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Querida mía, alguna vez habrás oído que alguien comentaba, alguna de esas mujeres estiradas con las que compartes cócteles en las fiestas, que «tras un sueño reparador…» Sandeces, no las escuches. Te venden frases en stock como si la droga en caja de rapé colocase menos. Sé que me gritarías si oyeses todo esto, querida, y que tu razón se opondría a las sensaciones ofuscadas que todavía arrastro de la noche. Es incomprensible que las propias ideas parezcan un sueño por la mañana. Que doce horas se concentren en dos de metraje, perdón, de sueño reparador. Pero querrás que concrete, que de una vez te explique por qué de repente me he desprendido de mi abrigo de ejecutivo –ya sabes lo tontos que somos en Manhattan, subiéndonos el cuello como si James Cagney siguiese gobernando los locales más exclusivos–. Simplemente, digamos, he perdido el sueño. No, qué digo, he ganado la vigilia. Mientras tú dormías, me he mantenido despierto. Y a la hora en que todos los cuerpos intentan dormir, intentan morir, yo he vivido.

 

No puedo describirte la atmósfera de Nueva York a altas horas de la noche. Cómo la polución acumulada durante el día apaga ahora las estrellas y sólo te guían los halógenos de los restaurantes chinos. En ese ambiente engañoso –si hubiera un apagón, si rompiésemos a pedradas todas las bombillas de las farolas, las calles caerían en la oscuridad absoluta. ¿Hay algo más falso que lo que no existe sin artificio?–, nunca puedes saber qué extrañas criaturas te saldrán al paso. Puede que hasta tu juventud perdida venga a susurrarte al oído. Te piden otra máscara, te piden que finjas de nuevo. O, peor revelación, descubres que tus instintos naturales son tan perversos que necesitas de la oscuridad y la careta para desenfrenarlos. Terminas añorando lo que aborreces durante el día. Querida, descubrí que soy un egoísta. Me escapé por mí y regreso por la misma razón. No hay mucho más allá de estas cuatro paredes, el espejo barroco lo resume todo en nuestra vida. He vuelto como un niño pequeño, borracho de temores. He vuelto por ti… Porque me da miedo estar solo.

En la imagen: Nicole Kidman y Tom Cruise en “Eyes wide shut” - Copyright © 1999 Hobby Films, Pole Star, Stanley Kubrick Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Hay 3 comentarios. Deja el tuyo »


Buen acercamiento literario, compa Almudena, a esta última pieza del maestro Kubrick. Aunque, en mi caso, sinceramente, he de confesar que se trata de un film que tengo que revisar en buenas condiciones (cuando lo ví, no estaba en las más idóneas), a ver si no me decepciona tantísimo como lo hizo en esa ocasión (en que me pareció un muermo infumable).

Saludos.

Comentario #1 por Manuel Márquez
Escrito el 28.11.07 a las 8:14

Comprendo que te pareciera tan pesado, la verdad es que casi todo Kubrick corre ese riesgo (yo eliminaría del paquete “Atraco perfecto” y “Dr. Strangelove”). Más que sus películas en sí, creo que lo que más me fascina de él son los misterios que dejó levantados en torno a lo que hizo, lo que no hizo y lo que otros hicieron por él (¿qué querrá decir la maldita lista de palabras clave en “A.I”? Seguramente el gordo era un guasón y no significaban nada XD).

Comentario #2 por Almudena Muñoz Pérez
Escrito el 01.12.07 a las 13:20

“Senderos de gloria”: Allons enfants de la patrie

Cualquiera podría decir que “Senderos de gloria” (1957) es el subtítulo definitorio de la trayectoria fílmica de Kubrick. En su relato del fracaso en el asalto de Ant Hill y la posterior ejecución de tres soldados como castigo ejemplar…

Trackbacks #3 por BlogdeLaButaca.net » Clásicos
Escrito el 03.12.07 a las 13:55



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