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Jueves 8 Mayo 2008

Tras largas penurias sobre papel, al fin el personaje de Indiana Jones va a convertirse en lo que es: un arquetipo. O arquetipazo, si se me permite el chiste fácil, pues su simple imagen bastaría para definir el tono de la saga y reactivar el vínculo con los espectadores –y espectadoras, pero no lo digo por hacerme la políticamente correcta, sino porque en este caso mencionarlo conlleva especial relevancia–. Spielberg estaba finiquitando trabajos menos considerados por el sistema –dirigir “1941″ (1979), producir “Frenos rotos, coches locos” (1980) e incluso aparecer brevemente en “Granujas a todo ritmo” (1980)– y Lucas parecía muy ocupado preparando la continuación del inesperado –al menos para tipos como Brian De Palma– éxito Star Wars. A pesar de sus apretadas agendas, o quizá precisamente por ello, ambos encontraron ganas y tiempo para lanzar las aventuras de Indy al celuloide, con el respaldo de la Paramount y una aparente libertad creativa. Fue el propio Spielberg quien propuso que “En busca del arca perdida” (1981) arrancase con el encadenado del logotipo de la antigua major y una montaña real encontrada en la localización donde se grabó el prólogo.

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Pero antes de ese momento, de ese minúsculo juego de transparencias y del visionado cronológico de las escenas, precedió un ingente esfuerzo de equipos y montones de dólares, según la tendencia de las modernas superproducciones que Spielberg había inaugurado con “Tiburón” (1975). Ya tenían al héroe, ¿cuál debería ser el reto apropiado? Bien es sabido que éste es el punto más conflictivo de sus aventuras, pues durante los años de preparación del retorno de Indiana Jones se especuló largo y tendido sobre el objeto arqueológico en liza, el MacGuffin: el porqué de las peleas, las persecuciones, los reencuentros y las pruebas. Podría ser que a Philip Kaufman se le ocurriese la idea del Arca de la Alianza por ciencia infusa, pero resulta muy sospechoso que un arqueólogo real, Vendyl Jones, ya fuese tomado por loco en los círculos científicos de los ochenta por perseguir en el desierto de Judea el arca que encierra los diez mandamientos –«la radio para hablar con Dios», como se la define en uno de los diálogos–. Huelga decir que este hombre aún no la ha encontrado, pero sigue en su empeño.

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Indiana, más joven y apuesto, siempre favorecido por una lógica aplastante, la hallaría no en Israel, sino en Egipto, la primera ambientación para nuestro querido personaje –aunque el rodaje se efectuó en Túnez, donde Lucas ya había ubicado algunos pasajes de “Una nueva esperanza” (1977), con la que esta cinta mantiene una unión robótica… El jeroglífico con R2-D2 y C3PO–. Un hombre con látigo enfrentándose a secuaces de Adolf Hitler por la posesión de una caja mítica y sobrenatural. Supongo que durante el speech los mandamases de la Paramount lo escucharon de una manera más suavizada… Nosotros, sin grandes inversiones ni deudas de por medio, nos creemos con alegría lo que venga. Por ejemplo, basándose en el cómic “The seven cities of Cibola” (1954) de Carl Barks, y que tenía por protagonistas al tío Gilito y sobrinos, una caverna de Sudamérica –adonde ahora, en “El reino de la calavera de cristal” (2008), regresa Indy– que atesora una estatuilla precolombina de oro macizo. Y para apropiársela, el doctor Jones, ayudado por un debutante Alfred Molina y enfrentado a su colega Belloq (Paul Freeman), a lo Sherlock y Moriarty. Una intensa secuencia que acumula todas las pistas para entrar o no en la complicidad que requiere una historia narrada con ritmo moderno y que rinde tributo a hallazgos clásicos.

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¿Por qué habríamos de identificarnos con Indiana Jones? No es un héroe al uso: se equivoca en sus cálculos, se confía hasta el punto de parecer ingenuo, se tropieza, escapa por los pelos de una enorme esfera rodante –la fibra de vidrio sustituye a la era del cartón-piedra– y su arma más poderosa no la lleva colgada de la cintura –vale, otro chiste fácil–, sino más abajo: sus piernas. Salir por patas es la especialidad de Indy, aunque a veces no le quede otra en determinadas situaciones –el plano en que corre frente a una manada de indios como precedente de “Parque Jurásico” (1993) y otras copias menos originales, “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006)–. La estructura de la película, pues, no se acomoda a lo convencional. Introduce al aventurero en una escena de máxima tensión para después relajar el ritmo con su faceta de soporífero profesor y largas conversaciones entre esqueletos y pizarras. Cualquier otro habría apostado por el factor sorpresa, hacer que el espectador se preguntase qué tiene de interesante un doctor universitario hasta que, magia potagia, se revela su lado explorador. La apuesta del guión de Lawrence Kasdan, aparte de constituir un soplo de aire fresco, obliga al público a encontrar interesantes esas escenas que, de la otra manera, habrían perdido enseguida la atención.

