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Jueves 3 Julio 2008

La cotidianidad es esa esfera rotatoria que ya no puede depararnos ninguna sorpresa, de ahí que las historias dadas al escapismo empleen objetos corrientes y molientes como portal a esos fantabulosos universos paralelos. Una chimenea en “Harry Potter”, un pomo en “La bruja novata” (1971), una fuente en “Encantada: La historia de Giselle” (2007), una cuerda en “Un puente hacia Terabithia” (2007) o un armario en “Monstruos S.A.” (2001) y la primera entrega de “Las crónicas de Narnia” (2005), que ahora se complementa en “El príncipe Caspian” (2008) con una estación ferroviaria. Pero eso de alcanzar enormes velocidades para dar el salto a otra dimensión espaciotemporal ya lo habíamos visto en “Regreso al futuro III” (1990) y su tren volador a punto de desmaterializarse o morir en el precipicio más cercano. Y los niños equipados de visiones imaginativas quedaron, de algún modo, atrapados para siempre en su utopía anti-adulta, gracias a películas que pretendían la metáfora de la madurez o la celebración de la inocencia —o, para qué engañarnos, también la ñoñería más insulsa—.

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Fue James M. Barrie quien asentó el mito con su trilogía de novelas y obras teatrales sobre Peter Pan, Wendy y los Niños Perdidos, y el cine la ha reconvertido en animación y carne y hueso —la fallida “Hook” (1991), de Spielberg, una nada desdeñable versión de P.J. Hogan, pese a lo que pueda indicar su director, y el manierista biopic “Descubriendo Nunca Jamás” (2004), que lanzaba encadenados visuales entre la realidad londinense y la imaginería del escritor—. Tras ellos, un cortejo de imberbes suicidas se ha sumado a lanzarse por el ventanal, hacia estrellas que sólo ellos alcanzan: Sebastian en “La historia interminable” (1984) —esa adaptación que todo el mundo parece haber borrado de su memoria juvenil—, Dorothy en “El Mago de Oz” (1939) —y su inquietante secuela oficial, “Oz, un mundo fantástico” (1985), producto que a pocas luces podemos creer que permitiese la Disney—. Leer más >>

Viernes 20 Junio 2008

Como cada año, el American Film Institute, cuyos trabajadores deben de ser los más afortunados del mundo porque sólo parecen dedicarse a recoger votos sin que en el recuento salgan vencedores y vencidos; dicha institución, decía, acaba de sacar a la luz su enémisa lista. En esta ocasión pretenden clasificar lo mejor del cine comercial estadounidense del siglo XX en diez apartados, olvidándose de importantes géneros como el musical y dando importancia a otros menores, aunque bien queridos en su país, como el cine de tribunales, si es que una etiqueta así puede llegar a sonar bien. Las elegidas, tan tópicas como insorteables en cualquier clasificación que se precie, ofrecen poco margen de debate, ya que los listados del AFI se repiten anualmente con escasas variaciones. En el cine de animación encabeza “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), y la siguen otras nueve películas de la factoría Disney y Pixar, con la sola mención de “Shrek” (2001), de la Dreamworks.

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En comedia romántica, despunta una opción clásica, “Luces de la ciudad” (1931), seguida por los títulos más significativos de Cukor, Wyler, CapraMeg Ryan y “Harold y Maud” (1971), una cinta que fue repudiada en su estreno por los mismos críticos que ahora la aplauden. En cuanto al western, la primera es, cómo no, “Centauros del desierto” (1956), junto a lo más destacado de Hawks, Peckinpah, Eastwood o George Stevens, aunque entre ellas se cuele… ¡“La ingenua explosiva” (1965)!, una de esas comedias de saloon al servicio de Jane Fonda. En deportes, un género que sólo saben cultivar los norteamericanos, prima “Toro salvaje” (1980) antes de variadas cintas de boxeo, ciclismo, equitación, billar, fútbol, béisbol y baloncesto. Porque es inglesa, de otro modo no se entiende que “Carros de fuego” (1981), a pesar de que se trata de una infumable película, no esté entre las favoritas de los especialistas. Leer más >>

