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Lunes 28 Abril 2008

“Taris” (1931) o, como también se la conoce, “La natación según Jean Taris”, anuncia a priori un contenido bastante pelma, en sentido pedagógico o científico. Y no sabría afirmar cuál de las dos opciones presenta peores alicientes: si el lucimiento de una destacada figura de la natación profesional, Jean Taris –subcampeón olímpico y poseedor de ocho récords mundiales–, de tal forma que el director se convierte en un simple objetivo que loa cada centímetro de su anatomía; o si es más aburrido el acercamiento a las masas analfabetas del difícil arte de sobreviviur en el agua con elegancia. Pues la pieza de Jean Vigo, aún más breve si cabe que su documental previo, “A propósito de Niza” (1930), aúna en diez minutos esos dos usos de la imagen cinematográfica. Tras una presentación certera y nada patriótica del nadador –al contrario de los noticieros de la época–, un narrador en off detalla los movimientos, saltos y estilos que Taris practica en una piscina, como nos indican, cedida para tal efecto.

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La calidad de gran parte del metraje se halla a años luz de las competiciones olímpicas que nos retransmiten por televisión, pero destella algo mágico en la introducción de la cámara de Vigo bajo el agua. No sólo por el arrojo de arriesgar los equipos, mucho más endebles que ahora, sino por un silencio que rodea a Taris entre el granulado de la imagen, como si no pudiera discernirse bien si está nadando o danzando en un hueco de cine primitivo. Ya mencioné con anterioridad que el cineasta rueda por el simple hecho de la libertad que encuentra en ese acto. De ahí su despreocupación por las enseñanzas natatorias en favor del juego de ralentíes o retrocesos –también con un toque surrealista final– que certifican su valentía al tomar lo real y transformarlo en una belleza que sólo existe ante sus ojos y en los de Taris, que saluda a cámara con la complicidad de quien comparte y comprende una pasión que aísla mientras, al mismo tiempo, otros aplauden.

En la imagen: Fotograma de “Taris” - Copyright  © 1931 Sherlock Home Video. Todos los derechos reservados.

Miércoles 23 Abril 2008

Jean Vigo rodó sólo 200 minutos de película antes de morir de septicemia a los 29 años. Al igual que otros artistas franceses fallecidos prematuramente o que condensaron su extensa obra en un corto período de intensa actividad –como el poeta Rimbaud–, el joven director representa una promesa que se llevó a la tumba mucho más de lo que podía haber regalado al mundo. Aunque éste no se lo mereciera: las productoras alteraban sus montajes y el público no se interesaba por sus pequeñas historias. Tuvieron que ser los sesenteros, Truffaut a la cabeza, quienes empezasen a vocalizar la sonoridad de su nombre. La paradoja es que fue el primer aviso mortífero lo que empujó a Vigo al cine: una tuberculosis lo encierra en un centro de Andorra, donde conoce al amor de su vida, Elizabeth Lozinska, y dispone de suficiente tiempo para observar y reflexionar. En lugar de ahogarse en la sociopatía, su temperamento ágil y optimista reconduce sus expectativas hacia el arte, de tal forma que el carácter díscolo de un joven sin dinero se transforma en cuatro piezas de oro cinematográfico.

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La primera de ellas, “A propósito de Niza” (1929-30), es un documental de escasos 22 minutos de duración exentos de música –algo que puede incomodar el visionado–. A tomar las aguas, que se decía antaño, iban los franceses a Niza. Y como un enfermo más, Vigo observa, reflexiona… y rueda. Podría ser el retrato de un día cualquiera en la localidad francesa, pero su habilidad con el montaje le permite sumar y comparar imágenes diversas para que el resultado sea más complejo. Vemos a los barrenderos, camareros y empleados madrugadores que preparan la ciudad para esos burgueses que abarrotan las terrazas y dormitan en las sillas. O, como decía Jean-Pierre Darroussin en “Conversaciones con mi jardinero” (2007), acerca de unas vacaciones en Niza, recorremos el paseo, almorzamos, echamos la siesta y volvemos al paseo. Vigo arremete contra la burguesía mediante recursos heredados del cine soviético y el cine-ojo de Dziga Vertov –cuyo hermano, Boris Kaufman, fue el cámara de esta película–. Planos de animales, como avestruces o cocodrilos, dibujan certeras metáforas acerca de las personas, mientras que los movimientos de la cámara a modo de pincel trazan el entorno –círculos en torno a las palmeras, vaivenes para las olas del mar y curvas para las arcadas de los edificios–.

