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Martes 20 Mayo 2008

Uno de los mayores interrogantes que se levantaron ante el cuarto proyecto de Indiana Jones fue el concerniente a su chica. No hay sacrificio sin motivación, ni ésta sin amor, ergo Indy requiere de una comparsa femenina para que la aventura tenga lugar. El misterio se disolvió rápidamente y ya sabemos que todo río vuelve a su cauce y que en “El reino de la calavera de cristal” (2008) el arqueólogo vuelve a quejarse de viejas heridas que sólo pueden curar los besos de Marion Ravenwood. Nombre de princesa soldado, de doncella capaz de cortarse las trenzas y destrozar su balcón a patadas si Spielberg así lo pide y si su estoico enamorado continúa manteniéndose escéptico ante la idea de ponerse tierno. La más aguerrida compañera que hasta ahora tuvo Indiana fue ideada para “En busca del arca perdida” (1981) como una recreación directa de las antiguas heroínas que, sin perder un ápice de femineidad, empleaban sus armas naturales con una consciencia que derrotaba a los hombres. Especialmente si éstos son los malos, o si no recuerden la forma en que Marion se vestía de gala y emborrachaba a Belloq (Paul Freeman) para intentar una astuta huida. Karen Allen la interpretó con el suficiente equilibrio entre el grito desvalido y el bocinazo de enojo, y parece que el tiempo no ha pasado para ella en lo referente a la jovialidad de sus poses, que dejan entrever las primeras imágenes promocionales.

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Lo curioso es que la candidata que sonó con más fuerza durante los preparativos de la primera parte de la saga fue Sean Young, que incluso dio la réplica a numerosos aspirantes al papel de Indiana durante las lecturas de los castings. No hubo suerte para ella, pero su escaso garbo, entendido como oportuna y robótica gelidez, le regaló el papel de replicante junto a Harrison Ford –con quien también terminaba huyendo, pero de manera muy distinta– en “Blade Runner” (1982). Marion fue y vuelve a ser Allen, la menos rompedora en términos estrictos de la muchachada Indy, la que perdería en un concurso de alaridos y curvas frente a las otras integrantes del grupo. Pero la que se ha ganado el privilegio de una segunda participación y quién sabe si un plan de futuro. En cierto modo, Marion es el amor ideal de Indy: demasiado parecidos como para llevarse bien y, a la vez, como para rechazar los envites fortuitos que les ofrecen sus aventuras. Sabemos que antes de ella no hubo gran cosa y que su romance con Willie Scott (Kate Capshaw), a la que conoció en “El templo maldito” (1984), concluyó al conquistar Spielberg a la chica fuera de pantalla. Primera rubia de ojos azules para Indiana, una preciosa pin-up que hace su entrada estelar luciendo el mismo nivel de palmito que de estupidez, perpetuando el tópico que tan bien funciona en la comedia.

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Si en la actualidad todavía hay quejas por parte de alguna feminista –pues en su momento hubo–, que se revise algunas escenas. Durante esta etapa de expediciones más exóticas que religiosas, lo más probable es que a Indy le pudiese el espíritu febril, de ahí la relación brusca que mantiene con Willie. Aparecen las primeras referencias sexuales explícitas y los tórtolos intercambian tantos bofetones como besos. Al contrario de lo que sucede con Marion, la atracción del protagonista por Willie es de puros opuestos –en la secuencia de apertura queda claro cuando ambos gatean por el suelo, él en busca del antídoto al veneno que se ha tomado y ella del diamante que satisfaga sus flechazos materialistas–. El personaje es simpático y adorable en su extremismo, pero… ¿se merece nuestro Indiana concluir sus días junto a una mujer de pitiminí que lo llama, en referencia a su atuendo, domador de leones? ¡Por favor! A raíz de estas pistas, empezamos a comprender el despecho que Marion siente durante “En busca del arca perdida” hacia un Indy más joven y licencioso. ¿Será su reacción la misma veinte años después? Derrocados sus romances con Willie y Marion, en “La última cruzada” (1989) se cruza en su periplo, nunca mejor dicho, otra rubia despampanante, la doctora austriaca Elsa Schneider (Alison Doody).