Martes 17 Junio 2008

A pocos superhéroes asociamos unos rasgos inconfundibles, bien por su vida oculta tras una máscara, bien por la deformación de las herramientas digitales, o bien por la simple estratagema de asegurar la vigencia de una saga en el tiempo, sin importar los cambios que sufra el actor encargado de regurgitar las frases implacables del cómic. ¿Qué fue antes: el disfraz o la serialidad? Y la paradoja se vuelve aún más extensible si tenemos en cuenta las variaciones estéticas de esos mismos diseños externos y, en apariencia, llamados a hacer perdurar la imagen, el concepto, de cara al público. Nada tiene que ver el Batman de traje maleable de los ochenta con las corazas plásticas de las últimas superproducciones, aunque el orden cronológico de la intrahistoria sea inverso al real, como tampoco se parecen un ápice el Hulk de látex y spray verde, cuando por estos lares se le conocía como La Masa, y la mole reluciente que ahora inserta un ordenador en un espacio del decorado, donde sólo se clava la atenta mirada de Edward Norton, último Bruce Banner.

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El proceso de transformación de años ha se inspiraba directamente en los procedimientos del cómic: Stan Lee y Jack Kirby idearon para la Marvel en 1962 a un científico que, afectado por la radiación gamma de su propia bomba, adquiría el limitado y dudoso poder de convertirse en un gigante verde y cabreado cuando su nivel de ira se elevaba lo suficiente. El doctor Robert Bruce Banner y el monstruo moldean sus formas a partir de una misma persona, humana y frágil en ambos casos–la estructura de roca también tiene sus puntos débiles–, superdotada y estúpida para cada uno. El reto de los actores consistía en experimentar los mismos caminos que el protagonista, del retrato ambicioso y paso a paso deteriorado del doctor hasta la rabia concentrada apenas en unos límites físicos, y de vuelta en sentido inverso. La dificultad de que una película, rodada mediante métodos artesanales, pudiese respetar el principio de héroe dual del cómic hizo que las primeras adaptaciones recayesen en el mundo de la animación –“Hulk” (1966)– o, con previsibles resultados, en los productos televisivos que representan menos riesgo para los inversores que un lanzamiento masivo –sin segundas– en la gran pantalla. Leer más >>

Viernes 13 Junio 2008

Y el sueño desapareció. Los muertos no reviven, los superhéroes se rompen y los extraterrestres escupen sobre la bandera blanca. M. Night Shyamalan se vuelve aún más pesimista, en sentido proporcional a los duros varapalos que recibe, tanto por parte de crítica y público, a costa de sus dos últimas producciones, “El bosque” (2004) y “La joven del agua” (2006). Relatos de estructura folclórica e infantil, rellenos de un contenido agrio que choca de lleno con el espíritu naturalmente romántico del director. Los misterios pierden cada vez más importancia y se antepone el plano de sensaciones anímicas y audiovisuales que no satisface del todo a quienes siguen buscando el final de “El sexto sentido” (1999) o la intensidad dramática de “Señales” (2002). Comprendo su aburrimiento tanto como la fascinación de quienes encuentran en ellos hermosas metáforas, nada rimbombantes, de la contrautopía que poco a poco ha escalado en el imaginario del director.

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“El bosque” se puso a sí misma las cosas difíciles con una ambientación de época, en el campo de Pennsylvania, muy poco atractiva para el público joven, además de un subtexto político obvio, pero al que muchos críticos dieron excesiva importancia. El miedo se hace más explícito –el diseño de los monstruos, como sucedía en “Señales”, tampoco resulta muy acertado– y la atmósfera se carga de amenazas eléctricas y neblinosas, al estilo de “Cumbres borrascosas” (1939), que invocaba el propio director, pero también de películas con poblados inquietantes como “El hombre de mimbre” (1973), “Un cuento de Canterbury” (1944), “El doctor Frankenstein” (1931), “El cuervo” (1943) o, incluso, “El espíritu de la colmena” (1973), si Shyamalan conoce el clásico español. El reflejo oscuro y perverso de la ídilica paz en la que viven los habitantes de “Brigadoon” (1954) o “¡Qué verde era mi valle!” (1941), un tradicional cuento de convivencia apacible rota por un elemento perturbador que representa muchos temores del subconsciente. El problema es que dicha atmósfera de época sabe a añejo para la renovación de una monster story al uso, aunque después se revele como un rasgo necesario para el alma de la historia. Leer más >>

