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Martes 29 Abril 2008

Qué bonito: un balcón ornado de guirnaldas en medio de un jardincillo silencioso, donde el sol vespertino arranca brillos de unas ventanas ojivales, todo tan colorido a costa del technicolor que resulta imposible distinguir si es un plató real o un mal sueño. Hasta que de un lado y otro hacen su entrada el galán y la dama, y ahora sí que es tarea ardua fijarse en sus diálogos y creerse sus besuqueos… Pero, ¿en la Edad Media ya se fabricaban pelucas? Por supuesto, un accesorio usual de épocas tan pretéritas como la faraónica, pero estos dos amantes no son Marco Antonio y Cleopatra y una productora ha invertido sumas considerables en el departamento de peluquería para que parezcan unos bien parecidos nobles del medioevo. Lo de creíbles dejémoslo aparte, porque vaya tela –y pelo– que se traían los figurinistas a la hora de recrear esa aristocracia de Playmobil. Si Ricardo Corazón de León levantara la cabeza… –la de Sean Connery, faltaba más–. No voy a negarle encanto a las viejas películas medievales, en gran parte responsables de una aficción por la aventura sembrada durante generaciones y que hacían cercanos, posibles y palpables esos castillos sin rastro de musgo y humedades, poblados de tan bellos cortesanos que, claro, los muros no necesitaban de ornamento alguno.

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Y lo que el estudio se ahorraba en atrezo lo gastaba en peluqueros más inspirados en sir Walter Scott e ilustraciones de pintores románticos que en tratados históricos. Porque, lo digo desde ya, a veces los peinados anulan todo el efecto mágico de trasladarse mediante imágenes a otro tiempo. A cambio, unas risas. Una reacción parecida, entre la compasión y la vergüenza ajena, me sigue provocando Robert Wagner cada vez que en algún medio o página impresa me asalta un fotograma de “El príncipe Valiente” (1954). Fiel al diseño de las viñetas de Foster, el director Henry Hathaway permitió que el más horrible corte de pelo jamás inventado –por Estados Unidos lo llaman page boy hair cut– ondease sobre la cabeza del protagonista durante toda la película. Cierto es que no había alternativa sin traicionar la esencia del cómic originario, pero o el equipo tenía muy mal gusto o sabía aguantar la risa con asombrosa profesionalidad. El pobre Wagner perdió toda la virilidad en el camerino de peluquería, aunque se dejase fotografiar más orgulloso que Sansón con su melena.

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Tal vez estaba más pendiente de su compañera de reparto, Janet Leigh, tocada con un recogido trenzado que no le va a la zaga en cursilería. Barbie Princesa Cautiva, con moños postizos intercambiables. Las estampas promocionales de la pareja sólo pueden definirse con una palabra: antilujuria. No está recogida por la RAE, pero no saben lo explícita y útil que puede llegar a ser. Y como la dama tropieza siempre dos veces con el mismo vestido, Leigh volvió a dar el susto con “Coraza negra”, de Rudolph Maté, estrenada también en 1954. De su partenaire y marido Tony Curtis mejor ahorro la descripción para no alimentar pesadillas nocturnas. Bien es sabido que, por suerte para ella, su carrera fue al alza –austera en “Los vikingos” (1958), antes de los recortes de pelo que centrasen la atención en su “busto de acero”–, pero lo sorprendente es que Wagner se recuperase del trauma, aunque no tanto como para pulir la aureola de cotizado gigoló que estropeó su peluca entre príncipe de Beckelar y sketch de Muchachada. Mala suerte, porque otros habían lucido antes la melenita sin tanto escándalo, como Errol Flynn en “Robin de los bosques” (1938), y también después, como Luc Simon en “Lancelot du Lac” (1974).