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Una cabellera demasiado Veronica Lake como para augurar nada bueno, a pesar de las miradas de cachorro que sabe lanzar al enamoradizo héroe. Su relación termina, literalmente, en punto muerto, quizá para aliviar la incomodidad que George Lucas sentía hacia el hecho de que Indiana y su padre (Sean Connery) se hubiesen acostado con la misma mujer. Sin embargo, hay que admitir que Elsa parecía la mujer perfecta para Indiana. Experta en conocimientos arqueológicos e históricos, siente las mismas pasiones que el protagonista, sin temor a implicarse en aventuras que destrocen su sofisticada ropa o pongan en peligro su peinado –para más inri, la actriz no demostró durante el rodaje ningún recelo hacia las ratas reales con que se trabajó en la escena de la biblioteca, al contrario del pánico de Capshaw hacia los bichos y de Allen por las serpientes–. A estos rasgos intelectuales se suma un cuerpo animal que no pasa inadvertido a ojos de Indy, que vuelve a recurrir a la estrategia del enfado-reconciliación para conquistar a la chica. Marion y Willie en una. Pero la perfección es una estatua de piedra porosa que enseguida se derrumba sin que Indiana pueda detener la catástrofe. Ya he comentado más veces que el pobre es un patoso. Con las mujeres, por muchas bazas innatas que posea, también.

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Así que el aventurero continúa impartiendo clases en solitario, al margen de una posible existencia familiar y hogareña. ¿Qué chica habría comprometido su pellejo en cada escapada? ¿Por qué no Marion, tan pizpireta como una Evelyn O’Connell? Simplemente porque Spielberg y Lucas, pensando en la línea James Bond, consideraron más oportuna la variación femenina en el reparto. Detalle que da frescura a las entregas, por lo que en su nueva película no han prescindido en absoluto de nuevas actrices. Desmentida Natalie Portman como posible hija de Indy, finalmente tendremos otra villana: Irina Spalko (Cate Blanchett). La camaleónica actriz se tiñe de negro y aprovecha sus níveas facciones para dar vida a una agente soviética que nada tiene que ver con Doodey. Astutamente, Spielberg ha recurrido a la versión opuesta antes que a la recreación, cosa que pensamos muchos al oír el fichaje de la intérprete australiana. Más cercana a la Rosa Klebb de “Desde Rusia con amor” (1963), podría ser la primera mujer asexuada e impasible ante los encantos –vale, sí, ya está mayor, pero y qué– de Harrison Ford. Por eso la dulce Marion debía volver. Porque tal vez los directores las prefieran rubias, pero Indiana Jones se queda con la morena.

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En las imágenes: Comparativa de Karen Allen en los carteles de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y de “El reino de la calavera de cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures y Lucasfilm. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Kate Capshaw en “El templo maldito” - Copyright © 1984 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Alison Doody en “La última cruzada” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 4 Abril 2008

Hollywood, la fábrica de sueños. Sueños, pasto de diván psicoanalítico. Psicoanálisis, fundamento de manual. Mediante un procedimiento parecido, los soñadores de la meca del cine llegaron a la conclusión de que sus fantasías sin límites aparentes también necesitaban una guía de manejo. Así, más por praxis que por vía académica, se fueron moldeando las piezas maestras del cine clásico: los arquetipos. Aunque el peso literario y teatral previo tiene mucho que ver en el asunto, no es menos cierto que algunos personajes han logrado una consistencia cinematográfica que determina las asociaciones visuales inmediatas. Por ejemplo, salir de discotequeo –o a hacer unas fotocopias, lo mismo da– y toparse con una mujer imponente y rostro pérfido. Ahí está, la femme fatale. Constan en los anales de la Historia más ejemplos reales de este arquetipo que habas en un huerto, pero su aura es tan poderosa que prácticamente ha dado pie a un género propio. Recuerden, si no, la obra homónima de Brian de Palma (2002), aunque el ñoño de Colin Firth protagonizó en 1991 una película de mismo nombre y en los remotos 1912 y 1917 ya existieron cintas mudas francesas bajo ese título.

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Las mejores no se exponían desde el titular como unas facilonas, sino agazapadas en un cast de campanillas o junto al nombre de una completa desconocida. Su apariencia lo indica: el flequillo en ondas ocultando medio rostro, los tacones sigilosos, el pulso inerte al sostener la copa y los labios que sólo se despegan para dar otra calada al cigarrillo, con o sin boquilla. Porque de boquilla iban algunas para luego derretirse ante cualquier presto mechero –o fósforo, según el mozo y la época–. Lo que le pasó a Lauren Bacall en “Tener y no tener” (1944) y “El sueño eterno” (1946), pero es que a Bogie no había lagarta que le cambiase el gesto, como a Russell Crowe con Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997). Se olvidaron de seguir el ejemplo de Phyllis (Barbara Stanwyck) en “Perdición” (1944), que sabía engatusar al más listo con sólo el tintineo de su tobillera dorada, un rol de altura al que sólo se aproximaría Martha Ivers –“El extraño amor de Martha Ivers” (1946)–, aunque llegados a este punto no se debe confundir a la femme fatale con la mala pécora. Huelga decir que de la segunda categoría hay muchas más y que no tienen preferencia por un género concreto, como las primeras y el cine negro.

