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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Lunes 30 Junio 2008

Lo más obvio que podría afirmarse respecto de Michael Haneke a estas alturas es que desagrada y perturba. El error que se comete al dejar caer tranquilamente —o con horror mal disimulado, cosa que sin embargo a él le haría mucha gracia— dicha aseveración fundamenta las sospechas que han alimentado la filmografía de este director autriaco. El desagrado y la perturbación las extrapolan espectadores acomodados a las películas que tienen enfrente o al autor que las ideó inspirándose, sin duda, en las fobias y alergias sociales que padece ese mismo público, entrenado en las pistas de la hipocresía. También constituiría una falacia señalar que Haneke es el único director contemporáneo, al menos europeo, capaz de mostrar la realidad más hiriente desde una pantalla desnuda. Con un poco de memoria o simple repaso de la cartelera reciente veríamos que el consumo de imágenes horripilantes extraídas de la realidad —o tamizadas por la hipérbole, lo cual reafirma aún más nuestra capacidad de aguante visual— no es algo infrecuente.

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Más bien al contrario: se paga con dinero y tiempo de esos cortos y preciosos fines de semana para conocer con pelos y señales secuestros, maltratos, injusticias callejeras, puñaladas, violaciones, diálogos banales, amputaciones, torturas, deformaciones físicas. Entonces Haneke —sin insinuar con esto que haya sido y sea el único en hacerlo— voltea la diana y muestra al monstruo latente tras esa máscara de repulsión que, a la par, disfruta con ella. Tal vez sea el castigo por nuestra apacible vida, otra obviedad en la que no conviene insistir. Los personajes de su cine, burgueses y anónimos, odiosamente normales y normalmente odiosos, también viven secuestros, torturas, amputaciones, maltratos, diálogos banales. Y ese ataque satírico, que marca con la pausa impedida por el medio televisivo —y a veces favorecida por él mismo, como es el caso del rewind de “Funny games” (1997)—, despierta la incomodidad de un espectador acostumbrado a los puñetazos en el estómago, pero no a la acidez. … sigue >>

Miércoles 25 Junio 2008

Acaba de salir a la venta una completísima gama de ediciones en dvd y blu-ray de “Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet” (2007), el musical de Broadway reconvertido en orgiástico diorama por Tim Burton. Nada recomendable para los espectadores propensos a apartar rápidamente los ojos de la pantalla al más mínimo gesto amenazador por parte de un objeto afilado. Utensilios habituales en cualquier barbería —de las antiguas, antes de que la higiene aboliese el ritual público del afeitado—, aunque nuestra morbosa atención —sí, también la de quienes luego no miran— se dirija antes a la destartalada tienda de un mal barrio inglés que al impoluto negocio con una de esos cilindros giratorios en blanco y rojo. Cómo no encontrar en ella barberos psicóticos y crímenes más fáciles que una garganta puesta en bandeja. O el ojo, pues la palma en los gritos de pánico y los violentos tirones de cuello se la lleva “Un perro andaluz” (1929), el manifiesto surrealista de Buñuel que aún despierta las mismas reacciones que el día de su estreno, aun avisando previamente de la polémica imagen…

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Quizá por influencia de su amigo Salvador Dalí, interventor en los diseños oníricos de “Recuerda” (1945), en esta película a Gregory Peck le dé por armarse de navaja tras un ataque de locura y regresión temporal. Menos mal que Ingrid Bergman estaba bien arropada en la cama y que un vaso de leche puede hasta con las peores pesadillas. Otros que se tomaron la misma parsimonia para afilar la navaja antes de rebanar tranquilamente algunos cuellos, oreja o lo que se terciase, son el psichokiller de “Tinieblas” (1982), giallo de Dario Argento, Michael Madsen en “Reservoir dogs” (1992) —aunque Tarantino tuvo la sensibilidad de deslizar la cámara hacia fuera de campo—, en “Vestida para matar” (199), “Terror ciego” (1971), o jóvenes con miedo a que sus mayores los deshereden, como el protagonista de “What happened then?” (1934). Las gargantas rebanadas son plato típico en cualquier género, aunque las hayamos visto con más frecuencia en las historias de gángsters, también con barberías como escenario —una de las recientes, “Promesas del Este” (2007)—. … sigue >>