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Martes 26 Febrero 2008

¿Qué se esconde detrás de un western tan clásico y tan moderno como “Johnny Guitar”? O, mejor dicho, ¿quién es capaz de imprimir tanta tensión acumulada, tanto sentimiento soterrado, tanta pasión y hastío oculto? Sólo un rebelde sin causa, un desarraigado e inconformista que acabó sus días entre la enfermedad y el alcohol, como bien recogió Wim Wenders en “Relámpago sobre el agua”. Ése es Nicholas Ray, un trotamundos y un buscador de paz que se mete en la piel de Johnny Logan en un intento de echar raíces y calmar su interior en continua ebullición. Y éste es un volcán encendido cuando se enfunda el revólver, cuando el ruido del tiroteo apaga las notas de la guitarra. Un hombre de pasado tumultuoso y turbio que vuelve tras cinco años de locura y se encuentra un nuevo polvorín. El ferrocarril —siempre dinamizador social— amenaza con acabar con un mundo de ganaderos, con atraer a foráneos que se asienten en la tierra y den paso a una nueva sociedad. Hay quien se resiste y quien lo promueve: es la lucha por la tierra, por la subsistencia… Pero esa lucha social no es suficiente para Ray, y pone sobre la pantalla a dos mujeres de armas tomar, Vienna y Emma, enfrentadas por un hombre, en las que el amor y el odio son como dos caras de la misma moneda.

Por eso, nada mejor que los celos como elemento dramático que dé fuerza a un film que también podría verse como proceso civilizador norteamericano o como denuncia anti-maccarthista. Sin embargo, la potencia del melodrama y de los sentimientos se impone a esas perspectivas con unos memorables diálogos, tan precisos y secos como llenos de rabia y dolor, que hacen que el espectador no olvide eso de que «sólo te quedará la tierra para cavar tu propia sepultura», o el «miénteme y dime que siempre me has esperado» con que Johnny suplica a Vienna, o aquel otro dicho de que «a un hombre le basta con un buen cigarrillo y una buena taza de café», y tantas otras sentencias que sería largo de reproducir. Personajes espléndidamente dibujados que arrastran un pasado siempre presente, con una Vienna —atención a su variedad y colorido de vestuario— llena de ternura con el niño Turkey o el viejo Tom, que se transforma en dureza y aplomo frente a la cuadrilla del sheriff o se derrite ante un Johnny que reaviva las cenizas en fuego de amor; o con una Emma en permanente tensión y contradicción, que engatusa y convence a toda una comitiva de hombres sin convicciones. Western feminista donde ellas llevan las pistolas y ellos cabalgan a rebufo, con inolvidables momentos románticos bajo la mítica banda sonora de Victor Young que inunda de nostalgia cada secuencia.

En la imagen: Joan Crawford y Sterling Hayden en “Johnny Guitar” - Copyright © 1954 Republic Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 14 Noviembre 2007

J.R. (Harvey Keitel) es Scorsese, es el espectador de una nueva cinematografía que envidia las renovaciones europeas, aunque todavía mantiene su cariño por el pasado más atávico. Una pareja charla a colación del –posiblemente, pues no se nombra el título– “Cahiers du cinéma” sobre “Centauros del desierto” (1956) en unas larguísimas escenas de paseos lentos, conversaciones recreadas en la memoria reciente y rechazo por lo argumental. J.R., el alter ego del director, descubre la madurez urbana al modo de un Holden Caulfield desprovisto de cinismo y sarcasmo; un individuo seguro de su lugar, pero deseoso por ampliarlo. Un estudiante de la NYU que quiere ver su nombre impreso en el respaldo de una silla. No sólo resulta pasmosa la familiaridad de Marty en su primera película, sino la previsión de los rasgos que constituirían su imaginario subconsciente.

La primera escena rinde homenaje al estilo clásico mientras inyecta un aire de renovación mediante dos pilares del realizador: el montaje y la música, fuerza impalpable que empuja la nueva oleada juvenil como principal valla de ruptura con la generación previa. Un momento familiar, de una mujer preparando la comida, que resume la ascendencia italiana, los símbolos católicos y el anacronismo de un blanco y negro muy granulado que, de una forma un tanto esnob, enarbola sus intenciones independientes. Las cosas cambian a cada momento –lo decía Bob Dylan– y “Who’s that knocking at my door?(¿Quién llama a mi puerta?)” (1967)  es el primer paso de una evolución evidente, llamada a la continuidad temática y temporal. Ya se perciben tics formales –la mencionada anteriormente tendencia a la referencia cinéfila y/o musical– y un arrojo narcisista con excelentes resultados de estilo, aunque a veces no casen con la crítica y el público.

