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Martes 25 Marzo 2008

De la vida a través de la muerte, o viceversa, pero, en cualquier caso, una exaltación apoteósica de una figura magnética, hipnotizante, carismática, por encima de la cual, aún así, sigue brillando, poderosa, la música. Joe Gideon (su recreación a cargo de un desmelenado Roy Scheider roza, en muchos momentos, y pese a algún exceso histriónico, lo magistral), genio artístico, politoxicómano y mujeriego impenitente, no sólo es el personaje protagonista de esta maravilla con la que Hollywood echaba el cierre a la década de los setenta del siglo pasado y demostraba, de paso, la condición imperecedera de un género como el musical: siempre al borde de la tumba, según los agoreros, y siempre resucitado, algo que no podemos discutirle siquiera aquellos que no nos contamos entre sus seguidores más entusiastas, sino que, en su condición de álter ego del autor, Bob Fosse, asume un rol de sumo sacerdote, a cuyo través se oficia la liturgia de una vida entendida como exaltación de todo lo sensorial luz, sonido, color, movimiento hasta la frontera de lo paroxístico.

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El visionado de “Empieza el espectáculo” puede significar una experiencia de las que remueven convicciones y generan cambios de tendencia: la luminosidad de su fotografía, la tremenda calidad de la colección de canciones que se integran en su banda de sonido, la brillantez de sus números de danza; toda una batería de argumentos para enganchar y convertir al más impávido de los mortales en un converso que se sorprende, atónito, meneando los pies de manera totalmente involuntaria a los acordes del “Bye, bye, love”. También es posible que, a día de hoy, y soplando como soplan los vientos de la correción política, la realización de una película tan kamikaze como ésta (en lo atinente a sexo y drogas, fundamentalmente) no fuera viable para la industria hollywoodiense. Por eso podemos considerarnos, en cierta medida, afortunados: el testamento cinematográfico de Fosse ya está ahí, intocable, y al alcance de nuestros ojos y oídos. Contagiémonos de su espíritu hedonista y disfrutemos rindiéndole homenaje: cantando, follando, bailando. En suma, viviendo. ¿No…?

En la imagen: Roy Scheider en “Empieza el espectáculo” - Copyright © 1979 Columbia Pictures Corporation y Twentieth Century-Fox Films Corporation. Todos los derechos reservados.

Domingo 23 Marzo 2008

Puede sonar algo simplista, o reduccionista, pero al autor aquel —cuyo nombre, perdonen ustedes, no consigo recordar— que afirmó que toda obra narrativa, sea en el soporte que sea, tiene como tema central la vida, la muerte o el amor, no debía albergar serias dudas acerca de la certeza (rotunda, poco cuestionable) de su aserto. Al hilo de la misma, les propongo un juego, practicable con cualquier film —dado que de cine hablamos, creo que hasta el cinéfilo más conspicuo encontraría grandes dificultades para argüir algún título que no lo permitiera—. Y llegados a este punto, sólo nos resta formular las reglas: hay que determinar qué papel ocupa cada tema en cada película, con qué grado de intensidad impregna su trama y, en base a ello, hasta qué punto puede llegar a convertirse la película en cuestión, en paradigma acerca de la naturaleza y esencia de tal elemento. Juguemos.

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“Breve encuentro”, de David Lean. Solución sencilla: el amor juega un papel central y casi exclusivo; impregna toda la trama de manera absoluta; y, ciertamente, pocas películas se pueden encontrar que definan con más propiedad y contundencia la exacta naturaleza de ese sentimiento en su estado más químicamente puro. Su capacidad devastadora, ese potencial demoledor que aniquila cualquier intento de ponerle coto en su afán colonizador de cuerpo y mente; ese poder de derribar cualquier intento de explicación racional (por qué, por qué a mí, por qué a él…) que lo aclare o justifique; ese mecanismo de inoculación insidiosa, imperceptible, que hace que sólo cuando se está totalmente atrapado en sus redes, uno sea consciente de que lo está… Todo eso está magistralmente retratado por Lean en la composición del personaje de Laura Jesson (a cargo de una magnífica Celia Johnson), la viva estampa del sufrimiento agonístico, arrasado por el virus cupídico, y sin herramienta ni bagaje alguno para revertir una situación que la mortifica a base de una combinación fatal de impotencia y sentimiento de culpa.

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Son muchas las películas que, siguiendo esta senda, y deudoras de los referentes emocionales de “Breve encuentro”, han intentado reproducir sus mismos esquemas afectivos (algunas, excelentes, como esa “Los puentes de Madison” que tan magníficamente glosaba tiempo atrás mi compañera Almudena Muñoz Pérez en este mismo blog); pero no es fácil que ninguna de ellas nos provoque el nudo en la garganta con que el film de Lean nos ahoga y atenaza. Ahí radica su “fuerza tranquila”, ahí, precisamente.