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A pesar de ello, su halo de influencia resulta tan notable como una buena mafia organizada, por lo que pueden encontrarse especímenes en películas tan dispares como “La máscara de Fu-Manchú” (1932) –Myrna Loy tenía esos rasgos de gata en celo que provocaban escalofríos hasta cuando hacía de apacible ama de casa– o toda saga que se precie, como Bond –desde Pussy Galore en “Goldfinger” (1964) a Vesper Lynd en “Casino Royale” (2006)– o Indiana Jones –la doctora Schneider, una Veronica Lake nazi en “La última cruzada” (1989)–. Las de tomo y lomo –nunca mejor dicho, pues la mayoría proceden de inspiraciones novelescas– se esconden tras nombres elegantes o  infantiles, cuando no bajo capuchas o entre brumas preparadas de antemano –a costa de un cáncer de pulmón y un equipo de ayudantes de realización dándole al fuelle–:  Brigid –Mary Astor en “El halcón maltés” (1941)–, Kathie –Jane Greer en “Retorno al pasado” (1947)–, Evelyn –Faye Dunaway en “Chinatown” (1974)–, Cora –Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces” (1946)–.

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Elsa –Rita Hayworth en “La dama de Shanghai” (1947)–, Rachael –Sean Young en “Blade Runner” (1982), a falta del baile viperino de Zhora (Joanna Cassidy)–,  Julie –Catherine Deneuve en “La sirena del Mississippi” (1969)–, Joyce –Veronica Lake en “La dalia azul” (1946)–, Vera –Ann Savage en “Detour” (1945)–, Helen –Claire Trevor en “Historia de un detective” (1944)– o Ellen –Gene Tierney en “Que el cielo la juzgue” (1945)–. Los nidos de víboras no requieren ecosistema específico, y continuarán creciendo allá donde haya hombres –animadas en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), carnales en “Fuego en el cuerpo” (1981) o “Instinto básico” (1992), retorcidas en “La última seducción” (1994), vikingas en “El gran Lebowsky” (1998), poco creíbles en “La dalia negra” (2006), denigradas en “Munich” (2005), juveniles en “Brick” (2005)–. Ya saben cómo son los síntomas: embelesamiento, necesidad de retroceder la pista para entender diálogos que se han pasado por alto, compasión por el personaje hasta en su caída más humillante. Ay, si dieran un dólar por cada picadura de femme fatale

En las imágenes: Fotografía promocional de “Perdición” - Copyright © 1944 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “La dalia azul” - Copyright © 1946 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Goldfinger” - Copyright © 1964 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “L.A. Confidential” - Copyright © 1997 Monarchy Enterprises B.V., Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures y The Wolper Organization. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de Myrna Loy - Copyright © 1932 George Hurrell-MPTV. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La sirena del Mississippi” - Copyright © 1969 Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés, Lopert Pictures Corporation y Produzzioni Associate Delphos. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Tener y no tener” - Copyright © 1944 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Retorno al pasado” - Copyright © 1947 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 7 Diciembre 2007

La ciencia ficción se pone de tiros largos: soplan 25 velas “E.T.” y “Blade runner”. Dos mastodontes que, como era de esperar, copan todos los elogios y festejos. Y aunque yo no entendería mi infancia sin Elliott, y otros no podrían vivir sin el maletín de supervivencia para replicantes recién lanzado al mercado, en 1982 se estrenaron otras muchas películas que ya forman parte de nuestro ADN.

Por una vez, lo políticamente correcto se ha saltado sus convenciones para olvidarse del aniversario de “Gandhi”, el muy premiado, interminable y pesado relato del pacifista hindú que firmó Richard Attenborough, quien está mucho más guapo haciendo de abuelete jurásico. Frente al civismo, la violencia macarra del gran Rambo, “Acorralado” en su primera incursión post-vietnamita –Stallone también con “Rocky III”–, y de “Conan, el bárbaro” y “El señor de las bestias”, dos pares de músculos que inflaron a esteroides una pantalla rodeada de estrenos más sosegados e intelectuales. Por ejemplo, el enésimo óleo preciosista de Peter Greenaway, “El contrato del dibujante”, o el remake “La noche de San Lorenzo”, de los hermanos Taviani, la adaptación de “El mundo según Garp” de John Irving, o “La decisión de Sophie”, vehículo para una Meryl Streep en alza. También de la mano de Spielberg –y según dicen más larga de lo necesario en su tarea de productor– llegó “Poltergeist”, película maldita que mejor pasamos por alto, y su compañero Sydney Lumet firmaba “El veredicto”, un paso más de la carrera de papeles comprometidos de Paul Newman en los 80.