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Sin deshincharse, en pocos minutos se introduce al personaje y las señas de identidad: las amenazas arqueológicas –siempre hay trampas en los lugares que visita– o animales –empezando por tarántulas para obviar la fobia de Indy y que parezca más impasible– y los mapas que sirven de nexo entre cambios de escena. ¿Falta algo? Claro, la chica. Marion Ravenwood (Karen Allen) tampoco tiene una presentación típica: un concurso de chupitos en un garito perdido del Nepal y que ella gana frente a un orondo nativo. Este truco, además, le servirá para salvar el pellejo en una escena posterior. Casi al mismo tiempo aparece el silencioso enemigo: Toht –Ronald Lacey, aunque se barajó a Klaus Kinski–, un nazi de aspecto y gritos histéricos muy similar al Christopher Lloyd de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), incluso en su forma de descomponerse. Para nazi original, el mono, adiestrado para imitar el saludo fascista aunque en principio parezca la adorable mascota de Sallah (John Rhys-Davies), papel que Spielberg había reservado a Danny DeVito. Si el director comparaba a Indy con Humphrey Bogart, a Marion con Irene Dunne y Carole Lombard, y a Toht con Edward G. Robinson, “En busca del arca perdida” podría ser la versión mamporrera de “Cayo Largo” (1948), sobre todo en la ya mencionada escena del bar nepalí.

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Aún así, la película no necesita referencias de nombres prestigiosos para demostrar su humor, suspense y encanto. La estrategia de Indy malherido para conseguir un beso de Marion, el transporte de ésta en cesto, la sobada anécdota del disparo que Indiana propina a un beduino porque Harrison Ford padecía gastrointeritis y quería acabar cuanto antes la escena, los no menos míticos homenajes a “La diligencia” (1939) y el final a “Ciudadano Kane” (1941), el cara a cara de Indy y una cobra –separados por un cristal de precaución–, los espectros del arca –muñecos grabados bajo el agua–, y algunos detalles gore que ríete tú de “El templo maldito” (1984). Al igual que la música de John Williams, las piezas se van uniendo hasta su apogeo, sin defraudar la expectativa. Fórmula que, de desgastarse, lo haría sólo por culpa del personaje, una de cuyas frases en esta primera entrega podría hacerse extensible a los achaques de su regreso: «Son los años… Es el rodaje».

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En las imágenes: En primer y segundo lugar, fotografía de rodaje y detalle de “Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. En las siguientes, fotogramas de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 6 Mayo 2008

Si tuviéramos que desplazarnos hacia un momento previo al universo Star Wars, ¿qué coordenada temporal sería esa? ¿Hace mucho mucho mucho tiempo…? ¿Los monos de “2001: Una odisea del espacio” (1968) danzando alrededor de una Estrella de la Muerte ferruginosa? No: estamos en una zona selvática, corren los primeros años del nazismo en el poder alemán y un arqueólogo rastrea objetos de fines ocultistas mientras se saca unas perras impartiendo clases en la universidad. Estas exóticas asociaciones rondaban la mente de George Lucas al mismo tiempo que las de su posterior saga galáctica, pero la falta de apoyos para sacar adelante la historia del aventurero priorizó la producción y rodaje de “Una nueva esperanza” (1977). Así que Indiana Jones debió ser antes de Han Solo, pero, paradójicamente, sin esta millonaria operación de marketing espacial Steven Spielberg no habría dirigido nunca su particular Star Wars –es decir, una trilogía confirmada por una recuperación tardía que se asegura la nostalgia de los fans y el dinero de las arcas–.

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Por todos es sabido que a Lucas no le gusta dirigir –sí, en serio– y que las manos de su amigo Steven eran las mejores para depositar tan preciado proyecto. Sin embargo, son Lucas y Philip Kaufman quienes trazan al personaje que pasaría a la historia, más adelante perfeccionado con los apuntes de Spielberg y la escritura definitiva de Lawrence Kasdan, guionista también de “El imperio contraataca” (1980) y “El retorno del Jedi” (1983). ¿Acaso habrá alguien que necesite de una descripción física de Indiana Jones? Al igual que otros grandes personajes de la literatura, el teatro o el cine, una simple silueta sirve para presentarlo –aunque lo analizaré en el artículo correspondiente a “En busca del arca perdida” (1981), la atípica introducción del héroe se produce en una de las escenas con su sombra recortada en una pared, un símbolo que se ha recuperado para los tráilers de “El reino de la calavera de cristal” (2008), donde la misma sombra se superpone, esta vez, sobre la carrocería de un jeep–. La cazadora de cuero envejecido, la ropa de explorador, las botas, el látigo y el sombrero –modelo “fedora“, procedente de Australia–, encubren su personalidad apasionada y altruista, pizca arrogante, lo mismo que el desaliño producto de correrías y escondites inhóspitos.

