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Lunes 21 Abril 2008

Que a Ernst Lubitsch siempre le atrajeron los romances raros no parece una afirmación peculiar. Lo inconcebible es que en una sociedad reprimida y románticamente primitiva como la estadounidense de los años 30 le dejasen rodar y estrenar una obra —sutil, como todas las suyas, pero evidente al fin y al cabo— con un trío amoroso por protagonista, “Una mujer para dos” (1933) —¿habría sido menos polémico un hombre para dos mujeres?—. La bravura del argumento alcanza tal punto que hasta la joven en liza llega a exclamar: «¡Nada de sexo!» Pero ya se sabe que Lubitsch revoca las palabras de los guiones a fuerza de explícitas imágenes y oportunos fundidos o encadenados. Y ni él habría podido detener los pies —en sentido figurado, se entiende…— de un par de bohemios en la flor de la vida y… la pasión que se despiertan en un compartimento de tren con una belleza ante sus ojos. Sólo una. En fin, la amistad todo lo puede. A partir de esta nada inocente premisa, a pesar de que en un principio sólo se intercambien sonrisitas y caricaturas, el director berlinés construye una de sus comedias sofisticadas que evoluciona hacia sus gustos fílmicos al mismo ritmo que los personajes. Destaca que este primer ambiente no se corresponda con los círculos aristocráticos o, al menos, acomodados de “La princesa de las ostras” (1919) hasta “El diablo dijo no” (1943).

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George (Gary Cooper), un pintor que aspira a ser el nuevo Modigliani, y Max (Fredric March), un autor teatral que se las da de Bertolt Brecht, viven en una buhardilla cochambrosa de París que supondría una ubicación interesante para un Capra o un Minnelli, pero no para un tipo acostumbrado a las alturas —volvería a la clase baja con su penúltima y deliciosa “El pecado de Cluny Brown” (1946)—. Arriba o abajo, los bajos instintos y los más nobles sentimientos pesan lo mismo, por lo que Lubitsch se desenvuelve con su gracia habitual, si no mayor a la de algunas películas que abusan del estereotipo palaciego —como “La viuda alegre” (1934), en la que se repiten los engaños y la importancia capital de las puertas de dormitorio cerradas—. En esta primera etapa de triple convivencia y, lo que sería más escandaloso, consentida sin remordimiento por los tres implicados, la semilla del conflicto se aparta de lo moral: ¿cómo elegir entre dos amores? ¿No puede amarse a dos hombres al mismo tiempo? Preguntas modernas y nada desdeñables que la encantadora Gilda (Miriam Hopkins) describe como una sensación eléctrica que con George empieza en la cabeza y termina en los dedos de los pies, mientras que con Max arranca de los pies para concluir en la cabeza.

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El problema para Lubitsch no tiene nada que ver con el dilema social —los protagonistas están orgullosos de llamarse a sí mismos hooligans—, e incluso, para resolver el entuerto Gilda intenta poner en práctica los usos de moda. De ahí nace la gran paradoja: en cuanto los amateur se transforman en reconocidos y cotizados artistas, y la guapa dibujante acepta el rol de mujer que ejerce de anfitriona en altos salones, la felicidad se desmorona —no así la nuestra, porque las situaciones comprometidas y el nivel de las actuaciones ofrecen la misma diversión—. Los círculos habituales de Lubitsch no son para sus personajes, y éstos han de retornar a su lugar de partida para que impere la inmoralidad y su peculiar concepto de amor, resumido en dos besos tan castos como provocadores. Curiosamente, “Lo que piensan las mujeres” (1941) analizaría una historia similar en sentido inverso, demostrando la fortaleza del amor único frente a lo vulnerable del triángulo. Si aceptamos que la geometría es una ciencia universal e imprescriptible, las películas de Lubitsch deberían lucir una consideración similar, pues el paso del tiempo no ha perjudicado su frescura y su atrevimiento, que todavía suscribimos con sonrisas maliciosas en los momentos señalados. O eso, para ser optimistas, o es que en el fondo no hemos avanzado nada.

En las imágenes: Escenas de “Una mujer para dos” - Copyright © 1933 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.