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Miércoles 12 Diciembre 2007

Y es que quizá ese honor le corresponde a Errol Flynn, transmutado en “El capitán Blood” (1935), pues unas imágenes de dicha película aparecen en la televisión que Sloth consume, encadenado a esa única alternativa. Si ahora a alguien no le suena de nada Sloth, entonces tiene un problema. O un regalo: ver por primera vez “Los Goonies” (1985) debe de ser una experiencia inolvidable que en mi memoria se emborrona por la primera infancia. Sin catálogo de efectos especiales, favorecida por un ritmo trepidante que la hermanaba con esas novelitas de ‘escoge tu camino’, este clasicazo de Richard Donner posee un valor incalculable para aquellos que no contamos las riquezas en monedas de oro y piedras preciosas. En ella, de alguna forma, se mantiene encerrado un espíritu joven, que no infantil, de la misma forma que en la saga de “Indiana Jones” –el propio Spielberg firmaba la historia, y el diseño del cartel promocional remitía a su rentable franquicia–.

 

Nosotros no teníamos una pandilla de amigos leales hasta la muerte, si eras el gordo nadie te gritaba «¡Gordi!» con el mayor de los cariños, la chica de tus sueños nunca te besaba y los padres en apuros no podían calmarse con una bolsa de canicas. Pero en esta cueva todo era posible y se cumplía un doble deseo: la satisfacción de una perspectiva vital y de otra cinematográfica. Porque, como Sloth, pudimos habernos quedado impávidos ante nuestras cadenas, consumiendo televisión e imaginando el sabor del chocolate. En lugar de eso, tomamos ejemplo de Flynn y nos lanzamos al abordaje de ese barco, que diría Shakespeare, que diría Sam Spade, hecho con la misma materia que los sueños. Cruza el horizonte en la hora justa, cuando la fantasía ha finiquitado su función y la madurez, la unión del grupo y la aceptación de uno mismo ya se han producido.

 

Mikey (Sean Astin), Bocazas (Corey Feldman), Gordi (Jeff Cohen), Brand (Josh Brolin), Data (Jonathan Ke Quan), Andy (Kerri Green) y Stef (Martha Plimpton) no sólo vivían la aventura ideal de todo niño, encontrar su propio parque de atracciones oculto, sino la experiencia filosófica de la caverna de Platón. Tuvieron que descender a la oscuridad, armados con linternas y un mapa como único guía sincero, para descubrir la salida, el boquete de luz que les devolvería la ilusión por vivir como seres reales y honestos. Supermanes escolares –Donner se ríe de sí mismo con la camiseta que luce Sloth–, los héroes de muchos, mis héroes, porque nacieron el mismo año que yo y cuando vuelvo a encontrármelos me siento igual de joven que cuando descubrí mi primer tesoro.

En las imágenes: Fotogramas de “Los Goonies” - Copyright © 1985 Amblin Entertainment y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Si hay una pareja –entre otras muchas– a la que no me canso de ver en pantalla, ésa es la que formaron Errol Flynn y Olivia de Havilland durante años y años de cine de aventuras y peripecias históricas. Ahora que cualquier nueva combinación de actor y actriz se salda con una inspección casi matemática de la química que desprenden, los estudios deberían aprender de aquella vieja técnica que prácticamente casaba a dos intérpretes en su vida artística. Más que nunca, al público se le satisfacía su demanda y, cuales Don Lockwood y Lina Lamont, esta pareja repetía duelos, asaltos, travesías, amores y reencuentros –por fortuna nunca recibieron a cambio las risas y los abucheos que los dos anteriores sufrían en “Cantando bajo la lluvia” (1952)–.

 

Todo empezó, como suele decirse, una mañana tranquila en la que se preparaba para fletar el barco que convertiría a un desconocido Flynn en “El capitán Blood” (1935), insigne espadachín y conquistador de una reticente de Havilland y que serviría de referente al actor y sus directores para héroes postreros. La agilidad de aquella marina y fresca cinta de piratas se reveló como la fórmula de oro para Michael Curtiz, celestino de la pareja en “Robin de los bosques” (1938), magnífico lienzo del medioevo cortés trenzado con los hilos kitsch del Technicolor; su única comedia juntos, “Four’s a crowd” (1938), el simpático western “Dodge, ciudad sin ley” (1939) y “La carga de la brigada ligera” (1936). Ésta y “Murieron con las botas puestas” (1941), de Raoul Walsh, fueron ejercicios bajo la tutela de la enseñanza más patriótica, ambos dotados de desenlaces redentores, pero memorable en el segundo caso.

 

Escasa cosecha para tan celebrado par, pues Curtiz prescindió de Olivia en varias ocasiones, algunas tan imperdonables como “El halcón del mar” (1940) –la falta fue culpa de la propia actriz, temerosa de un encasillamiento que impidió más duetos para el recuerdo–. Flynn habría sido un excelente Ashley Wilkes en “Lo que el viento se llevó” (1939), pero el público no le habría perdonado que su personaje fuese infiel a de Havilland. Mujer que rivaliza en el papel de pareja perfecta del actor con Ann Sheridan, Alexis Smith y la mismísima Bette Davis, de quien se rumoreaba recibió calabazas este donjuán de la Warner. Al gallardo y calavera sólo podía amansarlo Olivia vistiéndolo de mallas, subiéndose a balcones muy altos y haciéndole beber cerveza… sólo para castigar a los ricos y defender a los pobres.

En las imágenes: Fotogramas de “Robin de los bosques” - Copyright © 1937 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Murieron con las botas puestas” - Copyright © 1941 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.