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Viernes 5 Diciembre 2008

Hay personas que mueven el mundo, nombres que pasan a la historia de la humanidad porque son ellos quienes la forjan y cambian sus rumbos por siempre. Son figuras excepcionales capaces de mover ejércitos bajo su mando, de embarcarlos en empresas imposibles que significan sacrificio, entrega y muerte. La enormidad de estos tipos es tal que ni siquiera se pueden replantear en los términos analíticos de su ego, porque trascienden todos ellos y se configuran como los hombres que más cerca estuvieron de ser dioses en la Tierra, hombres que ostentaban poderes e imperios inimaginables y cuyos actos, que en ocasiones podían incluir masacres infundadas, se creían por encima del bien y del mal.

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El cine encontró en ellos una magnífica fuente de inspiración y algunos de los mayores desafíos a los que jamás se iba a enfrentar. “Mongol” es el último ejemplo de esa estirpe centrada en figuras únicas por las increíbles historias que las envuelven, relatos en los que uno acude a sabiendas que va a contemplar toda la magnificencia del cinematógrafo desplegada ante nosotros. El biopic de Genghis Khan era una cuenta pendiente que saldar con uno de los más grandes conquistadores de la historia. A caballo entre el siglo XII y el XIII, Genghis Khan dominó uno de los imperios más vastos que ha contemplado el mundo, lo cual le iba a convertir en objetivo potencial de un arte que aún tardaría siglos por venir, pero que habría de tratarle con la majestuosidad y el despliegue de medios que la película de Sergei Bodrov ha dispuesto. Esta superproducción realizada con los esfuerzos de Rusia, Alemania, Suiza, Kazajistán y Mongolia llega a nuestras carteleras para contarnos la historia del emperador mongol, desde su niñez hasta su alzamiento e iniciación del imperio. Es cine épico con mayúsculas, un cine cuyo campo de batalla con la crítica suele encontrarse en sus más y sus menos con la fidelidad histórica, cuyas fronteras con esta se diluyen en pos de la épica y la leyenda. Pero un cine que, en cualquier caso, ofrece un espectáculo inigualable ante nuestros ojos. … sigue >>

Domingo 20 Enero 2008

Seguramente “Elegía de Naniwa” no será su título más logrado ni esté a la altura de “Cuentos de la luna pálida” o “El intendente Sansho”, pero hablar del japonés Kenji Mizoguchi siempre es hablar de cine imperecedero, de poesía fílmica y de humanismo que trasciende tiempos y fronteras. En especial, sus películas han sabido adentrarse en el mundo femenino y recoger toda la capacidad de sacrificio y generosidad de unas mujeres heroicas, que afrontaron el reto de superar la sumisión tradicional nipona y adaptarse a los nuevos aires de modernidad. Aquí nos presenta a Ayako, una joven telefonista que sacrifica su amor, su trabajo y su honor para conseguir el dinero que salve de la cárcel a su padre —después de un desfalco en la empresa y de entregarse al alcohol— y que permita a su hermano licenciarse. Agobiada por su responsabilidad, cede a las pretensiones deshonestas de su jefe y también de un corredor de bolsa, para después —necesitada de paz para el alma— arrepentirse y pedir perdón a su novio. Pero la sociedad no está preparada para gestos tan nobles, tan discretos, tan elevados… y obtiene como “premio” el deshonor público y el rechazo familiar.

Exquisito cine social para un país que pasó abruptamente del feudalismo a la modernidad, y sentida elegía hacia una sensible e incomprendida mujer, traicionada y leal en su silencio, abandonada como “un perro callejero y delincuente” por unos hombres prepotentes y egoístas, cobardes y mezquinos, que no ven lo que tienen delante y son incapaces de agradecer lo que no se explicite. Cine que retrata el alma femenina como quizá sólo Max Ophüls lo haya hecho —sería muy interesante un estudio comparativo entre ambos—, con un fondo conmovedor y trágico que se hace más duro aún por la sutileza con que es tratado: basta ver la secuencia final, con Ayako sola y desesperada atravesando el puente entre la niebla nocturna, para sentir compasión por un personaje tan humano y delicado. Un estilo que combina el plano fijo con largos planos-secuencia —otra similitud con el gran maestro vienés—, y que acerca al espectador a unos personajes atribulados pero dignos de ser llorados y amados —definición de “elegía”—, tanto como el artista que les dio vida y que responde al nombre de Kenji Mizoguchi.

En la imagen: Fotograma de “Elegía de Naniwa” - Copyright © 1936 Daiichi Eiga. Todos los derechos reservados.