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La búsqueda del poso poético en la crítica social, un objetivo muy pretencioso para una primera obra tan breve, pero que asienta la curiosidad de Jean Vigo por las herramientas fílmicas y algunos descubrimientos en los que se inspirarían los cineastas modernos. Los ralentíes del baile popular que cierra la película se repetirán en “Cero en conducta” (1933) y redundan en la mirada detallista y apartada de la convención en el trato a los demás, aunque sea sobre celuloide. Vigo lleva los manifiestos del cine-ojo algo más lejos: el cine no se contenta con atrapar la realidad, sino que demuestra lo oculto en ella gracias al artificio –a esos planos comparativos, el ritmo visual, los ángulos y recursos surrealistas como una transición de distintas mujeres en una misma silla hasta terminar con una joven desnuda–. En la línea de las melodías visuales –“Berlín, sinfonía de una ciudad” (1927)–, Jean Vigo deja clara cuál es su salvación ante la mala salud y la precariedad económica: la belleza de las imágenes y la verdad dolorosa de lo que significan.

En las imágenes: Fotogramas de “A propósito de Niza” - Copyright © 1929-1930 Sherlock Films. Todos los derechos reservados.

Martes 18 Diciembre 2007

David W. Griffith, Sergei M. Eisenstein y Orson Welles copan con tradicional soltura los índices de cualquier manual de la Historia del Cine. Pero, ¿y si el convencionalismo editorial estuviese obviando importantes figuras cuyos apellidos nos suenan a ciudadanos corrientes? Conocemos los prodigios de aquellos que alcanzaron el éxito e hicieron famosas sus películas. En ese merecido imperio, ¿cuál es el espacio reservado a los que nunca encontraron su oportunidad? ¿Cuántos Griffith, Welles, Eisenstein e individuos superiores a los tres se habrán perdido para siempre en la memoria privada de alguna familia escéptica? Colin McKenzie fue uno de estos cineastas abocados al fracaso y el olvido, al nacimiento y la muerte en las circunstancias menos memorables de las biografías superventas.

Aunque renombrados estudiosos del séptimo arte han reivindicado su categoría artística, McKenzie continúa siendo un John Doe para las masas, quizá por interés industrial, quizá por el respeto cuadriculado al constructo histórico, quizá por su lejana nacionalidad neozelandesa… Precisamente un compatriota suyo, Peter Jackson, recuperó los archivos perdidos de los experimentos McKenzie antes de los años 30 en el documental “La verdadera Historia del Cine” (1995), o más poético su título original: “Forgotten silver”. La época en que un nuevo modo de expresión balbuceaba y las películas se engarzaban en nitrato de plata como auténticas joyas en bruto, un día apiladas a su suerte en cualquier baúl hasta que las generaciones futuras descubriesen el valor de la herencia marchita.

Colin McKenzie enterró su propia obra, consciente de que ésta no vería la luz, al menos, estando él vivo. Sólo rozaría la fama tras su muerte, al no existir, al transformarse en ser de ficción, como sus personajes de la inconclusa “Salomé”. A nuestros ojos modernos, habituados a la fanfarria visual, su vida parece una novela de Dumas, el argumento increíble de una producción hollywoodiense… En realidad todo eso es puro silencio, vacío histórico, el imposible olvido de lo desconocido, que Peter Jackson intenta recuperar insuflándole un hálito que nunca acompañó al susodicho director. Una vida que alimenta a la esencia cinematográfica, una película que ofrece a partir de ello vida artificial… ¿No hay mejor segunda oportunidad para alguien borrado, de quien nunca conocimos su nombre, ni fue famoso y, por ende, real, que vivir y morir de nuevo en el cine? Entonces… ¿por qué nadie habla de Colin McKenzie?

En las imágenes: Fotogramas de “La verdadera Historia del cine” - Copyright © 1995 New Zealand Film Commission, New Zealand On Air y WingNut Films. Todos los derechos reservados.