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Igual que ciertas profesiones dispondrán siempre de una clientela fija, algunos géneros cinematográficos no se lamentarán nunca de escasez de ideas. Los hospitales y el cine bélico son dos ejemplos de cada categoría, alentados por sendas desgracias humanas que difícilmente desaparecerán de la Tierra. Tal vez por esa razón las películas de guerra copan la trayectoria del séptimo arte como un fondo velado que ocupa tanto tramas principales como contextos de historias circunscritas a otros géneros. Tal vez por eso no nos cuestionamos la validez de estos largometrajes ni la horrible revelación de su mantenimiento en el tiempo y repetición sistemática en manos de distintos directores. Alentando una postura u otra, como denuncia de cierto enemigo o apoyo del otro bando, poética o sórdida, la guerra es la guerra, y su correspondiente género, un simple cristal a cuyo reflejo ya nos hemos acostumbrado. La proliferación de películas de este tipo en los últimos años, y que comprobamos estas semanas en la cartelera, certifica la frivolización de la guerra en el cine, no como tema, sino como recurso. No deberían hacer falta alegatos a favor de la paz, ni álbumes de estampas de horror montadas a ritmo de la visión periférica y multimedia que ahora posamos sobre estos sucesos.

 

Después de la Gran Guerra fueron el Día D, Hiroshima, la Guerra Fría, Vietnam, y cuando se acabó su filón explotó Oriente y brotaron Arabia, Somalia, El Golfo, Afganistán, Irak. Cuando concluya un conflicto, dispondremos de otro y el cine será espectador cronológico de nuestra propia desintegración. Por estos motivos –sin olvidar las muy estimables, redondas y hermosas cintas bélicas que existen–, dicho género es un parásito que vivirá mientras sigamos alimentándolo, al menos hasta que llegue el momento en que sólo sobreviva con guerras clásicas, del Peloponeso o los Cien Días, y pase a denominarse simple cine histórico. Como las perspectivas no son tales y el hombre tiene como compañera indispensable a la desaveniencia, es una utopía decir “Adiós a las armas” (1932), y si el cine tuviera que despedirse del mundo con algún fotograma, lo haría con el final de esta, por lo demás, anodina película: el combatiente que se da cuenta de la pérdida causada por la guerra, a la que sólo queda sostener en brazos, inerte, dando la cara a una nueva luz que esconda su estupidez. La larga cola blanca de la muerte sucediéndonos como la paz que sólo logran el silencio absoluto y los metros de celuloide vacíos.

En la imagen: Fotograma de “Adiós a las armas” - Copyright © 1932 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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Hay 3 comentarios. Deja el tuyo »


Un alegato pacifista contundente y bien trovado, compa Almudena. Lo suscribo al pie de la letra, y comparto tus deseos, aunque los veo muy, muy complicados. Otro día hablamos de películas posbélicas (otro filón inagotable, con piezas extraordinarias).

Saludos.

Comentario #1 por Manuel Márquez
Escrito el 24.11.07 a las 11:02

Una reflexión interesantísima, Almudena. Y sí, es cierto que, visto así, causa desazón que el género haya ido mutando de escenarios, pero en ningún caso de esencia… ¿significa eso que, en realidad, el cine pacifista no sirve para nada?

Un saludo!

Comentario #2 por Miguel A. Delgado
Escrito el 25.11.07 a las 1:21

Qué optimismo destilamos, eh?? XD Pensemos que el cine pacifista puede servirnos para recordar que esa solución también existe, aunque sólo sea como utopía artística. Gracias a los dos!!

Comentario #3 por Almudena Muñoz Pérez
Escrito el 26.11.07 a las 15:33



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