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Viernes 20 Junio 2008

Como cada año, el American Film Institute, cuyos trabajadores deben de ser los más afortunados del mundo porque sólo parecen dedicarse a recoger votos sin que en el recuento salgan vencedores y vencidos; dicha institución, decía, acaba de sacar a la luz su enémisa lista. En esta ocasión pretenden clasificar lo mejor del cine comercial estadounidense del siglo XX en diez apartados, olvidándose de importantes géneros como el musical y dando importancia a otros menores, aunque bien queridos en su país, como el cine de tribunales, si es que una etiqueta así puede llegar a sonar bien. Las elegidas, tan tópicas como insorteables en cualquier clasificación que se precie, ofrecen poco margen de debate, ya que los listados del AFI se repiten anualmente con escasas variaciones. En el cine de animación encabeza “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), y la siguen otras nueve películas de la factoría Disney y Pixar, con la sola mención de “Shrek” (2001), de la Dreamworks.

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En comedia romántica, despunta una opción clásica, “Luces de la ciudad” (1931), seguida por los títulos más significativos de Cukor, Wyler, CapraMeg Ryan y “Harold y Maud” (1971), una cinta que fue repudiada en su estreno por los mismos críticos que ahora la aplauden. En cuanto al western, la primera es, cómo no, “Centauros del desierto” (1956), junto a lo más destacado de Hawks, Peckinpah, Eastwood o George Stevens, aunque entre ellas se cuele… ¡“La ingenua explosiva” (1965)!, una de esas comedias de saloon al servicio de Jane Fonda. En deportes, un género que sólo saben cultivar los norteamericanos, prima “Toro salvaje” (1980) antes de variadas cintas de boxeo, ciclismo, equitación, billar, fútbol, béisbol y baloncesto. Porque es inglesa, de otro modo no se entiende que “Carros de fuego” (1981), a pesar de que se trata de una infumable película, no esté entre las favoritas de los especialistas. Leer más >>

Viernes 13 Junio 2008

Y el sueño desapareció. Los muertos no reviven, los superhéroes se rompen y los extraterrestres escupen sobre la bandera blanca. M. Night Shyamalan se vuelve aún más pesimista, en sentido proporcional a los duros varapalos que recibe, tanto por parte de crítica y público, a costa de sus dos últimas producciones, “El bosque” (2004) y “La joven del agua” (2006). Relatos de estructura folclórica e infantil, rellenos de un contenido agrio que choca de lleno con el espíritu naturalmente romántico del director. Los misterios pierden cada vez más importancia y se antepone el plano de sensaciones anímicas y audiovisuales que no satisface del todo a quienes siguen buscando el final de “El sexto sentido” (1999) o la intensidad dramática de “Señales” (2002). Comprendo su aburrimiento tanto como la fascinación de quienes encuentran en ellos hermosas metáforas, nada rimbombantes, de la contrautopía que poco a poco ha escalado en el imaginario del director.

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“El bosque” se puso a sí misma las cosas difíciles con una ambientación de época, en el campo de Pennsylvania, muy poco atractiva para el público joven, además de un subtexto político obvio, pero al que muchos críticos dieron excesiva importancia. El miedo se hace más explícito –el diseño de los monstruos, como sucedía en “Señales”, tampoco resulta muy acertado– y la atmósfera se carga de amenazas eléctricas y neblinosas, al estilo de “Cumbres borrascosas” (1939), que invocaba el propio director, pero también de películas con poblados inquietantes como “El hombre de mimbre” (1973), “Un cuento de Canterbury” (1944), “El doctor Frankenstein” (1931), “El cuervo” (1943) o, incluso, “El espíritu de la colmena” (1973), si Shyamalan conoce el clásico español. El reflejo oscuro y perverso de la ídilica paz en la que viven los habitantes de “Brigadoon” (1954) o “¡Qué verde era mi valle!” (1941), un tradicional cuento de convivencia apacible rota por un elemento perturbador que representa muchos temores del subconsciente. El problema es que dicha atmósfera de época sabe a añejo para la renovación de una monster story al uso, aunque después se revele como un rasgo necesario para el alma de la historia. Leer más >>