 

La divertidísima “¿Victor o Victoria?” amenizó el año gracias al –casi– siempre eficaz Blake Edwards, al igual que “Tootsie”, “Comedia sexual de una noche de verano”, “Creepshow”, y “Oficial y caballero”, si es que uno quiere contrastar al Richard Gere de nuestros días con el jovenzuelo. Y, por supuesto, la añada no podía defraudar con sus joyas frikis: “Cristal oscuro”, ese Jim Henson subvirtiendo teleñecos, la visionaria “Tron”, o “El muro” de Pink Floyd, antológico grupo y álbum rompiendo piedras y esquemas. Pero quizá el homenaje más extremo de todos sea el de Tim Burton, que estrena su “Sweeney Todd” justo 25 años después de la primera versión del musical para televisión. ¿Será también recordado dentro de un cuarto de siglo, tal y como ahora rememoramos ese fabuloso 1982?

En las imágenes: Fotogramas de “Acorralado” - Copyright © 1982 Anabasis N.V. y Carolco Pictures. Todos los derechos reservados. “Gandhi” - Copyright © 1982 Carolina Bank, Goldcrest Films International, Indo-British, International Film Investors y National Film Development Corporation of India (NFDC). Todos los derechos reservados. “Conan, el bárbaro” - Copyright © 1982 Dino De Laurentiis Company y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. “Tootsie” - Copyright © 1982 Columbia Pictures Corporation, Delphi Films, Mirage y Punch Productions. Todos los derechos reservados. “Oficial y caballero” - Copyright © Capitol Equipment Leasing y Lorimar Film Entertainment. Todos los derechos reservados. “Cristal oscuro” - Copyright © 1982 Henson Associates, Incorporated Television Company y Jim Henson Productions. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Noviembre 2007

Hay dos tipos de admiradores de “Blade Runner”: los que discurren las cuestiones de fondo y los que se nutren de la técnica y el ritmo. Cualquiera de los dos sabe diferenciar la versión de 1982 del director’s cut estrenado diez años después, al margen de los debates, posturas, ventajas y desventajas de ambas versiones. Pero hay una espinita que se clava subrepticiamente en los dos espectadores, una cuestión de irrefrenable atractivo para el contenido y la forma. ¿Qué significa el unicornio de 1992? Deckard (Harrison Ford) está pensativo en su piso, abanicando fotografías entre los dedos y bebiendo whisky mientras amaga tocar unas notas al piano. Medio dormido sobre las teclas y las partituras, el estudio se encadena con el ralentí de un hermoso unicornio blanco que galopa por un bosque imposible en este mundo de robótica y genética.

No hay más misterio y el detective no comenta con nadie esta extraña aparición onírica. Momentos después, Rachael (Sean Young) visita a Deckard y también se sienta al piano, temerosa por arrancar de él una melodía que quizá nunca aprendió como humana, sino que le fue implantada como replicante. Ridley Scott juega así al paralelismo tramposo: los dos amantes ocupan el mismo puesto y se cuestionan las mismas habilidades en él. ¿Es el unicornio la prueba definitiva de que Deckard es un replicante? La entrega final de un ejemplar en papiroflexia parece confirmar que la insinuación de una huida perpetua no iba dirigida exclusivamente a Rachael, sino también a su enamorado y protector, que debe, como buen héroe catártico, asimilar la idiosincrasia de aquellos a quienes daba caza. Es una paradoja, pero para afirmar su humanidad el hombre debe pasarse al bando de los no-humanos, de los androides.

Desde luego esta tesis no encuadra con el planteamiento original de la película, cuya narración en off cual cine negro se suprime para evitar el choque de un cambio absoluto de género, tono e intenciones. ¿Acaso Sam Spade se lamenta por el destino de la chica? Bueno, sí, lo hace, pero después la delata y se va a aliviar su conciencia con más cigarros y café cargado. Nunca se pasaría del todo al bando contrario, sólo puede escuchar los argumentos bajo la lluvia y continuar, tristemente, con su labor. Todos estos cambios producidos por un simple caballo con cuerno. Y que ni siquiera pertenece a “Blade Runner”, sino a otra película del director, “Legend” (1985). Por eso creo que el unicornio significa, ante todas las cosas, la supremacía egoísta de un autor sobre su obra, la transformación de Deckard en replicante porque Ridley Scott le implantó recuerdos de su propia filmografía, carne de su carne, personaje de otro imaginario que sustrajo al suyo propio.

En las imágenes: Fotogramas de “Blade Runner” - Copyright © 1982 / 1992 Blade Runner Partnership, The Ladd Company, Run Run Shaw y Shaw Brothers. Distribuida en España por Warner Home Video. Todos los derechos reservados.