Jueves 17 Abril 2008

Los dioses, reunidos en cónclave olímpico, podrían hallarse ahora mismo debatiendo el porqué de su ya prolongado olvido. Cómo es posible que los humanos, inventores de tecnologías cada vez más procaces y exhaustivas, hayan discriminado los relatos clásicos, la base madre de toda la narrativa occidental. Y su reivindicación no se refiere, por supuesto, a extractos mal entendidos de “La Ilíada” –“Troya” (2004)–, en los que se ha suprimido todo el protagonismo divino. El hombre se ha olvidado del dios, y las maravillas que antes cobraban vida tras ser tocadas por rayos celestiales ahora son fruto del niño mago, del ser maquiavélico con superpoderes, del mundo paralelo o del azar científico. Pero hubo una época en que los dioses dominaban la cartelera –o casi– y quién no iba a revisar su credo si a Zeus lo iluminaba la ira de Laurence Olivier –o unos neones que, entre la cantidad de pelo y los brillos, parecen anunciar un videoclip de ABBA o los Bee Gees–; Afrodita encarnaba los sueños húmedos provocados por Ursula Andress desde su mítico paseo por la playa, y Maggie Smith imponía el orden mágico antes de que Hogwarths existiera.

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Divino Olimpo, un tanto increíble, para una película tan o más disparatada, “Furia de Titanes” (1981). Dioses que han arrebatado cuerpos mortales de intérpretes famosos para volver a gobernar, y que se entretienen en jugar a las casitas con figuras de cera desde su diáfana morada –y esto me recuerda al anuncio de detergente que hacían los homónimos mandamases en “Astérix y las doce pruebas” (1976)–. El jaleo en el que deciden meter la mano –o la cabeza, fabuloso momento en que Thetis (Smith) se aparece en el rostro de una estatua decapitada– involucra a Perseo, el héroe narrado por Ovidio en su búsqueda de la cabeza de Medusa. Antes del propósito final, los dioses son tan atentos que regalan los motivos preferidos en una buena trama de aventuras: la chica desvalida que enamora al protagonista –Andrómeda (Judi Bowker), que reproduce la mítica imagen erótica de la mujer cautiva, mientras su escasa ropa se agita al compás de su lucha/resignación–, y los monstruos. De pasar a la Historia una película como ésta, aparte de que ya van sobrados y divertidísimos motivos, lo haría como canto de cisne de Ray Harryhausen, el magnífico animador especializado en esa stop-motion que después perfeccionaría su más aplicado pupilo, Tim Burton.

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En sentido relativo, pues las criaturas de Harryhausen ya son perfectas alegorías del sueño materializado, que se mueve con aires de pesadilla, y de necesaria fisicidad en una historia que viaja al pasado más remoto. La digitalización que seguro supone su remakeprevisto para 2010– impondrá una credibilidad visual opuesta a las intenciones del relato, que emplea lo artesano y lo tierno para recrear un universo a primera vista falso, pero por eso mismo mitológico e imaginativo. Las pruebas que Zeus interpone en el camino de Perseo –terrible actuación y peinado de Harry Hamlin, aquel galán de “La ley de Los Ángeles”– son también obstáculos que Harryhausen resuelve con animaciones que añaden algún toque exótico a lo prototípico: el caballo volador Pegaso, un sucedáneo de Cerbero de apariencia disecada, escorpiones gigantes, arpías, la sibilina Medusa, el titán Kraken –en realidad referencia escandinava con apariencia de monstruo nipón, nada que ver con el pulpo gigante de “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006), tan mastodóntico como impersonal– o el búho robótico que Atenea presta al héroe, cuyos silbidos y torpezas recuerdan con mucho al R2-D2 de “La guerra de las galaxias”, precisamente el tipo de saga tecnológica culpable del declive de estos entrañables trucajes.

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La labor de los efectos especiales resulta lo más reivindicable, casi un acta de cierre tras los proyectos de Harryhausen en “Jasón y los argonautas” (1963), “La isla misteriosa” (1961) y la trilogía de Simbad: “Simbad y la princesa” (1958), “El viaje fantástico de Simbad” (1974) y “Simbad y el ojo del tigre” (1977). Hombre polifacético que continúa vivito y coleando –productor, director de fotografía, guionista…–, pero apartado de los efectos visuales que requerían de una mirada crédula y cariñosa, como un lector de Julio Verne –otra inspiración presente en su filmografía–. Así que el Olimpo no es para esos actores británicos endiosados, ni para los sosos mortales que no merecen su ayuda, ni para un relato endeble y repleto de altibajos hasta que aparece en pantalla la impronta del verdadero genio, de un Harryhausen que no sería el mejor retratista de la mitología griega, pero sí del territorio fronterizo entre la verdad del cine y el engaño de la realidad.

