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Domingo 9 Marzo 2008

Las referencias al cine de terror no vienen solas: tras la corriente mayoritaria que ha perdido el oriente de su existencia –y que se empeña en copiar lo oriental–, camina lento e incansable el subgénero victoriano de casas encantadas y apariciones más o menos etéreas. Hace tiempo que él mismo reconoció la caducidad de sus contenidos y más aún de sus trucos. Nadie ha podido realmente continuar el ritmo de “Otra vuelta de tuerca”, novela corta de Henry James –su última adaptación fue “El celo” (1999)–; y, en el período más convulso para la Historia cinematográfica, la década de los sesenta, una versión de dicho relato firmó una defunción consciente y original, algo de lo que carecen sucesivas cintas, cegadas ante la muerte del cine clásico, que deambulan por las carteleras como cadáveres románticos más de allá que de acá. La película que hace de “Los otros” (2001) o “El orfanato” (2007) rancios ejercicios, papeles de pared vistosos que intentan tapar las grietas del anterior sin percatarse de que en ellas reside su talento, es “Suspense” (1961), hoy semiolvidada como el desguace del que se han robado piezas para nuevos vehículos –en especial su último tramo para el debut de J.A. Bayona–.

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Antes de acometer una lectura humanista de los acontecimientos, la película corrobora su género, sus sanas intenciones de descalabro emocional y psíquico. Una pantalla en negro a modo de apertura, con la cruel tonada “O Willow Waly” que ha hecho de las nanas una constante, se prolonga como una prueba de nervios, lo mismo que los créditos de cierto aroma Aldrich. Después de una declaración así, el desarrollo avanza entre el convencionalismo de una realidad inocente –la nueva institutriz (Deborah Kerr) que debe hacerse cargo de dos niños (Martin Stephens y Pamela Franklin) en una inmensa mansión… lago inclusive– y la inquietud de un estilo naturalista poco usual en imágenes de corte fantasmagórico. Jack Clayton, director de breve carrera y que recuperaría en parte estas atmósferas en “A las nueve cada noche” (1967), perfila con un pulso estremecedor la esencia del cuento de James, guionizado por Truman Capote y William Archibald.

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La ambigüedad, ese magnífico valor en desuso, contagia al espectador la misma locura que vive la institutriz: su versión sobrenatural de los hechos podría ser tan cierta como la sospecha de una pulsión sexual refrenada y que, en el encierro de la mansión, ha salido a la luz por la influencia del patrón ausente –al que de alguna forma ella desea atraer de vuelta–, el niño adulador y las historias de violenta sexualidad que flotan en el pasado de los sirvientes. Esa relación fraternal entre sexo y muerte, que hoy se diluye en favor de versiones suavizadas, ofrece imágenes más perturbadoras que las películas fabricadas cincuenta años después. Los supuestos fantasmas, siempre en el campo de visión de la institutriz, surgen sin golpes musicales ni giros de montaje, y es esa familiaridad la que provoca un terror más intenso que cualquier efecto. Los niños, además, no exageran sus miradas inquisidoras, y la dulce dicción de Deborah Kerr se contrapone a su juego de expresiones, entre la valentía y el desprecio. Aquí están los espíritus inalcanzables, los trasteros polvorientos, las fotografías reveladoras, los candelabros, camisones al viento, cristales que se autodestruyen, voces invisibles, amores y accidentes que destrozan. La lección ya fue dada, con la eficacia del silencio por encima de toda ambientación sonora, en esa duda no resuelta que, como alumnos, obliga a temer a la maestra del mismo modo que se la admira.

En las imágenes: Fotogramas de “Suspense” - Copyright © 1961 Achilles y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Enero 2008

Parece que nos ponemos frívolos, pero hablar del vestuario cinematográfico es tan relevante como hacerlo de la fotografía o de la banda sonora –el problema surge cuando el juicio de una película se absolutiza en alguno de esos elementos destacados o bien se extrapolan del todo fílmico: de nada sirven una bonita luz, una pegadiza melodía o un admirable vestido si no contribuyen a la historia–. Tras la selección elaborada por una famosa revista estadounidense, el podio de los personajes femeninos mejor vestidos se nutre de tópicos imperecederos y propuestas más rupturistas que, en realidad, sólo responden a corrientes de moda que pasarán más veloces que el gusto por los tamagochi –¿todavía fabrican de eso?–. No extraña, pues, encontrar a Audrey Hepburn y su incondicional Givenchy en “Desayuno con diamantes” (1961), Marilyn Monroe y su merengue de gasa en “La tentación vive arriba” (1955) –cuidadín: vestido de similares hechuras y movimientos ya apareció durante un número musical de “La pícara puritana” (1937)–, o Vivien Leigh y las cortinas de terciopelo verde que recicla para visitar a Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” (1939).