En las imágenes: Celia Johnson y Trevor Howard en “Breve encuentro” - Copyright © 1945 Cineguild. Todos los derechos reservados.

Jueves 20 Marzo 2008

En un film convencional, es decir, una narración en imágenes de una historia ficticia, el elemento más importante, desde un punto de vista objetivo, es la historia, el argumento. Todo lo demás cuenta, y mucho, pero no deja de ser un conjunto variable de elementos accesorios si los situamos bajo el prisma de su relación con la historia —o, al menos, así debería ser desde la ortodoxia narrativa—. Afortunadamente, no todos los films son convencionales ni se atienen a la ortodoxia narrativa. “Conspiración de silencio” (”Bad day at Black Rock”, 1955) sí lo es, y sí se atiene, pero, aún así, se trata de una película en la que si hay algo que pesa más que la propia acción que en ella se despliega —una acción vibrante, tensa, angustiosa y desarrollada a un ritmo que conjuga magistralmente vivacidad de fondo con quietud de superficie—, o que los actores que encarnan sus roles principales —un elenco de auténtico lujo; apunten, apunten: Spencer Tracy, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Lee Marvin, Walter Brennan…— es la atmósfera.

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Una atmósfera que se logra a base de combinar la desolación y claridad de los espacios exteriores —ominosos en su inmensidad desértica, bajo un cielo de un azul al que el Cinemascope da un realce tremendo— con la oscuridad y estrechez de unos interiores (el hall del hotel, el bar, el despacho del sheriff) en los que las situaciones se hacen opresivas por la mera falta de espacio para respirar. Y el tempo, cómo no. Un tempo moroso, en el que cada movimiento, medido y sopesado, contribuye a ahondar en la incertidumbre, más que a desvelarla, en una progresión que no se romperá hasta el clímax final, y que nos remite, de forma casi automática, a un referente mil veces nombrado, como es la legendaria “Solo ante el peligro” (”High noon”, 1952). Aquí no hay cuenta atrás, pero tampoco es necesaria: el tiempo se hace presente sin necesidad de relojes. Ni de Gary Cooper. Spencer Tracy, en su versión añejada (y magistral), da la talla sobradamente. ¿Conclusión? Una obra maestra. No la dejen escapar.

En la imagen: Fotograma de “Conspiración de silencio” - Copyright © 1955 Metro-Goldwyn-Mayer. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Marzo 2008

Dos películas totalmente distintas, en género, temática y ritmo (aunque con tremendas coincidencias en el dibujo argumental y de personajes protagónicos: parejas en fuga, en las que la componente femenina evoluciona desde un rechazo frontal hacia su partenaire hasta una atracción… en fin, no desvelemos finales innecesariamente), que, por otro lado, no fueron, en ninguno de los dos casos, la opera prima de sus dos celebérrimos directores (Frank Capra y Alfred Hitchcock). Y dos películas que, estrenadas comercialmente en años consecutivos —1934 y 1935— obtuvieron los parabienes de público y crítica, unos niveles de éxito impresionantes. Pero, aún así, cabe apreciar en ambas una condición más seminal que concluyente, más de apunte y esbozo de futuros logros que de confirmación de talentos en su cúspide creativa.

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“Sucedió una noche” viene a resultar una especie de “ensayo general con todo”, la espita de apertura, de aquello que se vino a denominar la screwball comedy. Pero su tono, comparado con el de que las que serían posteriores obras cumbre de esa línea genérica, es mucho más mesurado, más comedido, menos disparatado, y su ritmo de despliegue (de gags, de situaciones, de giros argumentales), mucho más suave y tranquilo. En cualquier caso, resulta una auténtica delicia asistir al duelo interpretativo (y afectivo) que desarrollan Clark Gable y Claudette Colbert, y degustar una verdadera lección de construcción de texto cómico, con un cuidado rayano en el mimo hacia cada línea de guión. Pero Capra, como bien sabemos, haría sus obras cumbre (“¡Qué bello es vivir!”, “Arsénico por compasión”) algunos años después.