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Éste es el verdadero Indiana, y no el doctor Henry Jones Jr. que, al estilo de un Clark Kent, debe ocultarse de vez en cuando bajo un traje de tweed, pajarita, gafas pasadas de moda y diplomática raya en el pelo. Lo curioso es que ni aún así pierda la admiración de las damas. Son las feromonas, que diría su compañero Marcus (Denholm Elliott) para bajarle los humos. Indiana es un arqueólogo, un estado norteamericano y el antiguo perro de George Lucas. Empeñado en recurrir a elementos familiares para bautizar a sus personajes, consiguió mantener el nombre pero no el apellido, que evolucionó de Smith a Jones. Pasaron a apellidarse del mismo modo sus padres, Anna –a la que nunca hemos conocido, fallecida antes de la época de la primera entrega– y Henry Sr. –encarnado por Sean Connery en “La última cruzada” (1989), donde se recupera la anécdota de un perro llamado Indiana–. Hasta ahora, lo fácil, la imaginación que vuela libre mientras no hay contratos ni plazos de por medio. Los retos surgieron al plasmar el concepto sobre carne y hueso. Lucas y Kaufman se habían remitido a las ilustraciones de las portadas pulp y de viejas novelas gráficas de aventuras para esbozar los primeros diseños que mantienen un parecido casi mimético con la versión definitiva.

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Por su parte, Spielberg aireó su fervor por el cine clásico estableciendo una comparativa entre Indiana y el Humprey Bogart de “El tesoro de Sierra Madre” (1948) –con quien podría decirse que comparte tanto aspecto como destino, amén de retorno este año para el primero y 60 aniversario para el segundo–. ¿Y qué doble de Bogie circulaba por el mundillo a finales de los setenta? Para Spielberg estaba claro: Harrison Ford. Pero Lucas, un poco harto de su careto tras “American Graffiti” (1973) y “La guerra de las galaxias”, puso cara de pena a fin de abrir un abanico más exhaustivo. Como siempre hacemos, a elucubrar un poquito con las descabelladas propuestas que hubiesen estropeado –o eso me parece, pero quién sabe– uno de los iconos sexuales de los ochenta. Nick Nolte, John Shea, Tim Matheson, Nick Mancuso, Peter Coyote o Tom Selleck, en especial este último, que abandonó el papel por cumplir su compromiso con la serie de televisión “Magnum P.I.” En contrapartida, Ford ya había cultivado buena experiencia en roles descarados que le ayudarían a facilitar la imagen del personaje de cara al público. Sería exagerado admitir que era –uy, es– el mejor actor para el papel, simplemente su bonhomía consiguió compenetrarse con los requisitos del protagonista y equiparar sin segundas posibilidades rostro de intérprete y héroe.

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Algo que no sucede con otros protagonistas de sagas, como James Bond o Jack Ryan. Sin embargo, Harrison Ford no ostenta el monopolio de Indy: tanto sus múltiples dobles –Vic Armstrong, Martin Grace, Terry Leonard– como su versión juvenil –River Phoenix en “La última cruzada”– aparecen en la trilogía. A los que hay que sumar sus imberbes álter ego en la teleserie “Las aventuras del joven Indiana Jones” –emitida en la década de los noventa, aunque en un principio Lucas se planteó que su historia fuese directamente a la televisión y no al cine–: Sean Patrick y Corey Carrier, y George Hall en su versión anciana en la misma serie. Aún así, en la mente de todos se encuentra en edad madura, el más querido, el que por memoria colectiva pertenece a todos –excepto a los Hombres G–. ¿Y quién es más padre biológico de Indy? Su fobia representativa, las serpientes, no es compartida por Harrison ni por Spielberg, sí por Lucas. ¿Hacen falta más coincidencias…?

En las imágenes: En primer, tercer y cuarto lugar, fotografía de rodaje, ilustración y pruebas de Tim Matheson y Tom Selleck extraídas de “Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. Todos los derechos reservados. En segundo lugar, sombras de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y el tráiler de “El reino de la calavera de cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures, Lucasfilm, Amblin Entertainment y Santo Domingo Film & Music Video. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Mayo 2008

Mayo arranca con todos los preparativos para recibir con los brazos abiertos a Indiana Jones –aunque sólo sea para consolarlo del tortazo que puede meterse tras tan ¿prescindible? regreso… Rezamos porque no sea así, el nuevo tráiler pinta bien y en breve repasaremos aquí sus aventuras previas para refrescar la memoria y curarnos de escepticismo–. Sea una de las jugadas maestras de George Lucas o no, el caso es que eso de vender una película sin que el éxito o batacazo de su estreno importe lo más mínimo ya viene de lejos. Si “La guerra de las galaxias” (1977) inauguró la repudiada vertiente de producciones-vende-muñecos –pero ya quisiéramos nadar en la pasta de Lucas, y emplearla en retocarse la papada, que ya toca…–, en cuanto una nueva oportunidad se presentase el magnate, éste no iba a dejarla de lado. Y porque la rodó antes, que si no ahora algún coleccionista tendría en sus estanterías los coches de “American Graffiti” (1973). Yo me pido el camioneto de Harrison Ford.

