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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Jueves 5 Junio 2008

Nació en 1929, el mismo año que Max von Sydow, su compañero en “Aritmética emocional” (2007), que se estrena esta semana en nuestro país. La coincidencia es lo único que parece unirles: Christopher Plummer interpretó a Herodes y Sydow a Jesucristo, y además luce una apariencia bondadosa y ese toque caballeresco que siempre acompaña a los intérpretes especializados en Shakespeare. Los tabloides –que nunca ha abandonado: ganó dos premios Tony por “Cyrano” y “Barrymore”, y ha recibido otras cuatro nominaciones– y un incipiente talento de concertista de piano curtieron su base antes de que lo absorbiese la gran pantalla, en eternos papeles de secundario contento, pero sin posibilidades en los Oscar®. Tal vez porque, como les sucede a sus colegas de reparto en su nueva película, desde sus orígenes ha demostrado un interés por el medio televisivo y los guiones literarios poco usual entre las estrellas que desean brillar por encima del resto.

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Sin embargo, Plummer sí ha cosechado éxitos en ese resbaladizo territorio de lo teatral y lo casi demodé, como ejemplifica su Cómodo de “La caída del Imperio romano” (1964), “Edipo Rey” (1967), el famoso archiduque Francisco Fernando en “Atentado en Sarajevo” (1975), o, en cuanto a sus relaciones con la literatura, encarnó a Rudyard Kipling en la maravillosa “El hombre que pudo reinar” (197), a Sherlock Holmes en “Asesinato por decreto” (1979) y en uno de sus últimos papeles adaptó la obra de Dickens “La leyenda de Nicholas Nickleby” (2002). Y, por supuesto, no se me olvida su personaje más impostado, es decir, criatura natural de los escenarios rococós y los telones que separan larguísimos actos: el capitán von Trapp de “Sonrisas y lágrimas” (1965), responsable de que casi odie a muerte a Plummer por sus gorgoritos en “Edelweiss”, canción por la que profeso una infinita manía. … sigue >>

Miércoles 4 Junio 2008

«El espíritu está pronto, pero la carne es débil» será para siempre la frase más famosa declamada por Max von Sydow –si es que aún no tiene reservada alguna sorpresa–, el actor de origen sueco y familia humilde que retó a la Muerte a una partida de ajedrez en “El séptimo sello” (1957), como usual de Bergman que era –aparte de ésta, rodaron otras doce películas juntos, desde sus éxitos más extendidos como “Fresas salvajes” (1957) o “El manantial de la doncella” (1960) hasta sus piezas más crudas, como “Los comulgantes” (1962)–. Cabría preguntarse si el intérprete posee no el talento ni la disposición espiritual, sino la carne de la que se aquejaba: la elevada estatura, la nariz recta y los ojos duros le imprimen una apariencia de estatua gótica que acaba de cobrar vida en alguna fachada catedralicia. Un físico que le ha ofrecido una ventaja mayúscula a la hora de apropiarse de todos los papeles de carácter omnipotente o imponente. Que fuese Jesucristo en “La historia más grande jamás contada” (1965) lo dice todo.

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Su voz cavernosa, representante de los ecos nórdicos que tanto inquietan a los estadounidenses, retumbó contra la meca del cine en cuestión de pocos años. La proyección internacional de la filmografía de Bergman también contribuyó a que George Stevens lo contratase para la superproducción bíblica antes mencionada, de modo que un curtido estudiante de teatro pasó a ser habitual de los platós más selectos en las grandes majors. Aunque la elección de Stevens pudiese resultar descabellada, principalmente por la perpetuación de tópicos visuales en la figura del Mesías, más dificil parece toparse con algún papel en su carrera que no aprovechase su anatomía nórdica. Mantuvo su relación profesional estrecha con Bergman a la espera de alguna oferta sustanciosa, que finalmente se produjo cuando John Huston lo reclutó para “La carta del Kremlin” (1970). La tradición del thriller con soviéticos siempre ha necesitado figuras identificables, encasillamiento del que Sydow se libró al fin en la revolucionaria “El exorcista” (1973). El impacto de su estreno simultáneo en Estados Unidos y la aureola mítica que empezaría a rodear al padre Merrin, un Sydow retado de nuevo por una muerte inhóspita y turbadora, fueron suficiente certificación de que Hollywood, por entonces decadente, necesitaba aires de otros continentes. … sigue >>

Martes 3 Junio 2008

El nombre de Susan Sarandon se vincula con rapidez a hechos ajenos al mundo cinematográfico: su apoyo al candidato demócrata Barack Obama, su sólido matrimonio con el actor y director Tim Robbins –ya van dos décadas–, su activismo variopinto no exento de polémica allá en su tierra, como una versión femenina de Sean Penn, su compañero en “Pena de muerte” (1995), la película que le valió el Oscar® –que dice guardar en el baño, qué original– y su rápida asociación al rol de monja benévola y luchadora, después de que Jennifer Jones ganase el primer premio de la Academia por un papel de monja en “La canción de Bernadette” (1943). La formación de sus bases como actriz se remontan a unas décadas atrás, pero muy relacionadas con el personaje mítico de la hermana Helen Prejean, pues Sarandon se preparó como intérprete en la Universidad Católica de Washington D.C. Allí conoció a su primer marido, el también aspirante a actor Chris Sarandon –cuyo apellido mantuvo como nombre artístico, a pesar de que en su acta de nacimiento figure Susan Abigail Tomelin–, quien ha terminado haciendo mucha televisión, aunque el espectador puede recordarlo como el malévolo príncipe Humperdinck de “La princesa prometida” (1987).

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Ambos acudieron a Nueva York para el casting de “Joe, ciudadano americano” (1970), del que Chris se fue de vacío y Susan con un papel protagonista bajo el brazo. Hoy parece una paradoja que la actriz se estrenase con un drama en el que se diseccionaba la fidelidad a las barras y las estrellas, así como la memoria de Vietnam y la repulsión por ciertos nuevos valores estadounidenses, como el movimiento hippie. La jovencita que encarnaba a la hija de Peter Boyle no llamó la atención, y Sarandon, que lucía una apariencia modosa por esta época, continuó cultivándose en cintas menores, a veces junto a estrellas mayores como Sofia Loren en “Mortadela” (1971) o Robert Redford en “El carnaval de las águilas” (1975), o cineastas como Sidney Lumet en “Lovin’ Molly” (1974) o Billy Wilder en “Primera plana” (197). Su pausado avance en el mundillo halló el resorte en la producción menos esperada: un alocado y filogay musical que enseguida adquiere la categoría de film de culto, “The Rocky Horror Picture Show” (1975). … sigue >>