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En este blog amamos al director de apellido impronunciable y víctima de cuchilladas ortográficas, artífice de las imágenes y los guiones de obras maestras que resultan tan perfectas de lejos como de cerca. Para demostrarlo nos acercaremos por partes al estilo que lo convirtió en sobresaliente, amado y premiado, pues si alguien necesita una prueba más concluyente acerca de su maestría, ahí está el título exclusivo de ganador en dos años consecutivos de los Oscar® a Mejor Dirección y Mejor Guión. Como no me gusta valorar el arte en estatuillas o falsas capas de oro, prefiero tomar un plano cualquiera y extraer la prueba de él. Y, empezando por el plano general, destaca un fotograma de “La condesa descalza” (1954), la fábula con la que el cineasta se autobiografió junto a la forma antropomórfica –y vaya forma, la del animal más bello del mundo– de su relación cenicienta con el cine. A María Vargas (Ava Gardner), la susodicha actriz venida a condesa, le están preparando una escultura que será acta de defunción en vida, el último coletazo de esos seres famosos que para el público no parecen más humanos que un rostro de piedra.

 

Ambas, mujer y estatua, compartiendo pose: la una se eleva sobre la otra, pues la fragilidad humana es superior a Mankiewicz que la impermeabilidad del mito, al mismo tiempo eje gravitatorio que dota de sencillez a una decoración recargada y neoclásica. La luz no parece derramarse desde el cortinaje superior, sino procedente de las telas inmaculadas de esta virgen que sólo sabía amar a su modo inocente. Una luminosidad risueña y grácil que María dirige, como su cuerpo, hacia los hombres, inferiores a ella, pero que siempre contemplará a años luz de distancia, condenada a una postura pétrea que desconoce lo que es un abrazo. Obligada a experimentar el calor y el frío del mundo a través de sus pies descalzos. El objeto del cine y las tramoyas de los productores se separan en una jerarquía que Mankiewicz marca con rotundidad a la par que resume en un solo plano todas las relaciones e idiosincrasias de esta larga, pero compacta película –aun plagada de falsos flashbacks que manipulan los puntos de vista, como sucedía en “Casablanca” (1941), y deslucida por un pobre Technicolor–. Por esta primera razón te saludamos, Joseph.

En la imagen: Fotograma de “La condesa descalza” - Copyright © 1954 Figaro. Todos los derechos reservados.

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Por qué amar a Mankiewicz: Segundo paso de conjunto

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Escrito el 13.12.07 a las 22:20



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