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Podría decirse que Spielberg ostenta la paternidad suprema de Indy, pero su amigo Lucas le tendió una mano presta en esto del merchandising –como comentaba hace poco mi compañera Tònia, la clave para hacer picar a los fans–. Por eso, antes de reeditar dvd’s, fabricar Lego® –que también articularon a la saga “Star Wars”– y demás objetos con logos reconocibles de “El reino de la calavera de cristal” (2008), deberían recuperarse los juguetes que han acompañado a la trilogía. En empireonline ofrecen una galería bastante curiosa de los productos que hicieron dinero con “En busca del arca perdida” (1981), “El templo maldito” (1984) y “La última cruzada” (1989), desde los típicos muñecos articulados –no se pierdan el Ken-Indy, ideal para hacérselas pasar canutas a Barbie, a lo Kate Capshaw– hasta juegos de mesa, pinballs, peluches y… ¡un Mr. Potato! Tendrían que inventar unos Reyes Magos sólo para cinéfilos. Al igual que Cary Grant, me siento rejuvenecer. A calentar motores como Shia LaBeouf imitando a Marlon Brando en “Salvaje” (1953).

En la imagen: Muestras del merchandising de Indiana Jones - Copyright © 2008 Empireonline. Todos los derechos reservados.

Jueves 24 Abril 2008

Se ha cumplido una de las fantasías de la toonfilia, esa atracción irracional que luce la misma locura que cualquier otra filia de índole sexual –es broma, hombre, que resulta muy sano verle el punto a, por ejemplo, un pez digital porque se da un aire a Will Smith–. Tal vez no sea del todo justo incluir a Jessica Rabbit en esta categoría. La curvilínea, esbelta, misteriosa, y cuantos más adjetivos libidinosos puedan asociarse a un dibujo animado, esposa del protagonista de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), acaba de dar el salto al mundo terreno. Y no bajo las formas de Kathleen Turner, su dobladora oficial, o de Amy Irving –vista en “Desmontando a Harry” (1997) o series como “Alias”– que le prestó la voz en los números musicales. Un tipo manitas en esto de los programas fotográficos se dedica a colgar en su web versiones carnales de conocidos personajes.

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Y la de Jessica Rabbit, más que aproximarse a la femme fatale Veronica Lake que parecía su inspiración, despierta un tanto mucho de sorpresa. Los rasgos de un cartoon encuentran sentido en la exageración de lo humano, por lo que mantener esos enormes párpados, el cuello de maniquí, las orejas picudas y los labios de picota supone un resultado ambivalente… Tan respetuoso con el original como increíble. Una Angelina Jolie alienígena, más propia de una parodia de Burton que de un clásico Zemeckis. La verdad es que el resto de las composiciones de esta web provocan escalofríos parecidos. Aunque sólo sea porque, seguramente, en alguna parte del mundo alguien estará exclamando ante la encarnación de Homer Simpson: «¡Eh, se parece a mi primo!»

En la imagen: Montaje de Jessica Rabbit Copyright © 2008 Pixeloo. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Abril 2008

Se descuelga el auricular y una voz rasposa por el tabaco dice: «Te he encontrado». Como no hay dos sin tres, tampoco habrá femme fatale sin alguien que le remuerda la conciencia, ni un gángster sin que la misma persona le recuerde el sonido de los grilletes: el detective. No se trata de un triángulo amoroso –a veces sí, cuando la dama es lo suficientemente interesante–, pero los tres personajes han fundado una tríada imprescindible en el cine negro y derivados. Sin embargo, los modos del detective llegan a ser más impredecibles: vive entre un cristal rugoso con su nombre rotulado que lo separa de los demás y enormes ventanales que le ofrecen panorámicas reveladoras de la ciudad. Es un silencioso espectador del comportamiento humano porque su misión consiste en hacer cantar a los sospechosos. O a un pájaro, como el archiconocido Sam Spade de “El halcón maltés” (1941), aunque muchos crucen su nombre con el de otro notable investigador, Philip Marlowe (“El sueño eterno”), por poseer ambos el rostro de Humphrey Bogart.

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Su álter ego más renombrado, eficaz quizá, aunque otros como Dick Powell (“Historia de un detective”), Robert Montgomery (“La dama del lago”), James Garner (“Marlowe, detective muy privado”), Elliot Gould (“El largo adiós”) y Robert Mitchum (“Adiós, muñeca”) se encargasen del mismo rol en producciones cada vez menos avaladas por los años dorados de Hollywood. Mientras que el gángster y la femme fatale han encontrado sus evoluciones –así, a lo pokemon–, adaptadas a los nuevos tiempos, el detective salvaguarda una aureola demodé, su misma esencia se encadena sin remedio a actitudes nostálgicas. No en vano es él quien debe restituir el orden, cortar el grifo del alcohol ilegal y el contoneo de las mujeres suntuosas. Enfrascado en sí mismo y en su idea de cómo debería ser el mundo, en su gabardina, el bloc de notas y las pruebas que almacena en los bolsillos sin bolsa de plástico reglamentaria, el detective desempeña la función que ya a nadie interesa. ¿Ser el chico bueno? ¡Bah! Con el tiempo han ganado en humor –aunque ya encontramos buenos ejemplos en el inspector Clouseau de la saga de “La pantera rosa” y en Nora y Nick Charles, protagonistas de otra saga, “The thin man”–.