Miércoles 11 Junio 2008

«Hay 35 páginas y 124 ilustraciones en un cómic corriente. Un sólo número puede costar entre 1 y 140.000 dólares. Cada día se venden en Estados Unidos 172.000 cómics. Más de 62.780.000 cada año. El coleccionista medio tiene 3.312 cómics e invertirá aproximadamente un año de su vida en leerlos.» A veces la estadística sirve para algo: para sustentar una película que analiza el fenómeno de los superhéroes norteamericanos desde una perspectiva que sustituye el espectáculo por el verdadero significado de estos modernos iconos culturales. Dicho párrafo introduce a “El protegido” (2000), la decisión de M. Night Shyamalan de no rehacer lo andado, a pesar de que continuasen exigiéndole la sorpresa revelatoria que, en este caso, constituye uno de los mejores ejemplos del director al no apostar por el giro argumental, sino por las dolorosas verdades. Y lo que tiene más mérito, plantearlo antes del 11-S, la fecha que después puso a tiro la crítica situacionista en relación a las películas de Shyamalan. Antes ya era político, porque serlo es tener en cuenta la doble moral de su país de acogida, aquélla que no cambió tras los atentados de las Torres Gemelas.

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La idea para “El protegido” nace un par de años atrás, durante el rodaje de “El sexto sentido” (1999), o bien debería decir muchos años atrás, cuando Shyamalan era un pequeño y ávido lector de historietas. Al igual que Elijah Price (Samuel L. Jackson), personaje afectado por la rara pero real enfermedad osteogénesis imperfecta, que hace que sus huesos se rompan fácilmente, y que halla en las páginas de los cómics un mundo de respuestas, también el cineasta quiso plantearse el motivo de la atracción por los prototipos del superhéroe y el villano, las causas de su invención/existencia entre hombres corrientes. El guión de la película constituye la primera parte de otras dos que fueron deshechadas por Shyamalan, de ahí la pregunta recurrente de muchos periodistas acerca de si podría completar una trilogía. No parece ésa su intención, ni sería coherente con el espíritu opuesto a las grandes sagas de héroes DC –y Action Comics, homenajeados de forma explícita– o Marvel en la gran pantalla. Aunque ahora está de moda profundizar, sobre todo en clave humorística, en los superhéroes que descubren o recuperan sus poderes, la película se ahorra las tradicionales lucha contra el mal y pelea contra el malo. Leer más >>

Martes 10 Junio 2008

M. Night Shyamalan, hasta la fecha, no ha repetido subgénero, y a pesar de que el impactante éxito de “El sexto sentido” (1999) pudiese haberlo especializado en cintas de terror sobrenatural. Los espectadores fruncían el ceño al oír su nombre, pocos especialistas recordaban “Los primeros amigos” (1998) más que como un título olvidable, pero ambos grupos se empezaban a preguntar quién era ese joven indio capaz de revolucionar las salas de medio mundo. De la nada absoluta a las reverencias de la crítica, las seis nominaciones al Oscar® –no se llevó ninguno, pero sí el mérito de ser la tercera producción de horror, tras “El exorcista” (1973) y “Tiburón” (1975), en competir por el premio a la Mejor Película–, y, especialmente, el agradecimiento de los fans que veían revitalizarse al género. Y de qué forma: desde ese momento, pocas historias de suspense fabricadas en Hollywood –y fuera de él– han prescindido del famoso twist final, muleta que a estas alturas sostiene a relatos de cojera curada de disimulo.

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Sólo hay que comprobar cómo la promoción de “Los Otros” (2001) en Estados Unidos se vio resentida por los enormes parecidos con el taquillazo de Shyamalan. Pero todo ídolo de barro presenta las huellas de quienes lo fueron moldeando. Los referentes del director a la hora de concebir “El sexto sentido” fueron asimilados mediante un lenguaje elegante y moderno, un estilo que se transformaría en marca de la casa junto a sus obsesiones ya comentadas. La peor, en sentido práctico, de todas ellas: el giro que impone una relectura de los acontecimientos, una sucesión de fogonazos-flashback en la mente de protagonista y espectador que convierten el primer visionado en una experiencia única y los siguientes en un juego donde se conoce la trampa. Eso con suerte y si nadie ha revelado de antemano la tecla de la discordia: yo, como tantos otros, fui una de las perjudicadas por el fenómeno boca-oreja revienta-argumento de “El sexto sentido”, de modo que esa sensación la perdí para siempre –y sin ánimo de sonar fatalista…–. Leer más >>