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Por el contrario, “39 escalones” es una intriga criminal en estado químicamente puro, más allá de las chispas eróticas que puedan saltar de esa relacion “esposada” entre Robert Donat y Madeleine Carroll o de los destellos cómicos que se pueden atisbar en buena parte de sus secuencias —más dados por el tono sardónico de su protagonista masculino que por las situaciones que su trama ofrece—. Y aunque se trata de un film magnífico en lo relativo a estructura y desarrollo dramático, se aprecia claramente que el mago Hitchcock, que todavía no había cruzado el charco, aún tenía su chistera bastante poco provista de esa infinidad de trucos con los que nos iría deleitando a lo largo de su carrera (y que, por ejemplo, en la legendaria “Con la muerte en los talones” —película con la que ésta se emparenta plenamente por su coincidencia argumental— alcanzaría una de sus cumbres: truculencia y golpes de efecto para dar y regalar…). Dos grandes films, en suma, de dos grandes cineastas, dos de los más grandes de la historia del cine, pero que aún alcanzarían una talla mucho más alta de la que con éstos nos ofrecieron: la de dos de los talentos más impresionantes jamás plasmados en celuloide.

En las imágenes: Clark Gable y Claudette Colbert en “Sucedió una noche” © 1934 Sony Pictures Home Entertainment. Todos los derechos reservados. Robert Donat y Madeleine Carroll en “39 escalones” © 1935 Divisa Home Video. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Marzo 2008

Las hay mejores, la hay peores: no todas, evidentemente, exhiben el mismo nivel, pero sí que hay un componente ineludible, presente en todas sus películas, que caracteriza al cine de Sydney Pollack, y es el de la solvencia. ¡Qué difícil resulta aburrirse con cualquiera de ellas! Desde el más escrupuloso respeto a las convenciones de la narración fílmica —y, más concretamente, a las del género de suspense (en sus modalidades criminal, judicial o política, tanto da)—, las películas de este veterano realizador ofrecen pocas alharacas en sus rubros técnicos (los experimentos formales se los regala todos “tito Sydney” a Von Trier y sus chicos…), y pocas (menos aún, si cabe) fisuras en sus guiones, generalmente basados en best-sellers de novelistas más que contrastados en los géneros antes apuntados y, por lo común, excelentemente acogidos por las megaestrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense (de ahí que sus repartos suelan ser, simplemente, espectaculares). Desde esa perspectiva, “La tapadera” no es sino otra pieza paradigmática, que alumbra todos y cada uno de los asertos anteriores.

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Basada en la novela homónima de John Grisham y con Tom Cruise (que venía de firmar otro protagónico memorable del ramo, como fue el de “Algunos hombres buenos”) como protagonista principal —aunque no única supestrella presente en su reparto: por ahí deambula un tal Gene Hackman para darle adecuado contrapeso (aunque no sea en la más brillante de sus interpretaciones)—, Sydney Pollack nos deleita, una vez más, con una trama de progresión implacable, en la que se entremezclan de manera meticulosamente calibrada elementos de suspense (principales) y de drama (secundarios), y en la que, salvo algún pequeño bache narrativo (no es fácil mantener la cuerda perfectamente tensa a lo largo de 154 minutos), el juego entre bondad y maldad, honradez y corrupción, pureza y pecado, ética (difícil) y riqueza (fácil), se desarrolla de acuerdo a uno de esos crescendos de abogados, policías y mafiosos en los que las majors estadounidenses siempre han sentado cátedra. Y si es con Sydney Pollack dirigiendo la tesis, ya saben: normalmente, cum laude

En la imagen: Fotograma de “La tapadera” - Copyright © 1993 Paramount Pictures. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Lunes 21 Enero 2008

Producto berlanguiano químicamente puro: bajo una superficie engañosa, compuesta de un tráfago un tanto caótico de personajes —que entran y salen de escena de manera que, en ocasiones, puede parecer desordenada— y una sucesión ininterrumpida de gags en los que un poso de amargura no permite arrancar algo más allá de una sonrisilla nerviosa, corre por el celuloide de un filme como Plácido” la dosis de veneno suficiente como para inmovilizar a una manada de elefantes.

La denuncia de una moral nacional-catolicista que divide al país entre pobres y ricos (sin que por ello podamos apreciar que los unos son mejores que los otros, o viceversa: la miseria ética lo invade todo) y el retrato descarnado de una España que, fielmente representada por ese pueblo imaginario que bien puede ser cualquiera de los de nuestra geografía, aún dista mucho de haberse elevado a un mínimo nivel de dignidad material, desde las ruinas dejadas por la conflagración incívica de finales de los años 30, son los ejes vertebradores de este vitriólico producto en el que la ternura que tiñe a algunos de sus personajes no sirve más que para desazonarnos aún algo más de lo que estamos habituados a soportar. Y desde tales ejes vertebradores, al igual que al despliegue de una historia trenzada con precisión de orfebre, minucioso y detallista —aun en apariencia tan abigarrada y tendente al disparate—, también asistimos a un ejercicio actoral de primerísimo orden, a cargo de una batería de intérpretes que, sabiamente dirigidos por el maestro Berlanga, nos hacen entender, de manera clara, por qué en nuestro país, la cantera cómica siempre ha sido feraz, inagotable.

