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Lunes 14 Enero 2008

A pesar de la creciente industria de animación digital, o precisamente gracias a ella, los experimentos primitivos en dos dimensiones y paupérrimos recursos viven una revitalización en forma de arqueología del dibujo. La casa pionera en este ámbito, Walt Disney, puso en marcha en 1929 una cadena de producción de cortos sencillos, sin pretensiones, bautizados con el significativo nombre de “Silly Symphonies”. El carácter inocente propio de los primeros pasos de la casa, entremezclado con un hálito de narrativa tradicional que no escondía los rasgos más oscuros de relatos clásicos –por ejemplo, la estética tenebrosa de ciertos pasajes en “Blancanieves y los siete enanitos” (1937)–, tuvo sus precursores entre estas historietas breves, musicales, en las que escasas líneas de diálogo se amoldaban al ritmo impuesto por las melodías –el máximo exponente de esta característica es el corto “Music Land” (1935), donde los protagonistas, instrumentos de cuerda y viento enfrentados, se comunican mediante reveladoras notas y cambios de tono–.

Siempre atendiendo a los gustos de la época, las bandas sonoras recogían las preferencias norteamericanas desde la balada suave –nanas en “Lullaby Land” (1933) o “Wynken, Blynken y Nod” (1938)– hasta el hot jazz, sin hacer ascos a géneros más clásicos como la ópera –“The goddess of spring” (1934), que recrea el mito griego de Perséfone–. Las Silly Symphonies sirvieron como paleta de pruebas antes de las mezclas definitivas en los largometrajes: cuentos con animales, mudos o parlantes, realistas o antropomórficos — “Three orphan kittens” (1935) frente a “Elmer el elefante” (1936), por ejemplo–; adaptaciones de autores infantiles, como “El flautista de Hamelin” (1933), ensayos de siluetas y movimientos humanos, o plataforma para personajes en propiedad, como el insufrible Pluto.

La evolución del blanco y negro al technicolor se aprecia en esta Historia subsidiaria de la animación Disney, joyas en bruto, como talladas a partir de descartes imaginativos que, unificados, conforman piezas surrealistas, y que acapararon los primeros premios –Oscar® para “Flores y árboles” (1932) o “El viejo molino” (1937)– antes del musical en largo y el nacimiento de la Pixar. Tonterías de estudio incipiente y libre para asumir riesgos, y eventuales vestigios de esos trazos de lucidez formal que escasean en un medio animado sujeto a una incomprensible imitación y competencia con la imagen real.

En las imágenes: Fotogramas de “The goddess of spring” - Copyright © 1934. “Music Land” - Copyright © 1935. “Elmer el elefante”- Copyright © 1936. “Flores y árboles” - Copyright © 1932. “Cannibal capers” - Copyright © 1930. “Three orphan kittens” - Copyright © 1935. Todos de Walt Disney Productions. Todos los derechos reservados.

Jueves 15 Noviembre 2007

No fue la más guapa –cierta angulosidad de chicazo desafiante–, tampoco la mejor actriz –recluida en una impasividad que a veces parecía una exacerbación de su ánimo real, véase “Gran Hotel” (1932)–. Y, sin embargo, en manos de Clarence Brown o Fred Niblo Greta Garbo adquirió como pocas primeras damas del cine una categoría mítica entre su elegancia decadente y los guiños modernistas de su vestuario, aunque su efigie no haya inspirado a todo el merchandising que pulula sobre Audrey Hepburn o Marilyn Monroe. Quizá aumentaría el número de tropiezos y atropellos si las miradas se cruzasen por la calle con la de esta mujer de hielo nórdico que fue un misterio hasta para sus personajes. Y si bien nadie se ofrecería alegremente a una conversación o a un paseo con la Garbo de gesto torcido, es de justicia recordar las peleas encarnizadas que despertaba entre los hombres.

John Gilbert, una pasión auténtica, desafiando a duelo a Lars Hanson en “El demonio y la carne” (1926), como sombras recortadas en un fondo de teatrillo que, por rápido corte, revela el resultado de la contienda con un primer plano de una Greta ahora viuda… y libre. Impulsos violentos provocados por esta sibilina que podía derretirse en una situación extrema –el interrogatorio de “La dama misteriosa” (1928)– o derretir a los demás a sabiendas del peligro –en la misma “El demonio y la carne”, esa copa de vino misal que ella gira para beber en el mismo borde de su amado, en uno de los gestos eróticos más rotundos de su carrera–. Y cuando le dio por reírse en una cafetería parisiense el mundo se detuvo y todos abandonaron sus huevos con bacon para unirse a la broma, porque el misterio es absorbente, electrizante, imitativo, y podían aplaudir las mil máscaras de la Garbo sin que supieran nunca con cuál miraba al mundo y con cuál se estaba reflejando a sí misma.

En la imagen: Fotograma de “El demonio y la carne” - Copyright © 1926 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.