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Ambos, a pesar de ese estilismo de maniquí, parecían dar vida al trazo infantil y utópico de los tapices, al contrario de nuevas películas que optan por el barro, la piedra amorfa y la pelambrera, como el “Robin Hood, príncipe de los ladrones” (1991) de Kevin Costner, quien para facilitar las cosas se dejó el mismo peinado que en “Bailando con lobos” (1990) –quizá a algunos convenza menos aún la modernidad y juventud en los rostros de la serie “Robin Hood” de la BBC–. En cuanto a las nuevas versiones de Lanzarote, del Richard Gere de “El primer caballero” (1995) hagamos como con Curtis, mutis por el foro. Y hablando de ladrones y caballeros, parece que no todos se han cuidado de brindarles presumidas damiselas. Desde las alegres trenzas de la Marian de Olivia de Havilland, una inexplicable tendencia ha coronado con eléctricos rizos a casi todas sus sucesoras: Mary Elizabeth Mastrantonio junto a Costner o Amy Yasbeck en “Las locas, locas aventuras de Robin Hood” (1993), doncellas que cada vez cuidan menos de su estilista aunque sus enamorados no lo noten.

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A la reina Ginebra le ocurre tres cuartos de los mismo, incumpliendo la máxima de que la mujer del césar no sólo ha de serlo, sino parecerlo. Más rizos locos para Cherie Lunghi en “Excalibur” (1981) frente al recato de Vanessa Redgrave en “Camelot” (1967) o Ava Gardner en “Los caballeros del rey Arturo” (1953) –donde hacían más gracia los ricitos de Mel Ferrer–. Pero es que Richard Thorpe, director de esta última cinta, era un experto en salones aterciopelados, torneos sin sangre y princesas perfectas. Sólo él pudo plantear el dilema de escoger entre Elizabeth Taylor y Joan Fontaine en “Ivanhoe” (1952), aunque las cabelleras de las dos señoritas compitiesen en artificiosidad con la perilla y las cejas puntiagudas de Robert Taylor. Para qué engañarnos: la realidad no siempre interesa dentro de la pantalla, menos en un contexto que, incluso aristocrático, sólo conocía la palangana y el cepillo de cedras duras. Además, ¿quién dijo que ir echo unos zorros y Edad Media no fuesen compatibles? “Robin Hood” (1973) permanece en la memoria junto a los demás clásicos mencionados y, lo mejor, sin que Disney soltase un duro para peluqueros.

En las imágenes: Fotogramas de “Camelot” - Copyright  © 1967 Warner Brothers/Seven Arts. Todos los derechos reservados. “El príncipe Valiente” - Copyright © 1954 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. “Coraza negra” - Copyright © 1954 Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. “Robin de los bosques” - Copyright © 1938 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Lancelot du Lac” - Copyright © 1974 Compagnie Française de Distribution Cinématographique (CFDC), Gerico Sound, Laser Films, Mara Films y Office de Radiodiffusion Télévision Française (ORTF). Todos los derechos reservados. “El primer caballero” - Copyright © 1995 Columbia Pictures Corporation y First Knight Productions. Todos los derechos reservados. “Robin Hood, príncipe de los ladrones” - Copyright © 1991 Morgan Creek Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Las locas, locas aventuras de Robin Hood” - Copyright © 1993 Brooksfilms y Société des Etablissements L. Gaumont. Todos los derechos reservados. “Ivanhoe” - Copyright © 1952 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.

Jueves 21 Febrero 2008

La New York State Health Commissioner, aburrida como debe estar –aunque no debería dada la polución y el estrés de una de las ciudades más grandes del mundo–, se ha querido apuntar un tanto recuperando el viejo debate sobre el fumador en el cine. Que las influencias para los niños pueden ser nocivas y que la actitud imitativa forma parte de su proceso de aprendizaje, por lo que piden suprimir cualquier indicio de tabaco en cintas con calificación G, PG y PG-13. ¿Se podrá interponer una demanda a los herederos de Humphrey Bogart por mal ejemplo y trastornos de salud? La utopía que los reivindicadores del cine con responsabilidad social desearían imponer significa un falseamiento de la realidad, una enseñanza extraescolar que no garantiza resultados óptimos. Pero, al margen del debate, que trasciende lo cinematográfico para mezclarse con lo ético, el tabaco ha supuesto un símbolo indiscutible del cine clásico, en todas sus manifestaciones. Del cigarrillo al habano, liado a pelo o con boquilla, los personajes fuman como carreteros porque el contexto lo favorecía, lo premiaba con prestigio social, con fama eterna de póster anclado en los camarotes de los marines.