En ese sentido, no se asusta al utilizar el “The end” de los Doors –futuro emblema de “Apocalypse now” (1979) y un posicionamiento existencial post-Vietnam–. Un director joven que no ensalza su edad, ni su momento, ni los valores que hacen babear a otros. Un pesimista inquieto, identificado siempre con el héroe que no puede conseguir lo que quiere. Pero no basta con caer, hay que hacerlo con estilo. Y en eso, Scorsese regala los mejores clímax de anti-catarsis a sus personajes. Estaba por confirmar la oferta y lo haría, tras el bache de “Boxcar Bertha” (1972), en “Malas calles” (1973). Al niño asmático se le había cumplido el sueño de vivir para siempre en el mundo de “Lo que el viento se llevó”, ése que no está hecho de plantaciones de algodón, sino de metros y metros del ronroneo de un proyector que, gracias a tipos como él, nos ayudará a dormir la realidad para siempre… o al menos durante una tarde.

En las imágenes: Fotogramas de “Who’s that knocking at my door?” - Copyright © 1967 Trimod Films. Todos los derechos reservados.

Jueves 8 Noviembre 2007

Conmovedora, tierna, emotiva, divertida, brillante, inteligente, aguda, perspicaz, bella. Si uno parte de la base de que, a la hora de glosar ciertas películas, no va a tener más remedio, por más que se empeñe vanamente en un esfuerzo de contención, que acumular calificativos elogiosos, quizá sea más útil, cómodo y sencillo el comenzar por desplegarlos todos, y, de esa manera, no tener que redundar en los mismos a lo largo que avance el texto. Todos los epítetos con que se abre esta reseña son perfectamente aplicables a esta genial obra maestra con la que Charles Chaplin nos obsequió en aquel funesto año de 1936, una agridulce combinación (como, inevitablemente, se ha de dar en una comedia que pretenda trascender su condición de tal) de divertidas bromas y tristes veras que, junto a una historia de amor tan sencilla como sensible, brinda todo un acerado alegato contra determinados fenómenos sociales que no sólo impregnaban su época, sino que empezaban a apuntar como amenazas en ciernes respecto a lo que habría de venir.

He ahí, amigos lectores, donde radica su intemporalidad, su eternidad. Extenderme en mayores disgresiones acerca de un film sobre el que ya se han escrito tantas y tantas líneas sería un ejercicio en el que resultaría complicado discernir cual es el mayor mal que le aqueja: si el de su torpe inutilidad o el de su pretenciosidad fatua (aún así, no me privaré de un último apunte: pocas parejas tan entrañables como la que forman el Chaplin actor y esa pizpireta beldad que atiende al nombre de Paulette Goddard). Así que lo dejaremos ahí. Pero no sin antes recomendarles, amigos lectores, que no dejen de verla; tanto si ya la han visto como si no lo han hecho aún. Hay ocasiones en que el consejo deja muy poco margen para el error. Quizá, ninguno. Y ésta, sin ningún género de dudas, es una de ellas.

En la imagen: Charles Chaplin en “Tiempos modernos” - Copyright © 1936 Charles Chaplin Productions. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Noviembre 2007

Estamos ante un título fundamental del cine americano de los años 70. Una obra austera y magnífica, de las que se añoran cada vez más y que ganan con el paso del tiempo por la vigencia de los temas que presentan, en este caso las tristes y desoladoras realidades de una sociedad cada vez más degradada. Al Pacino y el llorado John Cazale, que venían de triunfar en la saga de los Corleone, continuaron en esta “Tarde de perros” ofreciendo interpretaciones portentosas. El primero nervioso, conteniendo la violencia y luchando por escoger la sobriedad como vía de escape a una situación desastrosa; el segundo, frágil y tembloroso, pero temible por la imprevisión de su talante emocional.

Tomando como punto de partida un extravagante atraco real a una sucursal bancaria, el guión de Frank Pierson realiza un retrato demoledor de la ferocidad de los medios de comunicación ─mucho mayor ahora, dos décadas después─, de las diferencias sociales y de clase, y de la peligrosa arbitrariedad de los juicios hechos por parte de una amorfa, anónima y volátil masa urbana descontenta y reaccionaria. Y lo hace sin renunciar a la comicidad, con un humor cáustico que permite colocar a Sonny en situaciones cotidianas llevadas al extremo, reflejadas sobre todo en las apariciones de su esposa y su madre. Por otra parte, la hipocresía de la gente de a pie se descubre a medida que evolucionan los acontecimientos: al principio, es considerado un héroe, un icono de la lucha obrera y de la rebeldía de la juventud; cuando se descubre su orientación sexual, clave en su motivación, las opiniones se dividen, y la comunidad gay, muda hasta ese instante, emerge con fuerza para apoyarle sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Y todo ello presentado con gran intensidad por Sidney Lumet, en una dirección firme que no tiembla en ningún momento.