En las imágenes: Fotogramas de “Furia de titanes” - Copyright © 1981 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Titan Productions. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Marzo 2008

Está claro que Ingmar Bergman no se merecía este retraso, y en adelante trataremos de repararlo en este mismo blog. De momento, unas consideraciones acerca de su búsqueda de paz y felicidad a través de un cine denso y profundo, pero plástico y de enorme expresividad. Pienso que pocos cineastas han trasladado mejor y más profusamente sus anhelos, angustias y desencantos que el solitario hombre de la isla de Farö, y que también son pocos los que reflejan tan nítidamente su evolución personal a través de la imagen. Por eso, en sus primeras películas parece claro que hubo un momento en su vida en que creía en esa dicha y felicidad, y que entre los gritos y susurros, entre los silencios y secretos, conservaba la esperanza de alcanzarla en la vida o a la hora de la muerte. Eran breves epifanías de luz que alumbraban una noche oscura del alma —no precisamente mística— y que se materializaban en unas fresas salvajes, tan apetecibles y frescas como fugaces y efímeras.

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Precisamente esas fresas sirvieron de eje para el recuerdo que hace el profesor Isak Borg que interpreta el gran Victor Sjöström en una de sus obras maestras, “Fresas salvajes” (”Smultronstället”, 1957), durante su viaje a Lund para ser investido doctor emérito. En una de las estaciones de paso de ese balance existencial, unas imágenes oníricas le permiten evocar uno de los momentos más felices de su juventud, cuando estaba enamorado y prometido con su prima Sara. Era verano en la casa de campo y presencia cómo ella recoge fresas salvajes para él a la vez que acepta el cortejo de su hermano. Es un instante de luz intensa capturado magistralmente por la cámara de Gunnar Fischer, grabado a fuego en la memoria del profesor, que brota como uno de los momentos en los que el amor y la felicidad pasaron por su vida para pronto esfumarse. Lo mismo recordará cuando sea sometido al examen sobre cómo dejó perder al amor de su vida, a su mujer ya fallecida, entre la cobardía y el egoísmo para impedir que se enfriara el matrimonio y ella se arrojara en brazos de otro hombre, en una escena también revivida entre la Naturaleza que florece en su primavera. Amor perdido por unas culpas que exigen pedir perdón —otra manera de amar, según quien le examina— para salir de su “incompetencia”, sentimiento alejado de la especulación y discusión filosófica de los dos muchachos autoestopistas y que se pelean por el amor de otra Sara, reflejo de la primera. Es la realidad del amor no reconocido a tiempo ni alimentado, que parece ofrecerle una segunda oportunidad antes de morir, a quien va camino de recibir honores de una sabiduría caduca.

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De esa misma época es “El séptimo sello” (”Det sjunde inseglet”, 1956), y también en ella hay un momento de felicidad y una llamada a amar, entre tanta angustia existencial y temor a la visita de la muerte. En esa prórroga que la Muerte le concede al caballero Antonius Block, éste se encuentra con una pareja de comediantes y su pequeño hijo. Son gente sencilla y pobre, pero alegre y feliz en su austeridad. Sólo tienen un carromato y la incertidumbre de si serán bien recibidos en la próxima función circense. Pero se tienen el uno al otro, y los dos a su pequeño Manuel. En ese clima de hogar itinerante, nuestro caballero de la duda permanente también vislumbra un amor sincero, y lo envidia. Junto a ellos, entre canción y cuenco de fresas con leche, pasa los mejores momentos que parecen darle la paz y orientación con que ganar a la Muerte la partida de ajedrez. Pero es un encuentro sólo ocasional, y deja pasar esa oportunidad para convencerse de que aún se puede encontrar bondad en la tierra, de la presencia del cielo en la tierra y de la existencia del Dios por el que fue a las cruzadas. Son, de nuevo, instantes de felicidad y placer, por la compañía y el buen sabor que desprende una joven familia que, a la postre, será la única que se libre de la visita de la Muerte. Caballero y profesor, héroe y sabio que, en su miedo y egoísmo paralizantes, no supieron ver al amor que se cruzaba en sus vidas, y sí a la muerte cuando les visitó.