Miércoles 26 Marzo 2008

Antes de que el amadísimo y poco amantísimo Dr. House remodelase el mito a golpe de vicodina, bastonazo y The Who, otros espabilados creadores se percataron de la efectiva ecuación narrada por Arthur Conan Doyle: una personalidad sarcástica, cínica, introvertida y a ratos misógina podía tender un eficaz oleoducto entre dos ámbitos antitéticos, el misterio más popular y las altas esferas sociales y policiales del Londres de Jack el Destripador. Sherlock Holmes es, en cada uno de los relatos más o menos extensos de su colección, el foco principal de tramas rocambolescas y enrevesadas, a veces sagazmente extendidas sobre un vacío dramático o unos débiles errores lógicos, pero de tal modo que la sobreinformación domine siempre el mapa psicológico –al contrario de otros escritores del crimen, como Agatha Christie–. Lo llamativo es que en la casi totalidad de las adaptaciones o apropiaciones que el cine –y ahora también la televisión– ha hecho de este famoso personaje, él haya sido lo único perdurable. La esencia Holmes parece suficiente para que, por ejemplo, una minor como la Universal encargue al director Roy William Neill una serie sobre las novelas de Doyle, condensada en una intensa década de producción.

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Desde los comienzos de un arte tendente a la seguridad de la mímesis, las primeras películas sobre Sherlock se disfrazaron de fieles ejercicios filmados en el blanco y negro de la época victoriana. Como siempre ha de meter la mano un gran nombre para que la serie parezca arrancar del silencio, se suele adjudicar a la Fox el primer éxito del detective: una conservadora versión de “El perro de Baskerville” (1939), que sirvió ante todo para anclar la relación Sherlock-Basil Rathbone, actor heredero de Eille Norwood, quien durante los años veinte se apropió del personaje en una larga lista de cintas mudas, iniciada también con el tópico del sabueso fantasma. La Universal, por aquel entonces estudio especializado en género de terror y misterio, clasificó las aventuras de Sherlock Holmes en una serie B fructuosa, inaugurada por John Rawlins en “Sherlock Holmes y la voz del terror” (1942). Aunque de inmediato William Neill asumiría el mando de su encasillamiento fílmico, ese primer largo auguraba los rasgos específicos de un detective diferente: el anacronismo temporal y formal –las maneras, vestimentas y costumbres de un ser añejo que resuelve casos durante la Segunda Guerra Mundial–.

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La burocracia investigadora que ya no encontraría hueco en dicha época, un cierto carácter impostado en el protagonista, en el que triunfan antes la buena voluntad y amable trato que sus enfermizas adicciones, y un Doctor Watson orondo y algo ramplón –siempre interpretado por Nigel Bruce–. Siempre basadas de refilón en los escritos de Doyle –adaptados primero por Bertram Millhauser, después por Frank Gruber–, el trío arrancó la lenta marcha con “Sherlock Holmes y el arma secreta” (1943), hasta que poco a poco el reclamo se afianzó en el público, dispuesto a la mezcla de humor y thriller, y el nombre del detective desapareció de los títulos, con subsiguientes y sugerentes ejemplos, como “La mujer araña” (1944) o “Vestida para matar” (1946), la última de la saga –aunque Rathbone repetiría rol en varios episodios televisivos y serviría de inspiración para la cinta Disney “Basil, el ratón superdetective” (1986), donde se emplearon viejos audios suyos para dar voz a Holmes–. Los metrajes se ajustaban a un ritmo imparable, a veces cortante, a fin de que los misterios argumentales consiguiesen evadir la mente de la extraña trasposición histórica vivida por el personaje.