Desde su protagonista, Cassen, un genial Casto Sendra, que, proveniente del mundo del humor vodevilesco, demostraba su capacidad para enhebrar un personaje de engañosa sencillez con un aplomo magistral, hasta una interminable nómina de secundarios, encabezados por el sin par José Luis López Vázquez, que hacen de “Plácido” una experiencia de auténtico gourmet para todo aquel que entienda que el cine, más allá de cuestiones técnicas y narrativas, es, fundamentalmente y además de éstas, un asunto de artistas, especialistas del noble oficio de la encarnación impostada. Los que hacen de este filme berlanguiano, junto a sus creadores, una obra que, aún a día de hoy, casi cuarenta años después de su estreno, sigue siendo una auténtica lección de cine. Y un ejercicio de diversión asegurada. También. ¿Hay quién dé más…?

En las imágenes: Fotogramas de “Plácido” - Copyright © 1961 Jet Films, S.A. Todos los derechos reservados.

Jueves 8 Noviembre 2007

Conmovedora, tierna, emotiva, divertida, brillante, inteligente, aguda, perspicaz, bella. Si uno parte de la base de que, a la hora de glosar ciertas películas, no va a tener más remedio, por más que se empeñe vanamente en un esfuerzo de contención, que acumular calificativos elogiosos, quizá sea más útil, cómodo y sencillo el comenzar por desplegarlos todos, y, de esa manera, no tener que redundar en los mismos a lo largo que avance el texto. Todos los epítetos con que se abre esta reseña son perfectamente aplicables a esta genial obra maestra con la que Charles Chaplin nos obsequió en aquel funesto año de 1936, una agridulce combinación (como, inevitablemente, se ha de dar en una comedia que pretenda trascender su condición de tal) de divertidas bromas y tristes veras que, junto a una historia de amor tan sencilla como sensible, brinda todo un acerado alegato contra determinados fenómenos sociales que no sólo impregnaban su época, sino que empezaban a apuntar como amenazas en ciernes respecto a lo que habría de venir.

He ahí, amigos lectores, donde radica su intemporalidad, su eternidad. Extenderme en mayores disgresiones acerca de un film sobre el que ya se han escrito tantas y tantas líneas sería un ejercicio en el que resultaría complicado discernir cual es el mayor mal que le aqueja: si el de su torpe inutilidad o el de su pretenciosidad fatua (aún así, no me privaré de un último apunte: pocas parejas tan entrañables como la que forman el Chaplin actor y esa pizpireta beldad que atiende al nombre de Paulette Goddard). Así que lo dejaremos ahí. Pero no sin antes recomendarles, amigos lectores, que no dejen de verla; tanto si ya la han visto como si no lo han hecho aún. Hay ocasiones en que el consejo deja muy poco margen para el error. Quizá, ninguno. Y ésta, sin ningún género de dudas, es una de ellas.

En la imagen: Charles Chaplin en “Tiempos modernos” - Copyright © 1936 Charles Chaplin Productions. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Noviembre 2007

Nunca falta alguna excusa —y, por más peregrina que pueda resultar, nunca así me lo parece— para rememorar la que es, sin duda alguna y sin distinción en cuanto a género, estilo, época o temática, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. No, no se trata de ninguno de esos celebérrimos títulos que pueden venir a la mente de cualquier cinéfilo más o menos contumaz, ni de ninguna rara perla descubierta en algún lejano y exótico festival. Se trata de una propuesta mucho más sencilla, aun cuando se trate, en mi modesta opinión, de uno de los mejores films de aventuras que jamás se hayan proyectado en una pantalla grande. Les hablo, evidentemente, de “La princesa prometida”

Un cuento mágico en el que romance y acción se solapan y entrecruzan de manera magistral, sin la más mínima solución de continuidad. Un repertorio amplio y pintoresco de episodios a cual más imaginativo y entretenido, a cargo de un abanico de personajes (muy bien interpretados, por cierto) que, no por más cercanos al tópico, se nos hacen menos entrañables (y, por tanto, queribles). Un crescendo sostenido de la trama, en el que la incertidumbre y la emoción van creciendo hasta un final comme il faut. En suma, un gran film, disfrutable por cualquier amante del cine, a secas, pero que, sin duda alguna, gozará mucho más aquel que sea capaz de retornar, aun cuando sólo sea durante hora y media, al niño que algún día fue: algo, por cierto, válido, prácticamente, para cualquier película. Porque, en última instancia, de eso hablamos, de películas, ¿no?

En la imagen: Robin Wright Penn en “La princesa prometida” - Copyright © 1987 Act III Communications, Buttercup Films Ltd. y The Princess Bride Ltd. Todos los derechos reservados.