heroína, lo que va espesando los posos de la trama hacia una rendición tan natural como patética. Quizá porque las más hermosas historias de amor fueron las no escritas y las no experimentadas, la que Mankiewicz podía regalar a sus personajes después de otra injusta para ellos, maravillosa para nosotros, triste para todos. Tras una complicidad muda, reducto de carcajadas rotas por parte del capitán y de reproches silenciosos en el semblante de Lucy, llegan unas palabras que los salvan a los dos. Esta solución no podía desvincularse de sus connotaciones pesimistas: la incompatibilidad de la vida y la muerte, la tierra y el cielo, el cine y la realidad. Paradojas que Mankiewicz sorteó haciendo de los polos opuestos un solo componente, un tierno relato romántico libre de sobrecargas novelísticas y nostálgicas, un guión literario rodado tras el filtro de quien ve más allá de las bocas calladas y de diálogos profundos que no significan nada en comparación con el contenido oculto de los rostros, las tormentas y los paisajes violentos. El amor posible entre lo imposible, la declaración más sincera de un cineasta que supo hacer de la cruda realidad admirable cine, y de éste, su vida.

En las imágenes: Gene Tierney, Rex Harrison y Natalie Wood en “El fantasma y la señora Muir” - Copyright © 1947 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.