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No es fácil entender los métodos y motivaciones de Sherlock Holmes entre casquivanas damas enfundadas en visón blanco, persecuciones automovilísticas y modernos artilugios, desde el teléfono hasta la bomba, que evolucionan en la misma medida en que el 221B de Baker Street parece estancado en unos cánones decorativos fuera de lugar. Divertidas paradojas que acrecientan el interés de una serie poco original, que respeta la fotografía en blanco y negro –también por razones de presupuesto– como tributo a un género que al mismo tiempo tergiversa. El technicolor habría añadido nuevos toques de perversión. ¿La sangre de las víctimas? ¿Holmes acalorándose ante lo esquivo del enigma? ¡Jamás! Mientras el mundo se remodela, se destruye y continúa cayendo en garras de la mala vida a pesar de los castigos ejemplares de las páginas de Doyle, el detective permanece intacto en su funda decimonónica, y sus triunfos clásicos en aventuras más bien propias de Indiana Jones se antojan un triste desajuste antes que una victoria de los métodos tradicionales. Tantos lectores y tantos espectadores para que las cárceles sigan llenas, los misterios atesten los callejones y los pacientes continúen incordiando en las consultas médicas.

En las imágenes: Detalle del cartel, fotograma y fotografía promocional de “Sherlock Holmes contra Moriarty” - Copyright © 1939 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “Sherlock Holmes y la voz del terror” - Copyright © 1942 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Basil, el ratón superdetective” - Copyright © 1986 Walt Disney Feature Animation, Silver Screen Partners II y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 20 Marzo 2008

En un film convencional, es decir, una narración en imágenes de una historia ficticia, el elemento más importante, desde un punto de vista objetivo, es la historia, el argumento. Todo lo demás cuenta, y mucho, pero no deja de ser un conjunto variable de elementos accesorios si los situamos bajo el prisma de su relación con la historia —o, al menos, así debería ser desde la ortodoxia narrativa—. Afortunadamente, no todos los films son convencionales ni se atienen a la ortodoxia narrativa. “Conspiración de silencio” (”Bad day at Black Rock”, 1955) sí lo es, y sí se atiene, pero, aún así, se trata de una película en la que si hay algo que pesa más que la propia acción que en ella se despliega —una acción vibrante, tensa, angustiosa y desarrollada a un ritmo que conjuga magistralmente vivacidad de fondo con quietud de superficie—, o que los actores que encarnan sus roles principales —un elenco de auténtico lujo; apunten, apunten: Spencer Tracy, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Lee Marvin, Walter Brennan…— es la atmósfera.

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Una atmósfera que se logra a base de combinar la desolación y claridad de los espacios exteriores —ominosos en su inmensidad desértica, bajo un cielo de un azul al que el Cinemascope da un realce tremendo— con la oscuridad y estrechez de unos interiores (el hall del hotel, el bar, el despacho del sheriff) en los que las situaciones se hacen opresivas por la mera falta de espacio para respirar. Y el tempo, cómo no. Un tempo moroso, en el que cada movimiento, medido y sopesado, contribuye a ahondar en la incertidumbre, más que a desvelarla, en una progresión que no se romperá hasta el clímax final, y que nos remite, de forma casi automática, a un referente mil veces nombrado, como es la legendaria “Solo ante el peligro” (”High noon”, 1952). Aquí no hay cuenta atrás, pero tampoco es necesaria: el tiempo se hace presente sin necesidad de relojes. Ni de Gary Cooper. Spencer Tracy, en su versión añejada (y magistral), da la talla sobradamente. ¿Conclusión? Una obra maestra. No la dejen escapar.

En la imagen: Fotograma de “Conspiración de silencio” - Copyright © 1955 Metro-Goldwyn-Mayer. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Marzo 2008

Dos películas totalmente distintas, en género, temática y ritmo (aunque con tremendas coincidencias en el dibujo argumental y de personajes protagónicos: parejas en fuga, en las que la componente femenina evoluciona desde un rechazo frontal hacia su partenaire hasta una atracción… en fin, no desvelemos finales innecesariamente), que, por otro lado, no fueron, en ninguno de los dos casos, la opera prima de sus dos celebérrimos directores (Frank Capra y Alfred Hitchcock). Y dos películas que, estrenadas comercialmente en años consecutivos —1934 y 1935— obtuvieron los parabienes de público y crítica, unos niveles de éxito impresionantes. Pero, aún así, cabe apreciar en ambas una condición más seminal que concluyente, más de apunte y esbozo de futuros logros que de confirmación de talentos en su cúspide creativa.