En las imágenes: Fotogramas de “Fresas salvajes” (arriba) y de “El séptimo sello” (abajo) - Copyright © 1957 Svensk Filmindustri (SF). Todos los derechos reservados.

Sábado 8 Marzo 2008

Los niñatos gritan, las niñatas se abrazan, las salas se vacían entre risas nerviosas y un pobre desgraciado limpia las palomitas pisoteadas sin reparar en los acordes agudos procedentes de esa pantalla que se va diluyendo con la misma rapidez que el flujo humano. Y dirán que el género de terror es su favorito, que experimentan noséqué placenteras sensaciones que los más enteradillos querrán luego vincular a alegorías post-11S o traumatología de Irak, a la par que regurgitan los gases de sus coca-colas. Perdónenme la efusión, pero aterra comprobar el falso culto prodigado hacia un género que en su mayor parte ya sólo asusta en ráfagas transitorias, perdidas la capacidad reflexiva, más allá de lecturas situacionistas, y la auténtica diversión, la de mala espina, la que sacude a la vez que el remordimiento por revelársenos lo que somos, lo falso que es el atractivo hedonista de nuestro “lado oscuro”. Por contraste a las carteleras –sin denostar las eficaces cintas de terror que de vez en cuando todavía nacen y sorprenden–, uno de los referentes fundamentales es “El increíble hombre menguante” (1957), película de reciente actualidad por sus conexiones con “Soy leyenda” (2007), ambas basadas en relatos del fabuloso Richard Matheson.

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El pánico en este caso no corresponde a un ente inexplicable, una invasión misteriosa o una proyección sociológica de la depravación humana: el protagonista, Scott (Grant Williams), introduce su barco en una extraña nube radiactiva que como secuelas provocará que su cuerpo disminuya paulatinamente, en la más cruel de las torturas vistas en el cine. Decrecer para Scott supone pérdidas a las que su maltrecho ánimo debe amoldarse enseguida, prepararse frente al próximo escalón perdido, que ya no podrá volver a encaramar nunca: su estatus social –de hombre a apariencia de niño–, su rol sexual –su esposa Louise (Randy Stuart) pasa a velar por él como una madre o una chica que juega con su casa de muñecas–, y su preeminencia humana –la amenaza de animales domésticos e inofensivos insectos–. El terror de calidad cuestiona siempre la esencia del hombre, la identidad que se ha forjado como criatura etnocéntrica, y la película de Jack Arnold, maravilloso artilugio de la denostada serie B, no ofrece menos al contagiar una inquietud psicológica ligada a la contemplación de la decrepitud e indefensión físicas.

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Imágenes que habrían encandilado a los surrealistas, que enamoran a los detractores de lo onírico-colorista. Sus efectos especiales, resueltos con sencillos trucajes que hacen de lo cotidiano una fuente de inesperada amenaza, se benefician de la fotografía en blanco y negro, en cualquier caso esencial para el pesimismo del argumento, y convierten la épica liliputiense en una lucha de dimensiones cósmicas, derrotada con la última frase, el último grito que un hombre a punto de desaparecer formula como renovación de nuestra superioridad: «Aún existo». Pero, ¿por cuánto tiempo? La misma inexpugnable pregunta que podrían aplicarse tantas películas de taquilla o dvd, que con la misma calma destruyen la existencia del terror y regalan en bandeja vacías risas que algunos espectadores tomarán, pensando que el género los hace sentir más vivos y que se han curado en salud temiendo a la muerte en un pasillo oscuro o una herramienta empapada de sangre.

En las imágenes: Fotogramas de “El increíble hombre menguante” - Copyright © 1957 Universal International Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Enero 2008

Antes de que el archiconocido y no menos copiado Sherlock Holmes se enganchase a la heroína y su compañero Watson buscase novia desesperadamente, era el detective quien enamoraba a las chicas y el doctor el que mantenía una secreta relación obsesiva… con el azúcar. Imaginar la infancia de personajes ilustres y ficticios supone siempre un divertido ejercicio que, las más de las veces, poco tendría que ver con la realidad. Bien es sabido que al número 221B de Baker Street no llegó el doctor Watson hasta entrado en años y al regreso de sus participaciones militares, momento en que brotó esa insana e interesada amistad con el detective. Sólo la mente infantiloide de Chris Columbus podía imaginar una convivencia en elitista internado londinense, y no por otra casualidad fue el director escogido para el primer Harry Potter, historia con la que “El secreto de la pirámide” (1985) mantiene muchos nexos en común.