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Además, han conquistado el terreno televisivo, medio ideal para la fragmentación de sus aventuras y que ejemplifica la nueva imagen detectivesca: dura, rigurosa, institucionalizada, orgullosa de pertenecer a la CIA o al FBI –desde “Colombo” o “Twin Peaks” hasta “Expediente X” o “Ley y orden”, que no tienen demasiado que ver con antiguas series sobre el tema, como “Dick Tracy”, “Perry Mason” o “El detective cantante”–. En realidad, el problema del detective clásico es que está en el paro. Ahora todos imitan su papel: los médicos, los forenses, los adolescentes, las amas de casa, los periodistas –intrusión ya representada en “Alarma en el expreso” (1938)–. ¿Quién quiere a Sherlock Holmes o a Guillermo de Baskerville? ¿Alguien echa de menos a Jake Gittes? La reciente teleserie “Life on Mars” ha demostrado que están de moda otros tiempos, unos setenta ágiles y sin tabúes, donde el detective es la estrella y no la causa de la inquietud –caso de “La sombra de una duda” (1943), “Sabotage” (1936), “La dama desconocida” (1944), “Obsesión” (1943)–.

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Ya no se trata de manejar asuntos discretos en mansiones de ricos que se aburren, sino de pelear la calle, las de “En el calor de la noche” (1967), “Shaft” (1971), “Harper, investigador privado” (1966), “El silencio de los corderos” (1991), “Sin City” (2005) o “American gangster” (2007). El espíritu de Dashiell Hammett o Raymond Chandler sólo resucita en eventuales cintas de época demasiado impostadas –“El hombre que nunca estuvo allí” (2001)–, parodias –“Sleepy Hollow” (1999)– o sorprendentes actualizaciones –“El gran Lebowsky” (1998),  “Brick” (2005)–. Una indefinición a caballo entre la impasibilidad del detective del neo noir francés –“Detective” (1985), “El silencio de un hombre” (1967)– y la férrea escala de valores del viejo investigador privado –Charlie Chan, Miss Marple, Poirot, Michael Shayne–. En los tiempos que corren, las dudas carcomen las apariencias –“Brigada 21″ (1951), “Mystic River” (2003)– y al detective no le queda más credibilidad que la de su placa –de no haberla perdido– y las pruebas. Lástima que éstas las abandonase alguno en la barra de un club del Chicago de los 30. Habría que llamar a Scooby Doo y su Mistery Machine –los de dibujos sesenteros, por supuesto– para intentar ponernos en contacto con el Más Allá y que resuelvan el misterio de esos detectives huidos para siempre.

Anteriormente:

En las imágenes: Fotografía promocional de “La cena de los acusados” - Copyright © 1934 Cosmopolitan Productions y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotogramas de “La pantera rosa” - Copyright  © 1963 Geoffrey Productions Inc. y The Mirisch Corporation. Todos los derechos reservados. “Chinatown” - Copyright © 1974 Long Road, Paramount Pictures y Penthouse. Todos los derechos reservados. Imagen promocional de Charlie Chan - Copyright © 1944 Monogram Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Fotogramas de “Harper, investigador privado” - Copyright © 1966 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Sin City - Copyright © 2005 Miramax International, Dimension Films y Troublemaker Studios. Todos los derechos reservados. Y “Shaft” - Copyright © 1971 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Shaft Productions Ltd. Todos los derechos reservados.

Sábado 5 Abril 2008

El complemento más codiciado por una femme fatale –eso como excusa para no reconocer que son ellas las complementarias– es un tipo bien trajeado, tan fumador como ella para que ambos se pasen desapercibidos mutuamente, de bolsillos llenos –y no de pañuelos para socorrerla en sus llantos– y nombre rimbombante. Colgarse del codo de un gángster puede parecerse a pasear un bulldog, aunque el perro tenga collar de diamantes y haga sus necesidades sobre alfombras rojas… La pareja resulta inflamable y él es el mechero. No lo negaría ni Tony, el líder de “Los Soprano” que recuperaron para la pequeña pantalla esa esencia perdida hacía varios años en las salas de cine. Entre la nostalgia retro y la crudeza con sorna, un mundo de oro, chándales con tacones y comida rápida. Ellos –y ellas– encarnaban una vertiente de mafia próxima a la generación de los setenta. El término mafioso puede y suele asociarse al gángster, aunque éste no tenga nada que ver con los matones –que trabajan para él– o los pandilleros de calle, los que no lucen sombrero ni metralleta.

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Vale, la familia Soprano tampoco, pero desde “El padrino” (1972) hasta “Uno de los nuestros” (1990) han aprendido a pasar desapercibidos, a enmascararse en otro tipo de ostentación más aristocrática, con toda la ironía que esa realidad lleva encerrada. Hombres que quisieran ser el ’Noodles’ de “Érase una vez en América” (1984) y que no les gusta ver en el espejo las cejas de Scorsese o la barba de Coppola juzgando sus decisiones. Por eso Tony, cuando le entraba la morriña, encendía la televisión para revisar un viejo clásico, y se reía y lloraba con escenas que a nosotros, ajenos a la mafia, nos provocan sensaciones muy distintas. Su predilecta, “El enemigo público” (1931), y su buen criterio se entrevé en la identificación con James Cagney, ese gángster olímpico al que Bogart llamaba “champiñón” en los rodajes. “Al rojo vivo” (1949), “Ángeles con caras sucias” (1938) o incluso el semi-musical con Doris Day “Quiéreme o déjame” (1955) bastarían para darle en los morros a Bogie, otro gángster habitual antes de redimirse durante la guerra, y que en “Callejón sin salida” (1937) se hacía llamar… Baby Face –chiste doble porque por aquella época corría el rumor de que los anuncios de una marca de potitos usaban un retrato suyo de bebé–.