Como enunciar a estas damas es como recitar la tabla del dos, las esnobs del estilismo han añadido a Diane Keaton en “Annie Hall” (1977) u Olivia Newton-John en “Grease” (1978) , pero, por mucho revival setentero que vivan las tiendas de ropa, me gustaría verlas por la calle con las pintas del “You’re the one that I want” sin parecer una pilingui de “Los Soprano”. Lo mismo sucede con Liza Minnelli en “Cabaret” (1972) cuando desde estas mismas publicaciones se ataca con dentelladas lobunas a toda actriz que se le ocurra pasearse por una alfombra roja a lo años veinte. Esta hipocresía de las formas lleva a que las elecciones de vestidos modernos se correspondan únicamente con cintas de época: Kate Winslet en “Titanic” (1997), Cate Blanchett en “Elizabeth: La Edad de Oro” (2007), Nicole Kidman en “Moulin Rouge” (2001) –que se ha colado a lo tonto, porque su cortesana debería estar en una lista de las mejor casi-vestidas, pero es que aquel collar de Canturi resultaba irresistible– y, encabezando la lista contra todo pronóstico, Keira Knightley en “Expiación” (2007) –justo es reconocer que el vestido verde de moaré que luce en la fiesta es deslumbrante, pero se pasea colgado en una desgarbada percha–.

 

Quizá antes no se concebían estos listados porque las actrices siempre intentaban lucir lo mejor posible y ahora, en estos tiempos de indecisión y mestizaje, se vuelve necesario un criterio de jerarquización, irónicamente repleto de referencias nostálgicas que confirman la indefinida personalidad presente. Los nuevos gurús de la moda alimentan estos criterios que sopesan la tela antes que el movimiento, como si estos vestidos ya no se paseasen por escenas de celuloide y se irguiesen inermes tras las vitrinas de una casa de subastas. Además, lo de ir bien vestido parece relativo en la función cinematográfica: ¿acaso no iba perfecta Greta Garbo en “Ninotchka” (1939) con aquel sombrero que hoy nos resulta espantoso? ¿Y por qué no rebuscar en el fondo del armario esos trajes que se quedaron fuera de la típica y autoritaria escala de diez?

 

Así, a bote pronto, recuerdo el vestido negro de Bette Davis en “La loba” (1941), la capucha de Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997), el frondoso Givenchy de Audrey en “Sabrina” (1954), los circenses ruedos de Deborah Kerr en “El rey y yo” (1956), la camiseta publicitaria de Jean Seberg en “Al final de la escapada” (1960), los vaporosos cintura de avispa de Elizabeth Taylor en “La senda de los elefantes” (1954), el derby de “My fair lady” (1964), la ágil falda de Grace Kelly mientras se cuela en el apartamento de “La ventana indiscreta” (1954), los psicodélicos conjuntos de “Barbarella” (1968), el provocativo atuendo de Lara en el restaurante de “Doctor Zhivago” (1965), los estampados escoceses de “Brigadoon” (1954), el bermellón de Claudia Cardinale al correr por una casa vacía en “El gatopardo” (1963)…, y un largo etcétera ecléctico del que ojalá dispusiéramos para nuestras ocasiones diarias. ¿Para qué conformase con diez vestidos pudiendo lucir uno nuevo cada mañana?

En las imágenes: Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd. Todos los derechos reservados. Keira Knightley en “Expiación: Más allá de la pasión” - Copyright © 2007 Working Title Films, Relativity Media y Studio Canal. Todos los derechos reservados. Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” - Copyright © 1955 Charles K. Feldman Group y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Kate Winslet en “Titanic” - Copyright © 1997 Twentieth Century-Fox Film Corporation, Paramount Pictures y Lightstorm Entertainment. Todos los derechos reservados. Olivia Newton-John en “Grease” - Copyright © 1978 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Cate Blanchett en “Elizabeth: La edad de oro” - Copyright © 2007 Motion Picture ZETA Produktionsgesellschaft, Studio Canal y Working Title Films. Todos los derechos reservados. Deborah Kerr en “El rey y yo” - Copyright © 1956 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Nicole Kidman en “Moulin Rouge” - Copyright © 2001 Bazmark Films y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Y Bette Davis en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.