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“Sucedió una noche” viene a resultar una especie de “ensayo general con todo”, la espita de apertura, de aquello que se vino a denominar la screwball comedy. Pero su tono, comparado con el de que las que serían posteriores obras cumbre de esa línea genérica, es mucho más mesurado, más comedido, menos disparatado, y su ritmo de despliegue (de gags, de situaciones, de giros argumentales), mucho más suave y tranquilo. En cualquier caso, resulta una auténtica delicia asistir al duelo interpretativo (y afectivo) que desarrollan Clark Gable y Claudette Colbert, y degustar una verdadera lección de construcción de texto cómico, con un cuidado rayano en el mimo hacia cada línea de guión. Pero Capra, como bien sabemos, haría sus obras cumbre (“¡Qué bello es vivir!”, “Arsénico por compasión”) algunos años después.

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Por el contrario, “39 escalones” es una intriga criminal en estado químicamente puro, más allá de las chispas eróticas que puedan saltar de esa relacion “esposada” entre Robert Donat y Madeleine Carroll o de los destellos cómicos que se pueden atisbar en buena parte de sus secuencias —más dados por el tono sardónico de su protagonista masculino que por las situaciones que su trama ofrece—. Y aunque se trata de un film magnífico en lo relativo a estructura y desarrollo dramático, se aprecia claramente que el mago Hitchcock, que todavía no había cruzado el charco, aún tenía su chistera bastante poco provista de esa infinidad de trucos con los que nos iría deleitando a lo largo de su carrera (y que, por ejemplo, en la legendaria “Con la muerte en los talones” —película con la que ésta se emparenta plenamente por su coincidencia argumental— alcanzaría una de sus cumbres: truculencia y golpes de efecto para dar y regalar…). Dos grandes films, en suma, de dos grandes cineastas, dos de los más grandes de la historia del cine, pero que aún alcanzarían una talla mucho más alta de la que con éstos nos ofrecieron: la de dos de los talentos más impresionantes jamás plasmados en celuloide.

En las imágenes: Clark Gable y Claudette Colbert en “Sucedió una noche” © 1934 Sony Pictures Home Entertainment. Todos los derechos reservados. Robert Donat y Madeleine Carroll en “39 escalones” © 1935 Divisa Home Video. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Marzo 2008

Las hay mejores, la hay peores: no todas, evidentemente, exhiben el mismo nivel, pero sí que hay un componente ineludible, presente en todas sus películas, que caracteriza al cine de Sydney Pollack, y es el de la solvencia. ¡Qué difícil resulta aburrirse con cualquiera de ellas! Desde el más escrupuloso respeto a las convenciones de la narración fílmica —y, más concretamente, a las del género de suspense (en sus modalidades criminal, judicial o política, tanto da)—, las películas de este veterano realizador ofrecen pocas alharacas en sus rubros técnicos (los experimentos formales se los regala todos “tito Sydney” a Von Trier y sus chicos…), y pocas (menos aún, si cabe) fisuras en sus guiones, generalmente basados en best-sellers de novelistas más que contrastados en los géneros antes apuntados y, por lo común, excelentemente acogidos por las megaestrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense (de ahí que sus repartos suelan ser, simplemente, espectaculares). Desde esa perspectiva, “La tapadera” no es sino otra pieza paradigmática, que alumbra todos y cada uno de los asertos anteriores.