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Quizá Cagney le gustase menos a Tony en “Los violentos años veinte” (1939), porque bebía leche durante la Ley Seca y la incoherencia es el peor estigma de un buen mafioso –como lo de ir al psicólogo, que también se explotaría en “Una terapia peligrosa” (1999) y secuela–. Por fortuna, su sentido del humor permitía que en la serie se colasen películas que se toman al gángster a pitorreo, como “Nacida ayer” (1950), a la que podríamos añadir la muy similar “Dama por un día” (1933), “Con faldas y a lo loco” (1959), “Cantando bajo la lluvia” (1952), “Pistoleros de agua dulce” (1931), “4 gangsters de Chicago” (1964), o “Bola de fuego” (1941), donde la leche la bebía –y recibía– el ‘bueno’. El tazón de helado se bambolea sobre su enorme barriga a costa de unas carcajadas que se esfuman pronto. Tony quiere ser Al Capone –serigrafiado en “Scarface” (1932), éste en “El precio del poder” (1983), también en “Los intocables de Eliot Ness” (1987)–, Little Caesar“Hampa dorada” (1931), clásico que por cierto no gusta a Scorsese–, Jack Carter –Michael Caine en “Asesino implacable” (1971)–, y tener una amante como “Gilda” (1946) o “La chica del gángster” (1993).

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Menos favorecidos los retratan en las negras “Atlantic city” (1980), “El largo Viernes Santo” (1980), “Underworld USA” (1961), o en las luminosas “El golpe” (1973) o “Amor a quemarropa” (1993). Los tiempos de la atmósfera gris y la beldad de melena rubia han pasado… para dar paso a lo mismo. Más renovados –“Layer cake” (2004), “Snatch” (2000), el díptico de Cronenberg– o estereotipados –“Dogville” (2003), “Camino a la perdición” (2002)–, cada vez más obvia su ambigua personalidad –“Muerte entre las flores” (1990) o “Donnie Brasco” (1997)–, tanto desdoblamiento convierte en perentoria la cita con la terapeuta. Y eso que Tony seguramente no conozca a sus compadres del polar francés –“No tocar la pasta” (1954), “Hasta el último aliento” (1966), “Mafia, yo te saludo” (1965)– y a los John Woo o Kitano que ensangrientan las urbes orientales. Por definición cinematográfica, el gángster tendrá su patria en Chicago o Manhattan. Después de años de férreo control sobre Jersey, no había mejor recompensa para Tony que los muelles de Nueva York.

Anteriormente:

En las imágenes: Fotografía promocional de “Los Soprano” - Copyright © 1999-2007 Home Box Office (HBO). Todos los derechos reservados. Fotogramas de “The West Point story” - Copyright © 1950 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Al rojo vivo” - Copyright © 1949 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos serservados. “Scarface” - Copyright © 1932 The Caddo Company. Todos los derechos reservados. “El Padrino. Parte II” - Copyright © 1974 Paramount Pictures y The Coppola Company. Todos los derechos reservados.

Viernes 4 Abril 2008

Hollywood, la fábrica de sueños. Sueños, pasto de diván psicoanalítico. Psicoanálisis, fundamento de manual. Mediante un procedimiento parecido, los soñadores de la meca del cine llegaron a la conclusión de que sus fantasías sin límites aparentes también necesitaban una guía de manejo. Así, más por praxis que por vía académica, se fueron moldeando las piezas maestras del cine clásico: los arquetipos. Aunque el peso literario y teatral previo tiene mucho que ver en el asunto, no es menos cierto que algunos personajes han logrado una consistencia cinematográfica que determina las asociaciones visuales inmediatas. Por ejemplo, salir de discotequeo –o a hacer unas fotocopias, lo mismo da– y toparse con una mujer imponente y rostro pérfido. Ahí está, la femme fatale. Constan en los anales de la Historia más ejemplos reales de este arquetipo que habas en un huerto, pero su aura es tan poderosa que prácticamente ha dado pie a un género propio. Recuerden, si no, la obra homónima de Brian de Palma (2002), aunque el ñoño de Colin Firth protagonizó en 1991 una película de mismo nombre y en los remotos 1912 y 1917 ya existieron cintas mudas francesas bajo ese título.