 

Las coincidencias nos revelan la escasa originalidad de las modas más recientes, pues los rituales que celebran los villanos en la susodicha pirámide sirven de precedente para las aventuras egiptólogas de “The Mummy (La momia)” (1999) y las paranoias del subgénero fanático, tipo “El código Da Vinci” (2006), amén de la recuperación para este año de la saga de Indiana Jones. El encanto de la película de Barry Levinson trasciende las limitaciones de su escasa trascendencia, y le basta con mantener la frescura para el público juvenil gracias a sus efectos especiales –los más torpes, los más entrañables– y la introducción a un mundo de misterios que sobre papel no es tan fácil de leer como aparenta. En lugar de asesinos en serie, prostitutas de Whitechapel, embaucadores, ladrones o farsantes, Sherlock (Nicholas Rowe) debía enfrentarse a la raíz del problema: el mal en una casa donde no es bienvenido y que le reportará soledad de por vida, sobre todo en lo concerniente a la dulce Elizabeth (Sophie Ward) y su trágico destino.

 

En este crecimiento sentimental más que profesional, pues el brillante joven parecía disponer ya de todas las armas del raciocinio y la lógica, las pruebas lo oponían a lo inexplicable: vidrieras que cobran vida, cenas criminales o frigoríficos con mala baba, luchas en las que el falso «Elemental» no surgía con la rapidez deseada. De alguna forma, ésta es una película triste, un acta que, al contrario de otras cintas generacionales, va disolviendo sus ilusiones hasta el cruel momento de la madurez, cuando el tener enemigos deja de ser un juego –impagable perla tras los créditos de cierre– y lo que antes divertía ahora debe emplearse como simple medio de subsistencia. No era igual la fama de los corredores colegiales que la de las portadas periodísticas, y antes de jugar al Cluedo doméstico deberías haber tenido en cuenta esa deducción elemental, querido Holmes.

En las imágenes: Fotogramas de “El secreto de la pirámide” - Copyright © 1985 Amblin Entertainment, Industrial Light&Magic (ILM) y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 15 Diciembre 2007

Joseph Leo Mankiewicz dominó la cámara, el guión y el diálogo. Tres hermanas virtuosas bailando en círculo y, en más de una ocasión, hacedoras de películas redondas que encarnan una perfección muy personal. Para este tramo final quisiera destacar mi preferencia dentro de la filmografía del director, y que a su vez sirva de ejemplo definitivo acerca de su arte cinematográfico. No me olvido del poema sobre el honor universal en el Oriente de “El americano tranquilo” (1958), ni de la astracanada musical de “Ellos y ellas” (1955), ni del infravalorado oropel de “Cleopatra” (1963), ni del resto de sus escasas producciones. Aún así, por encima de todas ellas, mi cariño incondicional se dirige a la pequeña y primigenia “El fantasma y la señora Muir” (1947), que aún pervive dando coletazos en cintas mayores –“Deseando amar” (2000)– o menores –“Ojalá fuera cierto” (2005)–. Sus aires de comedia casera y simpatías sobrenaturales –en la línea de “El espíritu burlón” (1945)– se disuelven en cuanto estallan los magníficos acordes de Bernard Herrmann contra las olas que rompen la convencionalidad de los créditos. Una explosión de naturaleza contenida que no volverá a repetirse, o al menos no de manera tan evidente.