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Basada en la novela homónima de John Grisham y con Tom Cruise (que venía de firmar otro protagónico memorable del ramo, como fue el de “Algunos hombres buenos”) como protagonista principal —aunque no única supestrella presente en su reparto: por ahí deambula un tal Gene Hackman para darle adecuado contrapeso (aunque no sea en la más brillante de sus interpretaciones)—, Sydney Pollack nos deleita, una vez más, con una trama de progresión implacable, en la que se entremezclan de manera meticulosamente calibrada elementos de suspense (principales) y de drama (secundarios), y en la que, salvo algún pequeño bache narrativo (no es fácil mantener la cuerda perfectamente tensa a lo largo de 154 minutos), el juego entre bondad y maldad, honradez y corrupción, pureza y pecado, ética (difícil) y riqueza (fácil), se desarrolla de acuerdo a uno de esos crescendos de abogados, policías y mafiosos en los que las majors estadounidenses siempre han sentado cátedra. Y si es con Sydney Pollack dirigiendo la tesis, ya saben: normalmente, cum laude

En la imagen: Fotograma de “La tapadera” - Copyright © 1993 Paramount Pictures. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Martes 4 Marzo 2008

Si hay algo que democratice a películas y realizadores es el vapuleo popular, ese movimiento despiadado que en momentos de fervor no atiende a razones artísticas ni a esperanzas de éxito. Tal vez la razón de estas reacciones se encuentre en una invisible necesidad de equilibrio cósmico que, de repente, encumbra lo desapercibido o repudia al trasero bien aposentado en una silla bautizada con nombre de estrella. Uno de estos chascos inesperados lo vivió Alfred Hitchcock a costa de la buena acogida de “La soga” (1948), experimento de planificación o trucaje metalingüístico tras el cual sus seguidores y críticos acérrimos esperaban cualquier nueva osadía… excepto regresar a lo acomodaticio de los orígenes. Por varios motivos: en primer lugar, “Atormentada” (1949) bebía de fuentes autorreferenciales que, por rápido reconocimiento de esas señas, la encasillaron como mediocre copia de “Rebeca” (1940) –el ama de llaves, el misterio en la comunicación con el marido, que también la hermana con “Sospecha” (1941)–, “Encadenados” (1946) –el crimen sigiloso, el veneno, los encuentros furtivos en la casa marital–, “Recuerda” (1945) –la represión psicológica e imágenes, en este caso cabezas reducidas, que invocan terrores primitivos–, incluso se perciben obvias influencias de un film muy hitchcockiano, “Luz que agoniza” (1944), en esa estrategia de luz de gas que la señora Danvers también ejercía sobre Rebeca.

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La selección de antecedentes muestra, pues, una clara disposición a la vertiente folletinesca del director, suspense romántico con base literaria de segunda fila –se adaptó una novela inglesa de Helen Simpson, quien ya había colaborado en el guión de “Sabotage” (1936)–. En segundo lugar, los orígenes empapan al propio material, que conscientemente se retrotrae al siglo XIX como una manera de eludir las tensiones de la actualidad y las exigencias sufridas por el propio Hitchcock. Un ejercicio estilístico como “La soga” podía haber precedido a una evolución técnica mayor, pero, molesto además con un cierto deje teatral en dicha película, el maestro prefirió abrazar la literatura, el relato clásico, la investigación cinematográfica libre de florituras. La emoción de recuperar lo que de verdad le gustaba, lo que sabía manejar por satisfacciones anteriores, propició la caída de “Atormentada” en la categoría de cintas personales e incomprendidas. Ingrid Bergman no fue la mejor elección –de nuevo las reminiscencias a papeles de su filmografía–, y tanto su personaje, una mujer sometida al encierro de una mansión australiana –de ahí el título original, “Under capricorn”–, como los demás generan una irregular fluctuación de simpatías y antipatías –el dictatorial marido Joseph Cotten, el joven recién llegado, Michael Wilding–.

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Una película así no podía convencer a los amantes del suspense ni de las virguerías visuales, aunque existan esos dos elementos a lo largo del dilatado metraje, rodado en un pasteloso Technicolor. Sin embargo, “Atormentada” debe leerse antes que verse, arrancando el barroco contenido de largos planos –la estrategia de “La soga” no fue en balde– como las hojas carcomidas de un libro antiguo. Hay algo de pasado de moda, de traslación a tiempos olvidados, en la mirada que planea sobre la película, y aún así increíblemente moderna y sutil cuando algún detalle destaca –la evolución de las emociones del personaje de Cotten mientras la cámara sólo muestra el movimiento de sus manos en torno a un collar–. La pesadez de unas influencias poco originales anulan el poco misterio y la fuerza termina depositándose en lo prolijo de los diálogos y en la acumulación de sensaciones turbias, reforzadas por ese ambiente colonial donde todos se despojan de los inequívocos roles sociales del continente. Aparte de los problemas de guión, Hitchcock se dolió del fracaso comercial de la película, sobre todo al ser su segundo intento como productor independiente –para lo cual había regresado a otro origen: Londres–, y no volvería a acariciar esta clase de historia –quizá algunos rasgos aparezcan en “Yo confieso” (1953) y “Marnie, la ladrona” (1964)–. La derrota oscurece al genio, el afán renovador se entremezcla con el rencor y van surgiendo obras despojadas de engaños, farsas ideológicas y diabólicas carcajadas del hombre serio a quien nadie apoyó cuando proclamó su amor por la poesía.