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Las mejores no se exponían desde el titular como unas facilonas, sino agazapadas en un cast de campanillas o junto al nombre de una completa desconocida. Su apariencia lo indica: el flequillo en ondas ocultando medio rostro, los tacones sigilosos, el pulso inerte al sostener la copa y los labios que sólo se despegan para dar otra calada al cigarrillo, con o sin boquilla. Porque de boquilla iban algunas para luego derretirse ante cualquier presto mechero –o fósforo, según el mozo y la época–. Lo que le pasó a Lauren Bacall en “Tener y no tener” (1944) y “El sueño eterno” (1946), pero es que a Bogie no había lagarta que le cambiase el gesto, como a Russell Crowe con Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997). Se olvidaron de seguir el ejemplo de Phyllis (Barbara Stanwyck) en “Perdición” (1944), que sabía engatusar al más listo con sólo el tintineo de su tobillera dorada, un rol de altura al que sólo se aproximaría Martha Ivers –“El extraño amor de Martha Ivers” (1946)–, aunque llegados a este punto no se debe confundir a la femme fatale con la mala pécora. Huelga decir que de la segunda categoría hay muchas más y que no tienen preferencia por un género concreto, como las primeras y el cine negro.

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A pesar de ello, su halo de influencia resulta tan notable como una buena mafia organizada, por lo que pueden encontrarse especímenes en películas tan dispares como “La máscara de Fu-Manchú” (1932) –Myrna Loy tenía esos rasgos de gata en celo que provocaban escalofríos hasta cuando hacía de apacible ama de casa– o toda saga que se precie, como Bond –desde Pussy Galore en “Goldfinger” (1964) a Vesper Lynd en “Casino Royale” (2006)– o Indiana Jones –la doctora Schneider, una Veronica Lake nazi en “La última cruzada” (1989)–. Las de tomo y lomo –nunca mejor dicho, pues la mayoría proceden de inspiraciones novelescas– se esconden tras nombres elegantes o  infantiles, cuando no bajo capuchas o entre brumas preparadas de antemano –a costa de un cáncer de pulmón y un equipo de ayudantes de realización dándole al fuelle–:  Brigid –Mary Astor en “El halcón maltés” (1941)–, Kathie –Jane Greer en “Retorno al pasado” (1947)–, Evelyn –Faye Dunaway en “Chinatown” (1974)–, Cora –Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces” (1946)–.

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Elsa –Rita Hayworth en “La dama de Shanghai” (1947)–, Rachael –Sean Young en “Blade Runner” (1982), a falta del baile viperino de Zhora (Joanna Cassidy)–,  Julie –Catherine Deneuve en “La sirena del Mississippi” (1969)–, Joyce –Veronica Lake en “La dalia azul” (1946)–, Vera –Ann Savage en “Detour” (1945)–, Helen –Claire Trevor en “Historia de un detective” (1944)– o Ellen –Gene Tierney en “Que el cielo la juzgue” (1945)–. Los nidos de víboras no requieren ecosistema específico, y continuarán creciendo allá donde haya hombres –animadas en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), carnales en “Fuego en el cuerpo” (1981) o “Instinto básico” (1992), retorcidas en “La última seducción” (1994), vikingas en “El gran Lebowsky” (1998), poco creíbles en “La dalia negra” (2006), denigradas en “Munich” (2005), juveniles en “Brick” (2005)–. Ya saben cómo son los síntomas: embelesamiento, necesidad de retroceder la pista para entender diálogos que se han pasado por alto, compasión por el personaje hasta en su caída más humillante. Ay, si dieran un dólar por cada picadura de femme fatale

En las imágenes: Fotografía promocional de “Perdición” - Copyright © 1944 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “La dalia azul” - Copyright © 1946 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Goldfinger” - Copyright © 1964 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “L.A. Confidential” - Copyright © 1997 Monarchy Enterprises B.V., Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures y The Wolper Organization. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de Myrna Loy - Copyright © 1932 George Hurrell-MPTV. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La sirena del Mississippi” - Copyright © 1969 Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés, Lopert Pictures Corporation y Produzzioni Associate Delphos. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Tener y no tener” - Copyright © 1944 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Retorno al pasado” - Copyright © 1947 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 31 Marzo 2008

El arma más poderosa del cinéfilo, cinéfago o etiqueta que se antoje es precisamente su amor desmesurado. El mismo que conduce a escoger películas que otros enseguida pasarían por alto o cuyo simple título provoca una hilaridad unánime. Como todo sentimiento poderoso, el riesgo de darse un buen batacazo se duplica, y esas cintas inocentes, de limitados recursos y para las cuales el tiempo no ha sido el mejor aliado suponen tanta empatía como tristeza. El terror clásico ofrece algunos de los mejores ejemplos, pues si ya de por sí obras ’serias’ están hoy perjudicadas de muerte, los subproductos que nacieron de su fantasmagórica estela agonizan de una forma que da pena. “La zíngara y los monstruos” (1944), de Erle C. Kenton –quien ya había dirigido “El hijo de Frankenstein” (1942)–, sirve de compilación de los componentes esenciales del terror made in Universal, así como de todo lo que no debe hacerse tras el triunfo de unos argumentos entre el público –a pesar de que la tendencia hacia el remix y el potaje de monstruos continúa dando de comer a muchos… creadores–. El Hombre Lobo, Frankenstein Drácula, estrellas de sus respectivas joyas individuales, caen en el mismo guión según la regla no escrita que insta a sumar lo que por separado otorga pingües beneficios.