Una comedia escandalosa, sí, pero también un drama profundo con un análisis de personajes y un estudio de caracteres de nota. Más allá de Pacino y Cazale, el reparto de secundarios participa de esta tragicomedia con brillantez, desde el estresado Charles Durning ─en principio, frustrado e incomprendido director del circo que le rodea─ hasta el estirado James Broderick, que no cede en ningún momento en una actuación cínicamente sobria. Sin olvidar una mención especial para Chris Sarandon en una aparición tan breve como soberana, seguramente la mejor de su carrera, pese a ser su primera participación en un largometraje. Decía John Tavolta en el prólogo de “Operación Swordfish” (2001), en recuerdo a este título, que hoy Hollywood sólo hace basura, que ya no se hacen películas como antes. No le falta razón, pero es que los tiempos han cambiado, y de qué manera. El circo mediático que presenta “Tarde de perros” fue en su día un caso peculiar; hoy, es el pan nuestro de cada día.

En las imágenes: John Cazale, ladrón de gatillo ligero, y un estresado Al Pacino en “Tarde de perros” - Copyright © 1975 Artists Entertainment Complex. Todos los derechos reservados.

Nunca falta alguna excusa —y, por más peregrina que pueda resultar, nunca así me lo parece— para rememorar la que es, sin duda alguna y sin distinción en cuanto a género, estilo, época o temática, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. No, no se trata de ninguno de esos celebérrimos títulos que pueden venir a la mente de cualquier cinéfilo más o menos contumaz, ni de ninguna rara perla descubierta en algún lejano y exótico festival. Se trata de una propuesta mucho más sencilla, aun cuando se trate, en mi modesta opinión, de uno de los mejores films de aventuras que jamás se hayan proyectado en una pantalla grande. Les hablo, evidentemente, de “La princesa prometida”

Un cuento mágico en el que romance y acción se solapan y entrecruzan de manera magistral, sin la más mínima solución de continuidad. Un repertorio amplio y pintoresco de episodios a cual más imaginativo y entretenido, a cargo de un abanico de personajes (muy bien interpretados, por cierto) que, no por más cercanos al tópico, se nos hacen menos entrañables (y, por tanto, queribles). Un crescendo sostenido de la trama, en el que la incertidumbre y la emoción van creciendo hasta un final comme il faut. En suma, un gran film, disfrutable por cualquier amante del cine, a secas, pero que, sin duda alguna, gozará mucho más aquel que sea capaz de retornar, aun cuando sólo sea durante hora y media, al niño que algún día fue: algo, por cierto, válido, prácticamente, para cualquier película. Porque, en última instancia, de eso hablamos, de películas, ¿no?

En la imagen: Robin Wright Penn en “La princesa prometida” - Copyright © 1987 Act III Communications, Buttercup Films Ltd. y The Princess Bride Ltd. Todos los derechos reservados.

Miércoles 31 Octubre 2007

Es típica la venganza adulta que pretende mofarse de las narraciones infantiles para así no tener que añorar lo que en el fondo echa de menos. Banalizar la inocencia es un modo de despojarla de su valor, hacerla inútil y poco deseable. Restos de esos tontos bajitos que se creen los cuentos de hadas, o cada vez menos por la contaminación de “Shrek” (2001) y demás ‘animación inteligente’ que juega en la línea que separa dos edades. Sin embargo, a veces los cuentos se rompen de forma abrupta, sin que las risas medien la desmitificación; cuando la nieve que no regenera, que sólo empapa, viene a ablandar las ilustraciones de antaño y a arrancarnos la infancia. Los habitantes de un pequeño pueblo canadiense dormitaban en ese mismo estado hasta que un fatal patinazo hundió a los niños en las aguas heladas del río. Se fueron cantando y riendo, se despidieron de sus padres con alegría y éstos no volvieron a verlos. Atom Egoyan emborrona “El dulce porvenir” (1997) de una población que ha quedado sin futuro, como un Hamelín castigado por el azote justiciero del flautista.

 

La tragedia es que en la vida cotidiana sólo existen las penas desproporcionadas, y el salvador de turno –un abogado interpretado por Ian Holm– salpica con más dolor y trapos sucios un suceso que se escapa de las manos de todos, una trascendencia casi divina si no fuera imposible aferrarse a la fe tras su demolición implacable. La pureza de los paisajes nevados del campo de Canadá ofrece un contraste insoportable con esas muertes fortuitas y limpias, sin rastro de sangre. Con el vestigio de una superviviente, una chica que queda inválida (Sarah Polley) –en relación al niño cojo del cuento de los Hermanos Grimm–. Ella es el resto de esa infancia suprimida, de esa inocencia en silla de ruedas propulsada por las esperanzas de los mayores. Los padres que persiguen a sus hijos como un acto egoísta para recibir a cambio reproches y silencio: el refugio de quien vive en un mundo apagado de risas y correteos, que se desliza con la lentitud de las cortinas en un rellano vacío, donde la espera carece de sentido.

En la imagen: Fotograma de “El dulce porvenir” - Copyright © 1997 Alliance Communications Corporation, Canadian Film, Ego Film Arts, Gort of Canada, The Harold Greenberg Fund., The Movie Network (TMN) y Téléfilm Canada. Distribuida en España por Líder Films. Todos los derechos reservados.