En las imágenes: Ingrid Bergman con los tres hombres de “Atormentada”: Alfred Hitchcock - Copyright © 1948 Kurt Hutton/Getty Images. Todos los derechos reservados. Michael Wilding - Copyright © 1949 Picture Post/Hulton, Getty Images. Todos los derechos reservados. Joseph Cotten, en una imagen promocional de “Atormentada” - Copyright © 1949 Transatlantic Pictures. Todos los derechos reservados. Y fotograma de la misma película. Todos los derechos reservados.

Jueves 20 Diciembre 2007

La respuesta, sin ninguna duda, sería mostrar. Por lo menos en este tiempo de alardes visuales y retos superados, que hacen de la imagen un campo de obstáculos donde unos caballos alardean mientras otros se dan de bruces. Cuando las competiciones se desarrollaban en otro nivel –y con esto no reivindico de forma nostálgica el clasicismo–, la opción mayoritaria era bien distinta. El malogrado arte de la insinuación, más allá de sus connotaciones sexuales, alcanzó su cenit no a causa de visiones sutiles e ingeniosas, sino como consecuencia natural de un contexto falto de libertades y recursos. Bien es cierto que algunos directores –Lubitsch a la cabeza– preferían no enseñar por el simple placer morboso de imaginar qué ocurría tras la puerta. Sin embargo, lo que para muchos guionistas y realizadores fue un infierno conceptual terminó aceptándose como una manera de narrar más impactante y eficaz que los avances de última generación que, de alguna manera, materializan los sueños en figuras rápidamente ajadas por el tiempo, por otro avance aún más innovador.

 

¿Mostrar o no mostrar? Mostrar cuando de verdad se hacía necesario romper la oscuridad y el secreto, violar la mirada de espectadores por aquél entonces inocentes. Por ejemplo, una fiesta, un ambiente de elite, invitados en esmoquin que burbujean entre sus copas de champán mientras una enamorada busca a su amado… y Robert Aldrich que dibuja una tragedia, un chasco de celebración provocado por la anfitriona. ¿La vemos? No, pero las sombras que luce por rostro insinúan mejor que nada una culpa creciente y una desgracia que se cierne sobre ella y aquél que la mire… Porque, de repente, vemos su vestido impoluto bañado de sangre, como una vampiresa gótica recién salida de un Coppola. No mostrar y mostrar, la delicada decisión de combinar esos dos extremos sin que se pierda información y potenciando al máximo la capacidad de un encuadre.

 

¿Habría tenido más fuerza la visión completa de una muchacha aterrorizada? ¿O un simple grito en la estancia de al lado y conversaciones explicativas entre el padre de familia y ese doctor que siempre hay presto en cualquier sala? La clave es más sencilla: en vez de usar una doble de Bette Davis para su versión juvenil, se optó por ocultarla con artimañas lumínicas y hacer creíble el flashback. Esa relación de causalidad que el público siempre imprime entre los elementos que le ordenan, de la joven indefinida hacia las telas ensangrentadas. Del desconocimiento a la revelación, del negro al blanco roto. Una ley seca que compensaban los tragos espontáneos y frescos, el equilibrio que falta cuando la imagen se alcoholiza y entre el borrón y la obviedad ya no hay diferencia.

En las imágenes: Fotogramas de “Canción de cuna para un cadáver” - Copyright © 1964 The Associates & Aldrich Company. Todos los derechos reservados.