 

Lucy Muir –la dulce Gene Tierney, con la que Mankiewicz ya había trabajado en su debut, “El castillo de Dragonwyck” (1946)– es una viuda que compra una casita de marineros junto a la costa para vivir en paz con su hija –diminuta Natalie Wood–. Condiciones de vida que debe lograr incluso aunque dentro de la cocina encuentre un fantasma, ex capitán de barco (Rex Harrison) decidido a quedarse en su antiguo hogar. Ni sustos de un género de intriga en paulatino crecimiento –Lucy recorre la casa a oscuras con una vela sin el potencial de scream queen que caracterizó a otras damas–, ni juegos de equívocos y escondites –a excepción de la visita de las amargadas familiares de la protagonista–. La película se aleja del tópico cinematográfico de los años cuarenta para acercarse a la tradición literaria y narrar una bella historia de aprendizaje que, como en la realidad, conlleva toda una vida pendiente de resultados espectaculares que nunca se consolidan. Lucy es un personaje tan real y carnal que podía permitir una compañía fantasmagórica, simplemente porque en el mundo no se admiten teorías fantasiosas y su existencia es la de una mujer y una madre cualquiera sin aspiraciones cinematográficas.

 

El humor del día a día se contrapone a los dolorosos escollos en los anhelos de la heroína, lo que va espesando los posos de la trama hacia una rendición tan natural como patética. Quizá porque las más hermosas historias de amor fueron las no escritas y las no experimentadas, la que Mankiewicz podía regalar a sus personajes después de otra injusta para ellos, maravillosa para nosotros, triste para todos. Tras una complicidad muda, reducto de carcajadas rotas por parte del capitán y de reproches silenciosos en el semblante de Lucy, llegan unas palabras que los salvan a los dos. Esta solución no podía desvincularse de sus connotaciones pesimistas: la incompatibilidad de la vida y la muerte, la tierra y el cielo, el cine y la realidad. Paradojas que Mankiewicz sorteó haciendo de los polos opuestos un solo componente, un tierno relato romántico libre de sobrecargas novelísticas y nostálgicas, un guión literario rodado tras el filtro de quien ve más allá de las bocas calladas y de diálogos profundos que no significan nada en comparación con el contenido oculto de los rostros, las tormentas y los paisajes violentos. El amor posible entre lo imposible, la declaración más sincera de un cineasta que supo hacer de la cruda realidad admirable cine, y de éste, su vida.

En las imágenes: Gene Tierney, Rex Harrison y Natalie Wood en “El fantasma y la señora Muir” - Copyright © 1947 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Diciembre 2007

O eso debió de zamparse por error una mañana soleada de primavera –potenciemos las condiciones sensibleras– en lugar del yogur sin azúcar que le habría inspirado antes de tiempo “La lista de Schindler” (1993). Recordando a Jean Arthur y “Sólo los ángeles tienen alas” (1939), me asaltaron las conexiones con este fiasco de la aviación de Spielberg, nada peregrinas cuando el director es un reconocido cinéfilo y homenajeador de cintas clásicas en las suyas propias. Por desgracia, el caso que plantea “Always (Para siempre)” (1989) pierde unas cotas enormes de eficiencia por el ejercicio nostálgico y viciado que propone un conjunto visual rancio y ya pasado de moda. O por qué si no causa más risa Holly Hunter con ese vestido ochentero horroroso, imposible de creérnoslo como causa de los silbidos de admiración de sus rudos compañeros, que la más aguda vocalización de Jean Arthur. 

 

Más que un homenaje a Howard Hawks le salió un telefilm blandito que apenas aprovechaba las posibilidades cómicas del piloto fantasma (Richard Dreyfuss) que ronda por su antiguo hogar, velando por el ánimo de su afligida novia. Una película fantasma, y no sólo a costa del argumento, sino de una Audrey Hepburn interpretando a un ángel como último papel en su carrera –gracias por el regalo, Steven, pero aun sin el cargo divino oficial Audrey ya había sido celestial en otras muchas ocasiones–. Y no bastó con lagrimear sobre la mítica actriz: ahí estaban la secuencia de apertura con un aterrizaje forzoso y las reticencias del personaje de Hunter ante el vuelo, repitiendo los clímax de la mítica cinta de Hawks. ¿Sirvió de algo más lo que fastuosamente se anunciaba para la eternidad? De todo empacho se aprende y Spielberg se acordó de la chica atrapada en la cabina del avión bajo el agua cuando quiso componer una secuencia similar en “A.I. Inteligencia artificial” (2001), eso sí, tras haberse tragado otro par de petit suisse.

En las imágenes: Holly Hunter, Richard Dreyfuss y Audrey Hepburn respectivamente en “Always (Para siempre)” - Copyright © 1989 Amblin Entertainment y U-Drive Productions. Todos los derechos reservados.