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El cine no es matemático, y la acumulación redunda en algo insuficiente e incoherente, que transmuta lo reconocible en lugar común. Porque a las tres criaturas se unen el científico loco, el ayudante jorobado, la zíngara, la turba popular con antorchas en ristre y una trama escuálida, falta de ritmo. Es más, en vez de asistir a un curioso combate y/o alianza tripartita, el primer tramo recupera sólo a Drácula, como un pequeño corto de herencia Stoker que se ha unido al resto del metraje. Incluso la conclusión de esa mini-historia se realiza mediante un abrazo de enamorados y un fundido a negro, por lo que continuar las andanzas del doctor chiflado en lugar de colgar el The End requiere un nuevo esfuerzo, como toda narración episódica. Sin embargo, Frankenstein y el Hombre Lobo sí actúan a la par –los dos congelados en una cueva de hielo que se mantiene intacta bajo un prado reseco, enigmas de la naturaleza–, aunque el primero viva la persecución de siempre y el segundo desempeñe la función romántica requerida. El único tópico incumplido es el de los intérpretes: el director ni siquiera contó con los actores de “El hijo de Frankenstein”, lo cual revela la escasa decisión creativa en estos productos, y sustituyó a Bela Lugosi por un soso John Carradine en la piel del vampiro, y Boris Karloff se encargaba del científico mientras un desconocido Glenn Strange se atornillaba a lo Frankenstein.

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Lon Chaney Jr., hijo del maravilloso Lon Chaney, sí repetía el Hombre Lobo que inmortalizó en 1941, aunque apenas tenga unos planos caracterizado como tal en toda la película. Engarzados, todos ellos componen un planteamiento atractivo, una cita mágica para el aficionado al terror clásico, y que por desgracia se derrumba como esos escenarios de cartón piedra que ya han perdido todo rastro expresionista –sólo se salvaría la vampirización mostrada mediante sombras, aunque los torpes efectos especiales no pulan la idea–. ¿Vale más esta mezcolanza de serie B que, por ejemplo, la parafernalia “Van Helsing” (2004)? En caso afirmativo, ¿cuál es el criterio que lo decide? ¿Tan sólo la nostalgia? En términos cualitativos, no hay duda de que en muestras más recientes la puesta en escena e, incluso, algunos enredos e interpretaciones se han reformado para bien, aunque se tomen demasiado en serio a sí mismas. La diferencia, quizá, estribe en la risa: uno se ríe de los nuevos y con los viejos. O eso o el amor cinematográfico tiene una capacidad de perdón infinita.

En las imágenes: Fotogramas de “La zíngara y los monstruos” - Copyright © 1944 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 28 Marzo 2008

La noticia que ha aupado a Steven Spielberg y Peter Jackson en el proyecto de adaptar los tebeos de Tintín mediante la motion capture –técnica experimentada por Robert Zemeckis en producciones infantiles, como “Polar Express” (2004), o adultas, como “Beowulf” (2007)–, está despertando controversias infundadas. La idea de escoger actores de carne y hueso para encarnar al famoso periodista-detective-metomentodo, al capitán Haddock, al profesor Tornasol o a los clones Hernández y Fernández no es original de este par de monstruos del blockbuster, y aunque las decisiones de cast siempre resultan delicadas –es más, los primeros nombres que han surgido para esta nueva versión me provocan no pocas reticencias–, en 1961 alguien ya asumió el riesgo. Hoy olvidada en beneficio de las cintas animadas que respetaban fielmente, en diseño y argumentos, las aventuras nacidas de la pluma del belga Hergé, “Tintín y el misterio del Toisón de Oro”, de Jean-Jacques Vierne, asignó rostros reales a tan míticos personajes. La afrenta, de un equipo de franceses –sacre bleu!, que diría un compatriota de Hergé, Hercule Poirot– no empleó ningún tomo previo, sino una trama cien por cien inédita, para iniciar una andadura… muerta al instante.

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La iniciativa no cuajó y sólo se rodó una secuela, “Tintín y el misterio de las naranjas azules” (1964), aunque la producción desvelaba unos rasgos muy próximos a las populares producciones Disney tan en boga durante la década, como “El extravagante doctor Dolittle” (1967) o “Mary Poppins” (1964). Claro que su éxito reposaba en esmeradísimas bandas sonoras que no podían aplicarse al universo Tintín –con excepción de La Castafiore–. La falta de medios técnicos disponibles en Hollywood –rodada en Eastmancolor, sistema de peor calidad que el Technicolor– y las caras desconocidas –su protagonista, Jean-Pierre Talbot, descubierto en una playa de Ostende, no actuó en más películas–. El exotismo de –falsos– parajes de América Latina, un objeto misterioso –el barco que da pie al título–, tesoros ocultos y enfrentamientos con grupos secretos garantizaron la continuidad del método Tintín, aunque el resultado choque frontalmente con los recuerdos bidimensionales del lector. ¿Conseguirán Spielberg-Jackson subirle los colores al héroe sin que se sonroje asimismo el espectador? Por lo menos no les resultará difícil superar el espíritu naïve de los sesenta, esa década en la que, con tal de abofetear la televisión, todo valía.

En la imagen: Fotogramas de “Tintín y el misterio del Toisón de Oro” - Copyright © 1961 Alliance de Production, Téléfrance y Union Cinématographique. Todos los derechos reservados.

Miércoles 26 Marzo 2008