Adiós a “Gilda” (1946), mujer fatal no porque manipulase a sus queridos, sino porque publicitaba el cáncer de pulmón. Las películas se transformarían en cortos de sucesivos planos generales, todas las escenas con algún rastro de humo o cenicero censuradas: los desayunos, los camerinos, las veladas, los coches, los crímenes, las citas, la soledad, los paseos, las oficinas, los cines, hasta los hospitales y los conventos. ¿Que sería del blanco y negro sin ese filtro brumoso, sin las espirales que hipnotizan viejos recuerdos? Bette Davis, Ava Gardner, John Wayne o Fred MacMurray tal vez ofreciesen ejemplos peores que el fumarse un pitillo, pero esa es época pasada, parecen excusarse los expertos, la presión debe ejercerse sobre nuevas producciones. ¿Y una historia de los años veinte sin elegantes fumadores? ¿Un western sin escupitajos negros, una tensa conversación entre capos sanísimos? El niño también podría fijarse en la oscura forma de vida de esos personajes que respetan las recomendaciones médicas, y el conflicto terminaría expandiéndose a otra parte. No en vano el tabaco suele ser un simple objeto canalizador de inquietudes, de ahí que, por ejemplo, beber compulsivamente leche también refleje una insana obsesión, el escrúpulo por evitar lo indebido. La fascinación que siempre ha ejercido sobre mí el cine nunca me ha invitado a fumar, ni pienso hacerlo. No tiren contra las películas, queridos doctores.

En las imágenes: Imagen promocional de John Wayne - Copyright © 1955 Getty Images. Todos los derechos reservados. Y Rita Hayworth en “Gilda” - Copyright © 1946 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.

Jueves 13 Diciembre 2007

En este blog amamos al director de apellido impronunciable y víctima de cuchilladas ortográficas, artífice de las imágenes y los guiones de obras maestras que resultan tan perfectas de lejos como de cerca. Para demostrarlo nos acercaremos por partes al estilo que lo convirtió en sobresaliente, amado y premiado, pues si alguien necesita una prueba más concluyente acerca de su maestría, ahí está el título exclusivo de ganador en dos años consecutivos de los Oscar® a Mejor Dirección y Mejor Guión. Como no me gusta valorar el arte en estatuillas o falsas capas de oro, prefiero tomar un plano cualquiera y extraer la prueba de él. Y, empezando por el plano general, destaca un fotograma de “La condesa descalza” (1954), la fábula con la que el cineasta se autobiografió junto a la forma antropomórfica –y vaya forma, la del animal más bello del mundo– de su relación cenicienta con el cine. A María Vargas (Ava Gardner), la susodicha actriz venida a condesa, le están preparando una escultura que será acta de defunción en vida, el último coletazo de esos seres famosos que para el público no parecen más humanos que un rostro de piedra.

 

Ambas, mujer y estatua, compartiendo pose: la una se eleva sobre la otra, pues la fragilidad humana es superior a Mankiewicz que la impermeabilidad del mito, al mismo tiempo eje gravitatorio que dota de sencillez a una decoración recargada y neoclásica. La luz no parece derramarse desde el cortinaje superior, sino procedente de las telas inmaculadas de esta virgen que sólo sabía amar a su modo inocente. Una luminosidad risueña y grácil que María dirige, como su cuerpo, hacia los hombres, inferiores a ella, pero que siempre contemplará a años luz de distancia, condenada a una postura pétrea que desconoce lo que es un abrazo. Obligada a experimentar el calor y el frío del mundo a través de sus pies descalzos. El objeto del cine y las tramoyas de los productores se separan en una jerarquía que Mankiewicz marca con rotundidad a la par que resume en un solo plano todas las relaciones e idiosincrasias de esta larga, pero compacta película –aun plagada de falsos flashbacks que manipulan los puntos de vista, como sucedía en “Casablanca” (1941), y deslucida por un pobre Technicolor–. Por esta primera razón te saludamos, Joseph.

En la imagen: Fotograma de “La condesa descalza” - Copyright © 1954 Figaro. Todos los derechos reservados.